Veinte años después, además de concentrar más de cinco mil empresas que procesan más de un millón y medio de toneladas de chatarra al año, ostenta una cucarda no pautada: la llaman "ciudad veneno".
Gran parte de los 150 mil habitantes de Guiyu están abocados a la recuperación de plomo, oro, cobre y demás metales valiosos de los equipos electrónicos que allí llegan. La inmensa mayoría, también, exhibe las consecuencias de la indisimulable contaminación ambiente en su salud.
Apenas un lustro después de iniciada la etapa de Guiyu como ciudad recicladora, los estudios sobre la calidad del aire, del agua y la salud de la población eran estremecedores. Los niveles de plomo, cobre y metales pesados de impactos irreversibles sobre la salud son 300 veces superiores a cualquier otra ciudad de China, un país en el que la contaminación es el subproducto injustificable del crecimiento económico de las últimas dos décadas.

La llegada a Guiyu exhibe un inabarcable cementerio a cielo abierto de computadores y teléfonos celulares provenientes de todas partes del mundo. El olor a cables quemados, describe, impregna el aire.
La exposición cotidiana y sostenida a los metales y ácidos tóxicos redunda en unos altísimos índices de enfermedades de todo tipo: dolencias cutáneas, migrañas, vértigos, náuseas, gastritis crónica, úlceras gástricas y duodenales, cáncer.
Los visitantes sufren repentinos dolores de cabeza y un extraño sabor metálico en el paladar. Estudios encargados por Naciones Unidas –y realizados en la clandestinidad dada cierta aversión a la verdad de parte del gobierno chino- señalan que Guiyu acoge los más altos niveles de dioxina jamás registrados en ningún lugar del planeta.
En las muestras de agua y sedimentos del río Lianjiang, que atraviesa la ciudad, los valores de plomo están 190 veces por encima de lo aceptado por la Organización Mundial de la Salud.
Para hacer más completo el panorama, la conversión en chatarra de tarjetas y circuitos electrónicos, así como la costumbre de tirar al agua el material sobrante y las cenizas, ha envenenado el agua corriente de Guiyu. Para consumir agua, la población es abastecida por el transporte en camiones desde poblaciones lejanas y no contaminadas.
El 80 por ciento de la basura tecnológica que se "trata" –si estuviese permitido el uso de semejante término- en Guiyu proviene de EE.UU., Canadá, Japón y Corea del sur. Claro, a esos países les resulta más barato llevarlas hasta este rincón de la China que cumplir con las normas ambientales para su reciclaje.


Solo falta un detalle para entender, a través de Guiyu, cómo funciona de verdad el mundo y cuánta hipocresía hay en cierto discurso ambiental del Primer Mundo: China es firmante de la Convención de Basilea. ¿Saben qué establece? Que está prohibido exportar desechos electrónicos desde los países ricos hacia el tercer mundo.
Todo un síntoma de la época.
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