Billy Corgan invitó a la cantante para Thirty-Three
(Enviado especial a Chicago) Se fue el segundo día de Lollapalooza Chicago con una sensación de vivir en dos espacios de tiempo en simultáneo. Por un lado, la de estar escuchando la música que tenés que escuchar en este agosto de 2026 que acaba de comenzar. Y, casi sin darte cuenta, viajar hasta comienzos de los 90, cuando todo el universo alternativo se inventaba en tiempo real. Una misión que solo es posible a través de la música y de los shows en vivo.
Esto reflejaron los inolvidables conciertos de Charli XCX y The Smashing Pumpkins, los headliners de este viernes ante más de cien mil personas. Un día un poco pasado por agua y con muchas historias para contar, a la espera del desembarco del festival en Argentina, el 12, 13 y 14 de marzo en el Hipódromo de San Isidro.
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Desde temprano, las mujeres tomaron por asalto la zona del predio que abarca el escenario principal con Zara Larsson como abanderada en el T-Mobile, quien confirmó que era una de las atracciones de la jornada al congregar a una multitud en el turno vespertino. “Son la audiencia más grande que tuve”, reconoció la sueca que con su concepto Midnight Sun se propuso ponerle un poco de color a la tarde plomiza, y no anduvo con vueltas. Ingreso a lo Penélope Glamour, sensualidad en cada movimiento y una voz que parece no tener límites.
La escenografía fue todo lo que pedía el predio: una pradera de ensueño, con verdes, flores y agua para latir a puro “Eurosummer”. De top escotado, minishort de jean y botas altas, Larsson se apoyó en sus chicas —sus instrumentistas y sus bailarinas— y disfrutó cada momento de un show en el que demostró versatilidad para dominar cada rincón del escenario: viajar de coreos electropoperas a guiños al burlesque, caminar por su propio mundo de fantasía o dejarse elevar por sus bailarinas para ver desde todavía más arriba.
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La cantante, que en su último álbum de remixes grabó con Shakira y Emilia Mernes, expresó su alegría desde la frescura para dirigirse a sus fans. “¿Quieren cantar conmigo?" preguntó con un dejo de picardía, como quien sabe de antemano la respuesta. También se permitió una reflexión sobre todo lo que pasó en los nueve años que la separan de su debut en el festival, el increíble modo en el que se desarrolló su carrera y la importancia de no abandonar los sueños.
En la otra punta del Grant Park, la atmósfera pasó a ser bien diferente con la estirpe rockera de Yungblud. Con el torso desnudo, pantalón de cuero y una energía desbordante, el carismático artista británico se lo vio dispuesto a recuperar el camino perdido.
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Desde el principio, el británico quiso que el público formara parte de su fiesta. Arengó, invitó a cantar, a interactuar con el de al lado. Y como no era suficiente, invitó a una joven a subir al escenario. Katie, se presentó, oriunda de Michigan, quien recibió la guitarra como posta para tocar “Fleabag”.
Lo que siguió fue casi una suite que descansó por un instante en esa guitarra rítmica invitada, siguió con Yungblud corriendo por la pasarela, chocando palmas con los fans, intercambiando cigarrillos y tragos y terminó de pie, sostenido por las manos de la gente, cantando entre todos el enésimo estribillo. “Gracias por crecer con nosotros”, le dijo Katie, sumando a todos los fans a ese momento personal que guardará para siempre.
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La euforia bajó por primera vez con “Changes”, el clásico de Ozzy Osbourne que Yungblud tocó en el concierto homenaje al líder de Black Sabbath celebrado poco antes de su muerte. “Dedicado a un amigo mío que me abrió a su familia y que lo extraño todos los días”, vociferó antes de canalizar las emociones por otra vía. Una versión sentida, con suelta de palomas blancas en la pantalla y un final a capella con el público directo al corazón de las tinieblas. El final fue con “Zombie” y un mensaje para los suyos: “No se olviden de vivir”.
