Nueva York, 40 años después del estreno de ‘Los Cazafantasmas’

Llegar a Nueva York es como visitar un sitio ya conocido. Es reconocer los espacios que fueron filmados en cientos de películas, descifrar los símbolos de la ciudad y entender las señales como si el visitante ya hubiera estado ahí, en otro tiempo, en otra dimensión. Este texto surge de la conversación que tengo con los lectores de la newsletter Recomendadas AM que se envía de lunes a viernes a las 7 de la mañana.

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Viajar a Nueva York es como estar en una película. La frase es un lugar común. Pero ahora, releyendo los mensajes que me llegaron luego de hablar de la Gran Manzana en la newsletter Recomendadas AM, estoy seguro de que esa frase se queda muy corta. Estar en Nueva York es más que eso. Estar en Nueva York es transformar los datos en sensaciones.

Entre los datos que no van a estar en una guía turística, puedo enumerar: los icónicos escenarios de Manhattan, desde el Central Park hasta el Empire State Building, fueron registrados en más de 350 películas y series de televisión. La atmósfera de la ciudad hace que constantemente miremos al cielo: hay más de 400 rascacielos y edificios de altura.

Las sirenas son un clásico, si no suenan las de los bomberos hay una ambulancia dando vueltas. ¿Cada cuánto hay un incendio en Manhattan? El bullicio es permanente. Hay más de 13.000 taxis amarillos, 1.600 pizzerías, 423 estaciones de subte, 8.4 millones habitantes, 2 mil centros culturales y de artes, incluidos los aclamados teatros de Broadway, donde se representan más de 40 obras simultáneamente.

Una vista de Nueva York.
Una vista de Nueva York. REUTERS/Eduardo Munoz

No todos los teatros están sobre la calle Broadway, la calle es una diagonal de 53 kilómetros que cruza Manhattan entero, desde el Distrito Financiero pasando por Harlem y el Bronx hasta llegar al condado de Westchester. Se denomina Broadway a la zona de los teatros que están alrededor de Times Square. En Argentina diríamos que eso es el microcentro.

La primera noche, al cierre de la jornada, sentí en todo mi cuerpo la sobreestimulación de las marquesinas, las luces, el ritmo frenético de la calle, el sabor aceitoso y crocante de las pizzas, lo chicloso de la Doctor Pepper, la diversidad y el acento latino que es cada vez más penetrante. Pero hay algo más. Estar en Nueva York es una experiencia sensorial que me llevó a sentirme local a miles de kilómetros. La confortable sensación de estar en casa.

Un fanático vestido con un
Un fanático vestido con un disfraz del Fantasma antes de la última función de El Fantasma de la Ópera en Broadway. REUTERS/Caitlin Ochs

Pasear por Times Square fue como estar en la peatonal Lavalle de Buenos Aires de los años ochenta. Ahí me veo y siento la mano robusta de mi papá. Camino lo suficientemente despacio para no chocarme con los peatones de adelante, camino lo suficientemente rápido para que no me pisen los talones los que vienen de atrás. Es una sensación de seguridad entre la multitud. Miro hacia arriba y la vista se me pierde en el horizonte iluminado de rojos, verdes, luces que se prenden, luces que se apagan. Miro a mi madre que mira las vidrieras.

El olor de asado de las parrillas se mezcla con el aroma dulzón de los pochoclos y la garrapiñada, inigualable azúcar quemada con estilo callejero. Pero ahora estoy lejos en el espacio, lejos en el tiempo en otra ciudad que nunca duerme, o al menos eso dicen. Ahora estoy de la mano de mi flamante esposa Clara, pero el tiempo y el espacio, retornan: un cartel gigante anuncia el estreno de la película Los Cazafantasmas. Cuarenta años después, se estrena la cuarta parte de la saga.

En pleno corazón de Manhattan, en la intersección de la avenida 26 y 6, me apareció el recuerdo. Cuarenta años atrás, con mis nueve años, de la mano de mi viejo entré a un cine de Lavalle a ver por primera vez Los Cazafantasmas y a que se me pegara esa música contagiosa que me acompañó durante los primeros años de adolescencia. El casette FM USA 1984 empezó a sonar en mi cabeza.

Y yo ahí perplejo, tratando de filmar, sacar fotos, y procurar retener un poquito de ese recuerdo en tiempo presente. Así viví una sensación que pensé que nunca más la iba a volver a sentir. Con casi cincuenta años, Nueva York, me zamarreó y me hizo soñar con los ojos abiertos. Mi propia infancia, mis mejores ilusiones y esas luces ficticias que a veces nos hacen soñar. Recordar y vivir de un modo tan intenso en presente son una combinación de pura vida. Que, cuando llega la noche y nuestros ojos se desvanecen, no podemos dormir.

Recorriendo Nueva York.
Recorriendo Nueva York.

Al leer la newsletter, me escribió José, un lector: “Cuando fui hace 6 meses me pasó lo mismo. Exactamente lo mismo… De hecho hice lo mismo que hacía mi papá: conocer la gastronomía de los barrios cercanos a Manhattan. Porque él decía que en la comida encontramos una pizca de cultura. Una pizca de pasión. Él conocía a las personas según las comidas”.

Creo que somos dueños de esas sensaciones por ser contemporáneos, no solo nosotros, sino también nuestros padres. Esa mirada del mundo que es lo más lindo que nos regalaron. Estar en Nueva York, paradójicamente, es también volver a sentir un poco de ese legado.

Jorge, escribió: “Todo el tiempo es una película”. Dorothy, dijo: “NY siempre es una experiencia increíble cada vez que uno la visita”.

En el barrio de Tribeca está la estación de Hook & Ladder Company 8, un espacio que es más que un cuartel de bomberos. Desde su construcción en 1903 como parte del ambicioso proyecto de estaciones de bomberos al estilo clásico académico Beaux-Arts, el edificio trascendió su función original para convertirse en un ícono de la cultura popular. La fachada fue inmortalizada como la sede de Los Cazafantasmas.

Pero, más allá del cine, los bomberos de la estación estuvieron entre los primeros en llegar tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. La ciudad de Nueva York es la combinación de la ingeniería y la narrativa. Lo que se hace, se narra. Y lo que se narra, perdura.

El primer fin de semana en Argentina, de regreso del viaje, se estrenó Los Cazafantasmas 4. Con Bauti, mi hijo, y con Clara, mi esposa, fuimos a verla. Ver Nueva York desde los cines de Rosario, Santa Fe. Y otras manos que dan la mano. Y otras vez las luces y los sueños. Y, otra vez, el ritual de la vida que cobraba un nuevo sentido.

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