Hay historias de amor que se escriben con calma, otras que nacen de un flechazo y algunas que parecen construirse a fuerza de sobrevivir. La de Chiche Gelblung y Cristina Seoane fue, durante casi medio siglo, una mezcla de todas ellas. Hubo pasión, crisis, separaciones, reconciliaciones, discusiones, momentos de enorme felicidad y también situaciones límite que pusieron a prueba a una pareja que, pese a todo, consiguió permanecer unida.
Ahora, con la noticia de la muerte del histórico periodista, aquella historia compartida adquiere otra dimensión: la de una vida atravesada de a dos, con la modelo como compañera fundamental de un hombre que nunca ocultó sus contradicciones.
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Dicen que Chiche fue siempre un gran seductor. Él mismo lo reconoció en innumerables oportunidades y hasta se definió, mirando hacia atrás, como un “infiel patológico, serial e incapaz de mantener una sola relación a la vez”. Pero también hubo algo que distinguió a Cristina del resto de las mujeres que pasaron por su vida: fue por ella por quien decidió pelear. La mujer que, según sus propias palabras, quiso recuperar cuando comprendió que detrás de todas aquellas aventuras había una certeza mucho más profunda. “Ella fue la única por la que peleé. La más inteligente. La más bella. La que debía ser mi mujer para siempre”, había contado.

Se conocieron a mediados de los años 70, cuando el periodista estaba al frente de la revista GENTE. Fue durante una producción de “Los Personajes del Año”, una de esas grandes ceremonias de la cultura popular argentina que reunían a las figuras más importantes del momento. Cristina, por entonces una joven modelo que comenzaba a destacarse y acumulaba trabajos, había sido convocada para aquella producción. Él reparó inmediatamente en ella. Según recordaría Seoane tiempo después, le había llamado la atención aquel hombre de aspecto particular, “pelilargo, con flequillo y una corbata inmensa”.
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Pero aquella historia no comenzó de inmediato. Cristina estaba casada y aquel primer encuentro quedó suspendido en una zona incierta, hasta que un año después comenzó a trabajar como productora de fotografía en la publicación que dirigía Gelblung. La cercanía hizo el resto. Se enamoraron. Y cuando la relación comenzó a consolidarse, Chiche ya había terminado su matrimonio con Marta Inés Velasco.
Sin embargo, el comienzo de la pareja estuvo lejos de ser sencillo. Gelblung atravesaba aquellos años con una vida sentimental vertiginosa. Él mismo contó que en la editorial donde trabajaba tenía mucho contacto con mujeres y que, por entonces, no rechazaba prácticamente ninguna propuesta. Las consecuencias de aquella vida llegaron inevitablemente a la pareja. Hubo engaños, discusiones y rupturas. Cristina decidió en algún momento ponerle un límite definitivo a aquella situación. Y la separación no fue precisamente tranquila.
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En una de aquellas crisis, según relató Chiche años más tarde, Cristina se habría puesto de acuerdo con otras mujeres que salían con el hombre de medios para irrumpir en su departamento y hacerle sentir las consecuencias de sus infidelidades. “Cortaron mis almohadas, mis trajes y tiraron mis discos, gemelos y relojes desde el piso 15”, recordó con una mezcla de humor y nostalgia por aquellos tiempos turbulentos.
Pero cuando Cristina se fue, Chiche descubrió algo que hasta entonces quizás no había querido admitir: podía tener muchas mujeres alrededor, pero solo había una cuya ausencia verdaderamente le dolía.
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Entonces comenzó la reconquista: llegaron las flores, los bombones, las llamadas telefónicas y las invitaciones a cenar en restaurantes distinguidos. Pasaron semanas de insistencia, ruegos y gestos destinados a recuperar una relación que el periodista había puesto en riesgo. Gelblung entendió que no quería empezar de nuevo con otra mujer. Quería volver con Cristina.

“Es la única por la que peleé. Era más inteligente, más bella. Es muy difícil medir qué es lo que te interesa de una mujer. Es la que yo realmente sentí que tenía que ser mi mujer”, explicó alguna vez. La reconciliación llegó después de una larga batalla personal y, desde entonces, aseguraba que nunca volvió a serle infiel.
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La pareja logró reconstruirse y empezó otra etapa. Una etapa en la que llegaron los hijos y en la que aquel amor dejó de ser solamente una historia de dos para convertirse en una familia. Juntos fueron padres de Federico, María y Magdalena y, con el paso de los años, abuelos de siete nietos.
Gelblung siempre intentó reivindicar su lugar como padre. “Creo que fui un papá presente. Obsesivamente presente”, dijo alguna vez. Incluso cuando su profesión lo llevaba de un estudio a otro, de una redacción a un programa de televisión, de una entrevista a una cobertura, aseguraba haber encontrado la manera de estar cerca de sus hijos.
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Ella fue una presencia constante en esa vida vertiginosa. No solo acompañó al periodista en los años de mayor exposición pública, sino también durante algunas de las circunstancias más difíciles que atravesaron juntos. Intentos de secuestro, amenazas de bomba, persecuciones y hasta un exilio en Madrid forman parte de la historia compartida por la pareja.
“Lo nuestro ha sido desafío, superación y elección constante”, definió Cristina en una oportunidad. Una frase que, con el paso de los años, terminó funcionando casi como una síntesis de aquel matrimonio.
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Porque la vida junto a Chiche no fue sencilla. Él mismo lo sabía y lo reconocía. “Nunca fue ni será fácil la vida junto a alguien como yo. Y no todo el mundo se lo banca”, admitió. Pero también entendía que aquella mujer había elegido permanecer a su lado cuando las cosas se complicaban.

Hubo incluso momentos en los que recurrieron a terapia de pareja. Pero Gelblung aclaraba que aquellas consultas no habían tenido como origen grandes conflictos sentimentales, sino diferencias relacionadas con la crianza de sus hijos. “Las dos o tres veces que debimos recurrir a la terapia de pareja han sido para ponernos de acuerdo respecto de la educación de nuestros hijos”, contó.
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Casi cinco décadas después de aquel primer encuentro, la historia entre Chiche y Cristina había dejado de necesitar explicaciones. Habían atravesado juntos las distintas etapas de la vida: la juventud, los años de éxito profesional, la llegada de los hijos, los problemas familiares, las amenazas, los momentos de miedo, el exilio, los nietos y también los problemas de salud que marcaron los últimos años del periodista.
Cristina estuvo allí. Y quizás por eso, al hablar de ella, Gelblung no se detenía solamente en la palabra amor. Hablaba de elección, de permanencia, de resistencia. De esa clase de vínculo que no se mide únicamente por los momentos felices, sino por la capacidad de permanecer cuando todo alrededor parece derrumbarse.

Ahora que la voz de Chiche Gelblung se apagó, queda su extensa trayectoria periodística, su personalidad arrolladora, sus entrevistas, sus polémicas, sus programas y una manera irrepetible de hacer periodismo. Pero detrás de aquel personaje público también existió un hombre que, con todas sus contradicciones, encontró en Cristina Seoane a la mujer con la que quiso compartir el resto de su vida.
Casi cincuenta años después de aquel primer encuentro, la historia queda escrita de otra manera. Ya no como la de una pareja que simplemente permaneció junta, sino como la de dos personas que atravesaron prácticamente una vida entera eligiéndose una y otra vez. En las buenas, pero sobre todo en las malas. En el ruido y en el silencio. En la exposición y en la intimidad.
Cristina fue la mujer de su vida. La que estuvo durante casi medio siglo. La que, ahora, tendrá que aprender a continuar sin él.
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