
El 6 de julio de 1971, ya noche cerrada, volaba yo hacia New York para cubrir un festival de tango en el Lincoln Center organizado por Sam Gleizer, argentino radicado en The Great Apple, y en más de un sentido, un personaje inolvidable. Desde su agencia de viajes en el piso 22 de la Torre de las Américas, contigua al mítico Radio City fue, para los viajeros en problemas, más eficaz y generoso que diez embajadores.
Me había reservado una habitación en el Waldorf Astoria, nada menos, donde pude conocer la peluquería en la que se hacía atender el mafioso calabrés Frank Costello, el único de su criminal estirpe que eludió a la ley y murió, sereno y en su cama, a los 82 años, y también tomar un Jack Daniel's en la misma barra donde se acodó Frank Sinatra, adicto a ese insuperable bourbon más suave y perfumado que los del estilo sureño Kentucky Straight.
Entre sueño y vigilia paladeaba esos momentos, cuando el copiloto, al que conocía de otros viajes, se acercó y me susurró: "Acaba de morir Louis Armstrong". Luto en el jazz, en el swing, en el blues. Genio irrepetible de la trompeta. Voz ronca y aguardentosa que le regaló al mundo (1964) su versión de Hello, Dolly, desplazando de los codiciados Top Ten a los cuatro monstruos sagrados de Liverpool. Por supuesto, cambio de planes, porque lo primero es lo primero…

Ya en el room 1537 del Waldorf ni siquiera abrí las valijas. Me colgué la cámara del cuello, empuñé el grabador, y caminé hasta el lugar donde lo velaban: la sede del histórico Séptimo Regimiento de Caballería, en la Quinta Avenida. Llegué al mediodía: gris, sofocante, con amenaza de lluvia, y me topé con un espectáculo impresionante.
A lo largo de diez cuadras, miles de negros, cada uno con su radiograbador a todo volumen despachando temas de Satchmo, esperaban, a paso lento, llegar hasta el ataúd para decirle adiós. Sin lágrimas; sólo con ese dolor disfrazado de alegría del que sólo son capaces los hombres de piel oscura desde los días en que sufrían en los algodonales, el patrón blanco violaba a sus mujeres, y el látigo en sus espaldas era cotidiano. Casi tanto como la horca…

Me instalé en el último lugar de esa infinita serpiente de música y de conmovedora negritud: el único blanco, casi con vergüenza. Dos horas después llegó mi turno. Satchmo yacía en un lujoso ataúd, vestido de smoking, con la trompeta de oro entre sus manos (regalo de Alemania), e iluminado por unas tenues luces rosadas que emanaban de unas finas tulipas. Sólo dispuse de unos segundos para tomar un par de fotos, a mínima velocidad y con el objetivo de la cámara abierto hasta 1.8, el máximo, para que la escasa luz permitiera impresionar la placa. Su redonda, rubicunda cara, tenía una sonrisa apenas perceptible. En su labio superior, un callo duro como piedra, herido mil veces por el filo de la trompeta, era el estrato geológico de toda su vida y su historia.
De nacido en Nueva Orleans. De hijo abandonado por su padre y criado por su abuela Josephine, esclava liberada luego de la Guerra Civil. De pobre de toda pobreza que se ganó la vida como repartidor de carbón y de leche. De estibador en barcos bananeros. De cornetista -más tarde adoptaría la trompeta para su gloria y eternidad- en los cabarets de bajo fondo en Storyville. De niño recogido por una familia judía (los Karnofsky), también discriminados. Del regalo del señor Karnofsky: su primera corneta. Por eso y desde entonces, Satchmo llevó una medalla de la Estrella de David junto a su pecho. Tal vez en su último aliento, cuando su corazón no pudo más poco antes de cumplir 70 años, recordó al hombre que fue su mentor, protector y casi padre: Joe King Oliver.
La muchedumbre me sacó de mi lugar, pero ya tenía dos fotos… y una lágrima que no quise ocultar.

El segundo paso fue el desfile del ataúd por su sencilla casa en el barrio Jamaica, de Queens. En la escalera, atestada de parientes y amigos, también fui el único blanco, rodeado por el recelo: mi presencia los molestó, y lo comprendí. Mi piel los remitía al esclavismo. A la brutalidad del amo blanco. A las cruces llameantes de los grotescos asesinos encapuchados del Klan. A los cadalsos. A los incendios de sus pobres casas. A los barcos en que se hacinaron, encadenados, los primeros de su sangre. A Rose Parks, la primera negra que se atrevió a sentarse en la zona para blancos de un ómnibus con su simple grito de guerra: "Estoy muy cansada, y me sentaré donde quiera". A los asesinatos de Malcolm X y de Martin Luther King. Al luminoso día en que John Kennedy mandó a la Guardia Nacional para asegurar la entrada de negros en una escuela de blancos. A las guerras, donde se batieron y murieron como los blancos, pero su sangre derramada no sirvió, en la paz, para igualarlos, mientras le regalaban a los Estados Unidos, además de su sacrificio, su glorioso arte de bailarines, cantantes, músicos, actores. Todo eso, aun sin imaginar que mucho después otro negro, Obama, llegaría al Salón Oval de la Casa Blanca.
El acto final fue en el Flushing Cemetery. Satchmo bajó a la tierra, y allí permanece. Volví al hotel en un julio de fuego, y recién entonces me acoplé a festival de tango. Pero eso fue sólo un trámite. De algún modo y por mucho tiempo me recordé como el último y único blanco de aquella interminable fila que nunca acalló su música. Como una medalla que no merecí, pero que el azar puso en mi camino para que algún día, pasados más de cuarenta años, urdiera estas líneas.
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