El Homo sapiens de hoy es el mismo animal, pero se mueve menos, come peor, trabaja más y tiene menos sexo que sus tatarabuelos africanos (Shutterstock)
El Homo sapiens de hoy es el mismo animal, pero se mueve menos, come peor, trabaja más y tiene menos sexo que sus tatarabuelos africanos (Shutterstock)

Los orígenes de la humanidad y su la evolución fueron los dos tópicos que despertaron la curiosidad al doctor en Historia por la Universidad de Harvard y licenciado con estudios de posgrado en Economía por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) Lucas Llach. Así, realizó un viaje a la cuna del homo sapiens en África para plasmar todo en una crónica que busca comprender una premisa fundamental: ¿qué humanidad estamos construyendo?

“Nuestra especie no era la única ni la más prometedora de las varias versiones de humanos en el planeta hace 200.000 años. Pero lo conquistó. Salió de su cuna en África y ocupó todos los continentes. Seleccionó y rediseñó al puñado de animales y vegetales de los que se alimenta. Se multiplicó una y mil veces. Hizo pueblos, ciudades, imperios, guerras, transportes, fábricas e ideas”, apunta Llach en su libro Como Sapiens (Penguin Random House).

De acuerdo a Llach, el homo sapiens de hoy es el mismo animal, pero se mueve menos, come peor, trabaja más y tiene menos sexo que sus tatarabuelos africanos. “Padece ese desfasaje a cambio de mortalidad baja y pobreza en descenso. Sigue triunfando en su primacía sobre el resto de las especies, pero lo pueden desafiar seriamente una pandemia o una crisis ecológica, o los cambios en su propio cuerpo a medida que la medicina apaga la selección natural y la ingeniería genética imagina humanos de diseño”, explica el autor en su obra.

El autor del libro Como Sapiens (Editorial Penguin)
El autor del libro Como Sapiens (Editorial Penguin)

“Es un proceso que empecé hace siete años que nació del interés en el ser humano como especie. La gran pregunta que me hice fue: ‘¿Qué somos como especie?’. Hace no tanto tiempo, hablando en tiempos biológicos, había especies conviviendo al mismo tiempo en el mundo que se podían llegar a igualar a nosotros. Desaparecieron y hoy nos vemos como seres especiales. De ahí surgen un montón de preguntas que fui investigando y que me llevaroin a realizar un viaje a su cuna en África y recorrer las distintas etapas en las que va conquistando al mundo”, explicó Llach a Infobae.

Fragmentos del capítulo 5: Descansar

Omo, Etiopía Shutterstock
Omo, Etiopía Shutterstock

Es de noche y estoy acá, donde empezó todo: a orillas del río Omo. Este mediodía, con el sol de Etiopía pegando de lleno sobre mi pelada y rodeado de dos hombres de la tribu nyangatom, cada uno con su fusil Kalishnikov, llegué finalmente al lugar donde fueron encontrados sin vida los restos de los primeros tatarabuelos sapiens de los que tengamos noticias (comosapiens.com.ar, placa 37, pueden verse las motos cruzando una sección arenosa de la sabana). En 1967, Richard Leakey y su equipo encontraron cerca de este río del sur de Etiopía los fósiles más antiguos que se conozcan de un Homo sapiens. Por un lado, pequeñas partes de huesos cranianos, ejemplar conocido como Omo I; en otro sitio cercano, del otro lado del río, un cráneo casi completo (Omo II).

Por mucho tiempo se sospechó de una antigüedad de hasta 100.000 años, pero con el refinamiento de técnicas de datación hoy el consenso es que esos humanos vivieron en estos valles hace cerca de 195.000 años. Es cierto que en 2017 se propuso clasificar como Homo sapiens a los restos de cinco individuos de unos 330.000 de antigüedad hallados en Jebel Irhoud. Pero son embelecos fraguados en Marruecos: la forma del cráneo es más alargada que la del Homo sapiens, y los arcos superciliares más parecidos a los de un neandertal. Apuesto a que pronto dirán que se trata en realidad de unos tíos cercanos; una ramificación reciente pero anterior al Homo sapiens que somos todos. De hecho, algunos ya lo están diciendo. (...)

