El dolor es un maestro claro y provocador que ayuda a que tu pena ya no siga convirtiéndose en sufrimiento. Sabemos que dolor es lo que pasó; y sufrimiento, aquello que surge cuando no logramos liberar al dolor y seguimos machacando en el tema, rumiando, sin resolverlo, preguntándonos por qué Dios nos hizo esto y lo otro, o por qué el mundo nos persigue.

El sufrimiento es aquel dolor que nos expone una visión que no nos permitimos olvidar, y con la que seguimos enfermando y enfermando celularmente el cuerpo, sin aceptar que quedó en el pasado y lo nuestro es vivir aquí y ahora.

Cuando el dolor no se resuelve, puede desembocar en rencor, ira, resentimiento, deseos de venganza, violencia, depresión, etcétera.

Podemos aceptar lo que pasó, liberar el dolor y recomenzar con un nuevo estado de conciencia

Recordemos que para superar el dolor tenemos dos opciones. Podemos continuar con esa carga de pensamientos y emociones agotadoras cada día de nuestra vida, insistiendo en ejercer el rol de actor secundario, aferrándonos a lo que alguna vez nos provocaron o la vida nos procuró, y transformarnos en una sombra patética.

O bien, podemos aceptar lo que pasó, liberar el dolor y recomenzar con un nuevo estado de conciencia.

En tus manos, tu mente y tu corazón se haya la respuesta que te impulsa a saber cómo armonizar tu vida. A veces podemos solos, pero muchas veces necesitamos la ayuda de un buen profesional. Todo recurso es señal de amor propio y de querer seguir adelante.

El dolor nos enseña, nos humaniza, nos vuelve más empáticos con los demás

No olvidemos que el planeta es como una escuela a la venimos a aprender, a crecer, a hacernos fuertes. El alma sabe mucho más que nuestra mente física ensombrecida por los sentidos limitados. Somos mucho más que el cuerpo: somos almas eternas.

El dolor nos enseña, nos humaniza, nos vuelve más empáticos con los demás, derriba las barreras del ego en un instante. Nos hace valorar lo que dábamos por hecho.

Vivan el dolor, abracen el dolor, siéntanlo. Y luego, déjenlo ir.