
En el corazón de la Patagonia, un ser vivo desafía la lógica del tiempo: el “Alerce Abuelo”, con más de 2.600 años, sigue en pie como testigo silencioso de la historia natural y humana de Sudamérica. Su existencia comenzó mucho antes de la fundación de Roma o la invención de la escritura, en una época en que el mundo era solo bosque y frontera desconocida. Hoy, este gigante se alza en el Parque Nacional Los Alerces, en la provincia de Chubut, y su sola presencia obliga a repensar la escala del tiempo.
En medio de un paisaje dominado por lagos, lluvias persistentes y bosques húmedos, el Alerce Abuelo crece a un ritmo imperceptible. Cada año, su tronco suma apenas un milímetro de diámetro, lo que ha permitido que alcance 57 metros de altura y 2,8 metros de diámetro. Este crecimiento lento le ha dado una madera extremadamente densa y resistente, capaz de desafiar plagas, podredumbre y las inclemencias del clima.
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La especie Fitzroya cupressoides puede superar los milenios y es venerada por su longevidad. El Abuelo pertenece a una de las especies más longevas del planeta, Fitzroya cupressoides, y su presencia es un recuerdo de la fragilidad de la vida humana ante la majestuosidad de la naturaleza.
Acceso restringido y conservación estricta
El Parque Nacional Los Alerces, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2017, protege más de 260.000 hectáreas de bosques andino-patagónicos. Dentro de este espacio, el sector donde vive el Alerce Abuelo mantiene un acceso muy limitado. Solo se puede llegar navegando el Lago Menéndez y recorriendo a pie un sendero que atraviesa vegetación autóctona y húmeda. Esta dificultad natural ha sido clave para preservar al árbol durante siglos.
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Las medidas de conservación son estrictas. El contacto directo está prohibido y los visitantes deben someterse a procesos de desinfección antes de aproximarse.
El Abuelo no se toca. Se ve aproximadamente a un metro y medio de distancia. Cada año, solo una pequeña fracción de los turistas que llegan al parque puede completar la excursión hasta el Alerzal Milenario.
Un archivo viviente de la historia de Sudamérica
El Alerce Abuelo no solo es un monumento natural. Su edad lo convierte en un archivo viviente que guarda información sobre los cambios climáticos, la biodiversidad y las transformaciones ambientales de la región. Este árbol de 2.630 años es uno de los principales atractivos del parque.
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Su longevidad ha permitido que sobreviva a volcanes, incendios, glaciaciones y a la intervención humana. Su madera, valiosa y resistente, fue codiciada durante siglos para la construcción de viviendas y techos, pero la inaccesibilidad del área fue clave para su preservación. La formación del alerzal fue un proceso lento. Cada árbol crece un milímetro de diámetro por año y requiere un ambiente especial de humedad.

En 2026, bomberos trabajaron para controlar incendios en la Patagonia, tras detectarse un foco en una zona cercana a “El abuelo”.
Luego se informó que, pese a la preocupación inicial por la proximidad de las llamas, el fuego avanzó en dirección opuesta y “El abuelo” quedó fuera de peligro.
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Significado cultural y espiritual
Para los pueblos originarios mapuche y tehuelche, estos árboles son mucho más que seres vivos. Son espíritus tutelares que custodian el bosque y conectan a los vivos con sus ancestros. Para los pueblos mapuche y tehuelche, es un ser sagrado que protege la tierra y vincula a los vivos con los que ya no están. El nombre “lahuán” expresa esa relación ancestral con la naturaleza.
El Alerce Abuelo pertenece a la segunda especie de árbol vivo más antigua de la Tierra, según documentó un estudio científico divulgado recientemente en Biodiversity and Conservation. En Estados Unidos, el pino Methuselah (Pinus longaeva) ostenta 4.850 años confirmados por conteo de anillos.
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La protección del Alerce Abuelo es prioridad para las autoridades y comunidades locales. Si se perdiera un ejemplar así, harían falta otros dos milenios para que la naturaleza produzca otra madera comparable en tamaño y edad y en valor patrimonial. La preservación depende de una gestión pública eficiente y del turismo responsable, ya que el daño a un árbol de estas características sería irreversible por generaciones.
La experiencia de contemplar al Abuelo es descrita como única por quienes llegan hasta su base. Algunos lo rodean en silencio, otros le dejan piedras o deseos. Todos coinciden en que su presencia es una llamada a cuidar lo que queda y a valorar la memoria viva de la naturaleza.
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