Y ahí estaba yo, donde vivió el primero de los humanos, sabiendo que en cinco meses tendría en mis brazos al pequeño Antonio, que en el momento en que naciera sería el último. El círculo se cerraba en el tiempo y en el espacio. Toni nacerá en el que seguramente fue el último país continental sobre el que se posó un pie humano: la Argentina, el confín de las migraciones prehistóricas. Y acá estaba yo, en el kilómetro cero de esa aventura improbable, donde un animal vulnerable, lento para moverse por tierra y por agua, incapaz de volar, más débil que muchos de los que lo rodeaban y minoritario incluso en comparación con otras especies homínidas que en ese mismo momento transitaban por África y Eurasia, sin embargo, lograría poblar el planeta y cambiarlo para siempre. (...)

El autor viajo a Etiopía para seguir investigando los orígenes de la especie
El autor viajo a Etiopía para seguir investigando los orígenes de la especie

(...) La selección natural, implacable para elegir y descartar especies, también actúa sobre los saberes y sobre las prácticas culturales. (...)

Con las prácticas culturales colectivas también hay una selección natural, pero el proceso de aprobación o descarte es más imperfecto y limitado. Por lo general, las prácticas culturales aparecen vinculadas a alguna función. (Digo esto a sabiendas de que se trata de una de las mayores discusiones de la historia de la antropología; y de que el consenso descarta una noción completamente funcionalista de las prácticas culturales). Muchos tabúes dietarios en distintas culturas, por ejemplo, servían a una función económica: “la vaca es sagrada” (pero en realidad es que nos da leche); “el cerdo no se cría ni se come” (porque su comida coincide con la de los humanos); “mujer, sé casta y pura” (es que, en ausencia de controles de natalidad, la infidelidad confundía la paternidad y complicaba la transmisión de la propiedad acumulada a hijos legítimos); “el trabajo dignifica” (puede ser, pero sin trabajo la sociedad se quedaba sin comida); “no hay nada más heroico que morir por la patria” (no lo sé, pero si no inculcábamos estos valores a nuestros soldados nos conquistaban los enemigos). (...)

Mientras el ser humano vivió en pequeños grupos relativamente aislados, con el sustento de la caza, la pesca o la recolección, el patrón cultural “trabajarás muchas horas” no necesariamente era evolutivamente ganador. En primer lugar, obtener más productos perecederos en un momento dado no implica una mayor capacidad de alimento futuro: no podés ir guardando para cuando la población crezca. En ese contexto, ¿cuál es el sentido de trabajar más? Cuando a un !Kung le preguntaron por qué no hacían agricultura, respondió: “¿Para qué vamos a plantar si el mundo está lleno de nueces de mongongo?”. Hasta podemos imaginar que somos un poco un Homo ocio: muchos animales se pasan muchas horas del día buscando alimento. Cuando en alguna bifurcación darwiniana el género Homo pasó a un alimento con mejor proporción energía/esfuerzo (¿fueron los tubérculos?, ¿fue la carne?) pudo liberar horas para dedicarse a otras cosas: ya hace decenas de miles de años teníamos tiempo para ser artistas.

La nueva generación de millennials con altos niveles de educación valora más el ocio y es más exigente en las demandas a sus empleadores en este sentido. ¿Será que son realmente diferentes o será que son jóvenes que todavía no se aburguesaron? (Shutterstock)
La nueva generación de millennials con altos niveles de educación valora más el ocio y es más exigente en las demandas a sus empleadores en este sentido. ¿Será que son realmente diferentes o será que son jóvenes que todavía no se aburguesaron? (Shutterstock)

(...)La extensión de las horas de trabajo como pauta cultural ganadora a partir de la aparición de la agricultura era poco menos que inevitable. Las sociedades que más trabajaran y más acumularan serían las dominantes. Con la particularidad de que se trata de una evolución que difícilmente tiene vuelta atrás. En el mundo malthusiano, en el que la productividad determina la población, un aumento de la capacidad productiva por un aumento en las horas de trabajo rápidamente se diluye en un aumento de la población, mientras que el nivel de producto per cápita se mantiene más o menos constante en el nivel de subsistencia: trabajamos más para alimentar más bocas. Dar marcha atrás a ese aumento de las horas trabajadas implicaría, del mismo modo, una caída demográfica. Si trabajar más permitió que sobreviviera un hijo más, dar marcha atrás dejaría a alguno sin comer.