Recorrer el inmenso Grant Park en tiempos de Lollapalooza es una experiencia sensorial. Además de la música que brota de cada escenario, los puestos de comida y merchandising, las versiones gigantes de juegos como el Jenga o el cuatro en línea y la foto para el álbum con el cartel, la fuente o la vuelta al mundo son elementos que también tienen que ver con el festival. Y en esa caminata, que por lo general es con hoja de ruta en mano y siguiendo artistas y escenarios, también es recomendable simplemente deambular y toparse con artistas como Oklou o Not For Radio.
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Cuando se fueron los últimos atisbos de un sol que casi no asomó por Chicago, tres llamaradas anunciaron a Charli XCX, que salió con “Rock music” a demostrar por qué es una de las cantantes a prestarle atención en la escena global. Con un disco salido hace apenas una semana, Music, Fashion, Film, la británica ajustó el pulso distorsionado con el que encara esta etapa de su carrera con un setlist que hechizó a sus fans desde el comienzo.
Pasaron casi sin respiro “Yeah”, “Apple”, “Wink wink” y “Girl, so confusing” —que ayer había cantado con Lorde— cuando llegó el chaparrón. Y era la prueba que faltaba para ratificar la conexión con el ambiente. A ajustarse los pilotos impermeables, a taparse con lo que cada uno tuviera a mano y entregarse a lo que disparaba desde el T-Mobile.
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O, por qué no, confiar en un chamán. Y ahí estaba John Cale, con su voz desde los parlantes, como en el disco, para interpretar “House”. El histórico músico de The Velvet Underground, quien la acompaña en la tapa del disco junto al diseñador Marc Jacobs y el cineasta Martin Scorsese. Y mientras se escuchaba su recitado, el agua también se dejó llevar por su cadencia y desde entonces se volvió una agradable compañía.
Si lo fashion lo marcaron los cambios de look —del saco de cuero negro y medias en red, al vestido suelto para terminar con una camiseta blanca rasgada—, la película que proyectó Charli XCX fue la de una distopía industrial. Con el escenario unos metros más alto de lo habitual, el diálogo entre la estética negra y las luces blancas en sincronía con los cambios de ritmo, coronados con el monólogo de David Cronemberg proyectado en el final.
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Th Smashing Pumpkins fue el otro headliner de la noche y el grupo de Billy Corgan planteó un juego de nostalgia en un regreso triunfal a la ciudad que lo vio nacer. Desde el comienzo, la banda apeló a sus clásicos que alimentaron los inicios del rock alternativo, como “1979″ o “Bullet with butterfly wings”, con unas pocas novedades, aunque con la potencia arrolladora intacta. Y con unas cuantas sorpresas para los suyos.
Como buen anfitrión, Billy abrió las puertas de su ciudad para tres músicos bien diferentes entre sí. Olivia Rodrigo se llevó la mayor ovación con su íntima versión de “Thirty-Three”, con Corgan en acústica y una tenue llovizna acompañándolos. Yungblud volvió al lugar en el que había dejado todo para hacer “Luna” y Melissa Auf der Maur, exbajista del grupo y compañera de aquellos años alternativos, subió para finalizar el set con “The everlasting gaze”.
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Sin fuegos artificiales ni la parafernalia que se suele emplear en estas situaciones, el cierre fue solo de Billy. Después de los agradecimientos del caso, recibió a sus hijos mayores en el escenario y los tres quedaron solos, caminando a paso cansino, levantando las manos y sonriendo mientras escuchaban los aplausos. Y todo bajo el mítico cielo de Chicago. La postal de un hombre que ve pasar la película de su vida mientras disfruta del presente.
La segunda jornada del festival se fue entre la nostalgia y la apuesta al futuro, que es lo mismo que decir la música en su máximo esplendor. Esa que permite viajar en el tiempo y en el espacio y que en ningún otro lado se vive como en Lollapalooza Chicago: un peregrinar incesante por un mundo de sensaciones donde siempre hay algo interesante para escuchar.
Fotos: Cortesía Lollapalooza
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