
Algunas veces, en tardes de invierno grises y, cada tanto, inagotables sudestadas que enfurecían al Río de la Plata y desataban largas y melancólicas lluvias, en un enorme televisor de pequeña pantalla en blanco y negro, y en una casa del barrio de Núñez que ya no existe, como tampoco el potrero en el que fui un tan arriesgado como vano guardavallas, me detenía a ver, desafiando al tedio, Titanes en el Ring, acaso el único y último programa surrealista de la todavía incipiente televisión nativa.
Se batían El Caballero Rojo, La Momia, El Indio Comanche, El Enmascarado, y el siempre imbatible Martín Karadagián, petiso, morrudo y barbado luchador que ganaba porque era el dueño de la empresa, como aquel chico de madera, inútil con las piernas y la cabeza, que siempre jugaba porque era el dueño de la pelota.

En verdad, los falsos golpes y las aparatosas y ensayadas caídas me importaban poco. Yo, adicto al misterio y al hechizo, esperaba la más extraña de las escenas: el momento en el que un hombre cruzaba el estudio llevando sobre sus hombros una barra de hielo. Es decir, tratando de descifrar ese módico enigma indescifrable como si se tratara de la unificación de las dos grandes teorías del funcionamiento del Universo.
Y los años pasaron, pasaron, y un día entre los días, mi oficio de periodista me llevó a Saigón, capital de Vietnam del Sur. A la guerra, como enviado especial del arrasador diario Crónica, de Héctor Ricardo García. Empresario, sí. Pero ante todo y sobre todo, el hombre que les hizo marcar el paso a los grandes y tradicionales títulos de papel y tinta. Un apasionado, en fin, que creía en una sola verdad terrenal: la noticia.

Llegué a la caliente, lluviosa y trágica ciudad, por entonces -año 1968- casi copada por la guerrilla Vietcong. Lejos estoy de la intención de narrar (ya lo hice unas semanas atrás aquí mismo) los bombardeos nocturnos, el espanto que nos acometía a los corresponsales alojados en el Hotel Continental, los atentados, las muertes, y el tenso toque de queda, de siete de la tarde hasta las siete de la mañana, cuando los soldados sureños recogían los rollos de alambre de púa que clausuraban todos los edificios. Muy lejos.
Mi fascinación, ocupada en capturar, en fotos y apuntes, tanques, carros blindados, cadáveres -obligación estrictamente periodística-, apuntaba cada mañana a esperar, como en aquellas tardes de Núñez, la repetición, la simetría de un acto: esa simetría que, según Borges, tanto le gusta al Destino.
Porque a media mañana, con puntualidad solar, pasaba frente a mí -a nosotros- un vietnamita cargando sobre sus agobiadas espaldas una barra de hielo. La explicación racional era tan clara como florida (palabra cara al psicoanálisis): en un mundo asfixiado no sólo por la guerra sino por un calor perpetuo y apenas soportable, ese sacrificado hombrecito llevaba su helada mercancía a los bares y restaurantes todavía abiertos. Porque la guerra, bien se sabe, no es nunca total y mortífera. Tiene, siempre, rincones pacíficos y opulentos donde se comen manjares y se ríe, a contramano de la matanza.

Sin embargo, la escena, más allá de su ineludible lógica, me llevaba hacia atrás, a mis años más jóvenes, al barrio, a las sudestadas, a las lluvias que veíamos caer con resignación con mi padre, al viejo televisor, y al misterioso hombre de la barra de hielo imaginado por Karadagián, acaso un precursor del delirio nacional.
Al fin y al cabo, los dos -el luchador que siempre vencía y el esforzado vietnamita que duramente se ganaba la vida- eran, en las antípodas y separados por el colosal Océano Pacífico, por la paz y por la guerra, por el libreto previamente escrito y por el disparo artero de un francotirador, lo mismo. Signados por el azar y sus trampas, ambos desaparecieron. El primero le bajó el telón a mi adolescencia, y el otro se esfumó sin dejar rastros, acaso aniquilado por la bala que ya había sido fundida para él. Y desde entonces, ya en mi adultez, y cuando dejo caer unos perfectos cubos de hielo para refrescar mi whisky, no puedo -no debo- olvidar a esos hombres tan lejanos y tan cercanos. Nunca. Porque a los dos les debo algo. La risa y el horror. El surrealismo de una pantalla y el miedo a morir en una calle de Saigón, como tantos corresponsales que cayeron. Y la gracia de seguir vivo y poder contar esas historias en una máquina de escribir. Como ahora y aquí, pagando una deuda.
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