(...) Pero tenemos tan incorporada la ética del trabajo —una ética antigua, aunque no tenga más edad que la agricultura, es decir, que no ocupa una proporción importante de nuestra vida como especie— que solo plantear la posibilidad de un mundo con menos trabajo puede sonar a inmoralidad. Por supuesto, la enorme mayoría de la población necesita trabajar. Pero la pregunta es: qué quiere decir necesitar en las sociedades ya avanzadas, ¿necesidades absolutas? Esas ya están satisfechas. Recordémoslo de nuevo: trabajando mitad de tiempo, la pareja de un hogar completaría casi tantas horas laborales como hacía un jefe de familia de hace una o dos generaciones; y el ingreso sería mayor porque el salario real aumentó. (...)

En fin, seguramente es temprano para estos planteos. Muchas de nuestras sociedades padecen desempleo y salarios regulares o bajos, y en ese contexto parece fuera de lugar postular que la vida organizada alrededor del trabajo es una pauta cultural, artificial, heredada, en conflicto con la vida la que el Homo sapiens está adaptado y que solo por casualidad sería la que las sociedades de hoy elegirían si tuvieran que escribirla por sí mismas. No sé cuál es la evidencia, pero la anécdota sugiere que la nueva generación de millennials con altos niveles de educación valora más el ocio y es más exigente en las demandas a sus empleadores en este sentido. ¿Será que son realmente diferentes o será que son jóvenes que todavía no se aburguesaron?

(...) Otra diferencia entre la vida productiva contemporánea y la de nuestros ancestros lejanos es la rutina. Hoy usamos “sedentarismo” para aludir a lo poco que nos movemos en nuestro trabajo o nuestro hogar, pero en un sentido más originario de la palabra somos sedentarios de una manera en que no éramos cuando el Homo sapiens era una especie nómade. Una especie que partiendo de su cuna en la estepa africana salió de allí a conquistar continentes. La vida de las poblaciones nómades sería menos rutinaria que la nuestra, del trabajo a casa y de casa al trabajo. Nuestros ancestros veían el atardecer todos los días, pero en muchos lugares diferentes a lo largo de su vida. Es raro el día hábil en que nosotros, urbanizados del siglo XXI, vemos un atardecer, y si lo vemos suele ser en el mismo lugar.

¿Cuánto podemos ajustar nuestra vida laboral y nuestras rutinas diarias para que sean un poco menos incompatibles con la realidad prácticamente paleolítica de nuestro cuerpo?. La perspectiva evolutiva solo agrega coherencia a prácticas más o menos conocidas. Una dimensión de mejora parece ser un círculo virtuoso. La alimentación sapiens nos hace bajar de peso, algo que hace mucho más agradable (y menos peligroso para la salud) el ejercicio: nuestras rodillas y tobillos no están preparados para cargar un peso mucho mayor que el de un cuerpo paleolítico. Si hacemos ese ejercicio fuera del hogar (¿ir en bici al trabajo?, ¿escaparnos al mediodía para una corrida?) enfrentaremos temperaturas más diversas, lo cual implica en sí mismo un gasto de energía, y tendremos nuestra dosis de vitamina D. A su vez, con ese gasto mayor de energía, es más probable que, incluso si nuestra hambre está algo tentada por comidas neolíticas, no nos pida más alimento que el necesario. Además, con mayor actividad física es probable que durmamos bastante mejor; y mejor aún si hay un gasto energético extra gracias al sexo. Quizás tengamos también sueños más agradables y menos pesadillas. Seguiremos siendo miopes, pero miopes un poco más felices.

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