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Así fue el debut de Moria Casán a los 10 años: bailaba danzas españolas y compartió cartel con Lolita Torres

Un programa de 1956 recuperado décadas después revela cómo fue presentada aquella niña que ya mostraba una vocación inconfundible por el escenario hasta convertirse en La One

Imagen en blanco y negro de una mujer de perfil con los brazos extendidos, ataviada con tocado con perlas y vestido con corsé sobre un fondo oscuro
La actriz Moria Casán posa con los brazos extendidos y un vestido con corsé y tocado en sus primeros años de carrera.
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Mucho antes de convertirse en Moria Casán, mucho antes de los escenarios repletos, de las cámaras de televisión, de las frases que quedarían para siempre en la cultura popular argentina y de ese personaje que terminaría construyendo a fuerza de talento, provocación y una personalidad imposible de ignorar, hubo una niña llamada Ana María Casanova que se paraba frente a un espejo y bailaba.

Tenía apenas diez años y todavía no sabía —o quizás sí lo intuía— que aquella necesidad de expresarse con el cuerpo iba a acompañarla durante toda su vida. El primer escenario no fue un teatro consagrado ni una pantalla de televisión: fue mucho más pequeño, más íntimo y, justamente por eso, mucho más conmovedor. Fue el comienzo de una historia que todavía no tenía nombre artístico, pero que ya tenía algo fundamental: una protagonista decidida a ser mirada.

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Ana María nació el 16 de agosto de 1946 en el Hospital Militar Central, en Belgrano. Era hija única y sus padres eligieron llamarla Moria desde el comienzo. Creció en José Ingenieros, en el partido de Tres de Febrero, en una casa donde convivían el afecto, la disciplina y una educación que, casi sin proponérselo, fue acercándola al mundo del arte. Allí comenzó a aparecer una inclinación que no parecía pasajera. Había algo en el movimiento, en la música y en la posibilidad de transformarse frente a los demás que despertaba en ella una fascinación distinta.

En el Club Unión Argentina de Ciudadela empezó a frecuentar espacios vinculados con el baile. Todavía no había una carrera profesional, ni un proyecto perfectamente diseñado, ni siquiera la certeza de que aquello pudiera convertirse algún día en un oficio. Había, en cambio, una pulsión. Una necesidad. Una manera de expresarse que encontraba en la danza un lenguaje propio. Moria pasaba largos momentos frente al espejo inventando coreografías y ensayando movimientos. En los cumpleaños familiares, cuando alguien le pedía que bailara, podía desaparecer durante algunos minutos y regresar convertida en otra persona, preparada para salir a escena con la ropa adecuada y sus zapatillas de punta.

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El público era entonces su propia familia. Las luces podían ser imaginarias. El escenario podía ser un rincón de la casa. Pero la escena ya estaba allí.

Página impresa con una lista de artistas de un programa teatral que tiene el nombre de Ana María Casanova remarcado con un círculo blanco
Un programa impreso detalla la participación de Ana María Casanova, nombre de nacimiento de Moria Casán, en la primera parte de un espectáculo teatral.

Y fue su madre, Rosa Faga, quien terminó de abrir aquella primera puerta. Había sido actriz vocacional y profesora de labores antes de casarse y dedicarse al hogar, y conocía de alguna manera ese mundo que empezaba a llamar a su hija. Fue ella quien consiguió que Ana María tuviera una oportunidad diferente: actuar por primera vez delante de un público que no estuviera compuesto solamente por familiares.

Tenía diez años. El año era 1956. Y aquella niña que todavía estaba lejos de ser Moria Casán apareció en la cartelera de un espectáculo benéfico destinado a recaudar fondos para el Hospital Piñero, compartiendo programa con figuras de enorme popularidad de la época.

El recuerdo de aquella jornada fue recuperado por Gustavo De Filpo, quien contó a través de una publicación en Facebook cómo se produjo aquella primera aparición pública. Según reconstruyó, su padre participaba de la producción del festival y la madre de Ana María le pidió a unos familiares que ayudara a que su hija pudiera debutar en el espectáculo.

“Mi viejo estaba en la producción de un espectáculo a beneficio del Hospital Piñero en donde, entre otras grandes figuras, estaba Lolita Torres”, recordó De Filpo. Y entonces llegó la oportunidad: “La madre de Moria, vecina de la imprenta de unos primos, le pidió a mi papá que la haga debutar a su hija en el festival, y así fue como la puso en cartel con grandes artistas de la época”, relató.

Hay algo conmovedor en esa escena porque todavía no existía la leyenda. No estaba Moria Casán. No estaba la mujer que décadas más tarde sería capaz de convertir cualquier entrevista en un acontecimiento. No estaba la estrella. En aquel programa aparecía simplemente Ana María Casanova, una niña de diez años presentada como una “precoz bailarina española”.

Primer plano de una niña con cabello oscuro, flequillo, diadema, flores en el cabello, pendientes y vestido
Una joven Moria Casán posa con un vestido de baile y adornos florales en el cabello en una fotografía de antaño.

Y el documento quedó guardado. El programa permite viajar hacia aquella noche y reconstruir, aunque sea parcialmente, cómo fue presentada aquella pequeña artista. El papel amarillento, atravesado por el paso de las décadas, enumera a los protagonistas de aquella primera parte del espectáculo. Y entre nombres que pertenecían al mundo del teatro, la música y la revista aparece ella, Moria Casán.

“ANA MARÍA CASANOVA — Precoz bailarina española”. Debajo, el programa detalla las piezas que debía ejecutar: “Alegría Parisien” - gallop, vals y marcha-, y “La Corrida”, de Valverde.

Es difícil no detenerse en ese detalle. Porque allí está, escrito en tinta y sobre un programa de una función benéfica, el registro concreto de una primera vez. No es una reconstrucción posterior ni un recuerdo contado muchos años después. Es un documento de época que conserva el nombre de aquella niña y deja asentado qué iba a bailar.

Y no estaba sola en aquella cartelera. El programa anunciaba también a Jazz Casino, presentado como “la Sensación de América”, junto al Trío Banini y Héctor; a Margarita Padín, “festejada primera actriz de la escena en un momento alegre”; a Severo Fernández, presentado como “primer actor nacional”; a Los 4 Hermanos Pizarro, con canciones, danzas y melodías de nuestra patria; a Alberto Locati, celebrado integrante de la “Revista Dislocada” de LR4 Radio Splendid; a Juan Carlos Novaro, acompañado por los guitarristas Panitsch y Bisora, y a Salvador Fortuna, anunciado como primer actor cómico del teatro.

De Filpo también explicó que el programa que conservó la familia no termina allí. “Esa es la primera parte, tiene 3 partes y una hermosa dedicatoria de la Sra. Lolita Torres a mi papá”, señaló.

Retrato en blanco y negro de una mujer joven con cabello oscuro y flequillo, lleva una diadema, un collar de perlas y un vestido de escote cuadrado
Moria Casán sonríe en un retrato de su cumpleaños de 15

La presencia de Lolita le agrega todavía más dimensión a aquel recuerdo. La niña que recién comenzaba a asomarse al escenario compartía cartel con artistas que ya tenían un lugar ganado en el imaginario popular. Para cualquier otra criatura podía haber sido simplemente una actuación infantil. Para Ana María, en cambio, parecía ser el primer paso hacia algo que con los años adquiriría otra dimensión.

Porque la danza no había llegado a su vida como una profesión elegida después de una larga reflexión. Había llegado como un impulso. Como un juego que poco a poco comenzó a tomarse demasiado en serio.

Mientras Moria avanzaba en sus estudios en la escuela primaria, también profundizaba su formación artística: danza, danzas españolas, piano e inglés. Llegó incluso a recibirse de profesora de piano junto con una prima y continuó rindiendo exámenes en el Conservatorio Santa Cecilia.

Pero hubo algo que comenzó a aparecer muy temprano y que quizás explique mejor que cualquier título académico lo que vendría después: su independencia.

A los doce años pidió que transformaran el garaje de su casa en un pequeño estudio de danza. Quería espejos, una barra y hasta un cartel que la presentara como profesora de danzas clásicas españolas. Todavía no tenía el título. Pero ya tenía una idea mucho más poderosa: quería hacer algo por sí misma.

Fotografía en blanco y negro de un hombre con traje, camisa, corbata y gafas, junto a una mujer con peinado recogido, pendientes y top de encaje
Los padres de Moria Casán aparecen en un retrato en blanco y negro, con el hombre usando traje y lentes, y la mujer vistiendo un top de encaje.

Así empezó a dar clases de danza y gimnasia y consiguió sus primeros ingresos. La imagen parece pequeña si se la observa desde el presente: una niña en el garaje de su casa, una barra, algunos espejos, unos pocos alumnos y la ilusión de enseñar. Pero vista desde la historia completa de Moria Casán, aquella escena adquiere otra dimensión. Porque allí ya estaba una de las características que después atravesarían toda su vida: la capacidad de transformar una posibilidad en una oportunidad.

Primero fue el espejo. Después, los cumpleaños familiares. Más tarde, aquel escenario de un festival a beneficio del Hospital Piñero. Y en el medio, una niña que aprendía danzas españolas, estudiaba piano, rendía exámenes y encontraba la manera de ganar sus primeros pesos dando clases.

Todavía faltaban los grandes escenarios. Faltaba la televisión. Faltaba el cine. Faltaban el teatro, las revistas, las luces, los títulos, las polémicas y esa personalidad que terminaría convirtiéndola en una de las figuras más reconocibles de la Argentina.

Pero algo ya había comenzado. En aquel programa de 1956 no aparece todavía Moria Casán. Aparece Ana María Casanova. Una niña de diez años presentada como una “precoz bailarina española”, preparada para interpretar “Alegría Parisien” y “La Corrida”, de Valverde.

Quizás ella todavía no podía imaginar todo lo que vendría después. Quizás para esa niña aquella noche sólo se trataba de bailar, de salir a escena, de escuchar la música y sentir las miradas sobre ella. Pero el tiempo se ocuparía de darle a ese pequeño acontecimiento un significado enorme.

Porque algunas historias empiezan mucho antes de que el público conozca el nombre de su protagonista.

Y la de Moria Casán, en realidad, comenzó allí: cuando una niña de diez años se puso sus zapatillas, salió a un escenario por primera vez y, delante de un público que ya no era su familia, descubrió que había algo que le pertenecía para siempre. La escena. Y la mirada de los demás.

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