Elba, madre de Sergio Lapegüe, fue asaltada en su casa de Banfield. La mujer de 90 años, que padece Alzheimer en estado avanzado, se encontraba acompañada por dos cuidadoras cuando cuatro delincuentes irrumpieron por la parte trasera de la vivienda e ingresaron, aparentemente, sin forzar la puerta, según informaron en A la Tarde (América).
Según trascendió, una empleada, llamada Gladis Astermich, de 54 años, intentó resistirse y fue agredida físicamente: intentaron ahorcarla. La otra fue amordazada, vendada y encerrada en el baño, mientras los asaltantes buscaban dinero en la propiedad.
Los delincuentes le pidieron información sobre dinero a Elba, pero la enfermedad le impidió comunicarse. Después de dañar todo lo que encontraron en el interior de la vivienda, huyeron —según el parte policial— llevándose 50 mil pesos, un teléfono celular.
Sergio Lapegüe grabó el momento en que ingresó a la vivienda y las imágenes generaron impacto. Mientras caminaba por la casa, sus palabras transmitían la angustia de ver todos los objetos destrozados: “Uh, rompieron todo... Mirá, mirá.... Mirá, mirá. Qué hijos de puta.... Mirá cómo tiraron todo, qué hijos de puta. No se puede así. Rompieron todo acá. Pero qué hijos de mil... Mirá, vaciaron todo, mirá. Qué injusto todo esto. Uh, mirá, qué hijos de puta. Buscando plata, buscando plata. Bueno, el segundo robo ya. No: quinto robo acá, segundo de esta violencia. Mi mamá, que sufre Alzheimer. Le rompieron el coso ahí. No les importa nada. No les importa nada. Llegó rápido la policía. Le pegaron a ella, la maltrataron, le vendaron los ojos...”.
Mientras tanto, detrás se oían otras voces que decían que todo había sucedido hacía veinte minutos, y que los tres delincuentes se habían ido en un auto de apoyo.
Sergio Lapegüe relató con crudeza a América Noticias lo sucedido “Esta es mi casa, este es mi barrio, esta es mi vida. Nunca me fui”, afirmó el periodista. De inmediato, detalló: “Tuvimos varios robos. A mi papá le partieron la cabeza con un bate de béisbol. Lo estaba comiendo acá a la vuelta”.
“Ahora vivir lo mismo con las dos cuidadoras, son divinas. Yo pasé de casualidad, salgo de América del programa, paso por la puerta y estaban los delincuentes adentro, yo ni cuenta me di”, relató.
La escena posterior dejó rastros materiales y afectivos: “¿Viste ese piano que estaba ahí todo tirado? Corrido. Mi mamá tocaba el piano. Todos los cuadros, todos tirados. Mi mamá era pintora. Y ahora con el Alzheimer y todo, yo cuando voy a casa le toco el piano y es el único momento que conectamos”, describió Lapegüe, enfatizando la crudeza del quiebre en el espacio íntimo. Sobre las consecuencias directas del ataque, añadió: “Las chicas estaban bastante golpeadas. Gladys, pobrecita, estaba muy... tenía marcas en las manos, a ella la metieron en el baño, rompieron el baño también y la encerraron. Y quedó mi mamá con la otra cuidadora ahí”.

El ingreso de los asaltantes presenta interrogantes para Lapegüe: “Gladys me dijo que los delincuentes dijeron que habían entrado con la llave. Yo lo dudo, porque la llave que tenemos es la... Ahora cambiamos todas las cerraduras, obviamente, pero las llaves hay dos juegos de llaves que nadie los saca, queda ahí. ¿Cómo tenían la llave? Eso es raro. Después, es una reja que en las dos veces que entraron, entraron empujando la reja. Como esta de mi casa también, es una reja como electrónica. No sé cómo hacen, si meten una tarjeta”, explicó el periodista. La desprotección tecnológica se sumó al golpe anímico del asalto: “Rompieron todo. Acá estaba hablando con el hombre de las cámaras, rompieron todo. O sea, lo mismo que hicieron en mi casa, se llevan el disco rígido. Pero yo quiero ver si están en la nube”.
Según Lapegüe, la respuesta policial fue inmediata: “Debo reconocer que ni bien me enteré yo, la policía apareció a los dos minutos, más o menos, rapidísimo”, pero reconoció la dificultad persistente para resolver estos hechos: “El otro robo anterior no los encontraron. A mi casa entraron el 2022, no los encontraron. Es muy difícil. Es muy difícil encontrarlos. No los encuentran”.
El periodista evocó la sensación compartida entre los vecinos y la percepción de impunidad: “Estamos con miedo nosotros y los delincuentes sin miedo. Es así. Los que tenemos miedo somos las personas que no robamos. Ellos hasta muestran por redes sociales lo que acaban de robar”, sostuvo. Cuando la discusión apuntó a la efectividad del sistema de seguridad, fue contundente: “Acá tenemos una garita de seguridad que la pagamos todos los días”.


Interrogado sobre la posibilidad de mudarse, Lapegüe reiteró su pertenencia: “Voy a seguir insistiendo con mi barrio. Soy un tipo de barrio, me gusta esto, me gusta estar en mi lugar, me gusta estar con mis amigos de toda la vida. Acá son todos amigos de toda la vida, la verdad”.
El cuidado de su madre, enferma de Alzheimer, aparece también como motivo vital: “Yo voy todos los días, por más que no me conozca, yo siempre digo: Yo la conozco a ella. Y le doy la mano. O recién estaba y no me soltaba la mano, me la agarraba como diciendo: Quédate”. Consultado sobre el impacto del vínculo, reflexionó: “Mi mamá está como está por el cuidado, por el amor que tienen las cuidadoras y por el amor que tenemos los hijos y la familia, porque me parece que ese es el secreto de esta enfermedad tan dura y tan dramática y tan dañina al cerebro”.
Al cerrar, la indignación por la violencia y el desaliento social quedan resumidos en una frase: “La verdad, nadie está exento de ser la próxima víctima”, confesó Lapegüe en el final del reportaje.
Este episodio se suma a una serie de robos sufridos por la familia. En 2009 también ingresaron a la vivienda de la mujer buscando a Lapegüe, y hace 15 años, Elba fue víctima de un robo violento en el que tres asaltantes —dos menores y un adulto— la golpearon repetidamente y le exigieron saber el paradero de su hijo. Durante ese ataque, la ataron, amordazaron y la encerraron en el baño tras golpearla en la cabeza, y se llevaron los ahorros familiares junto con objetos de valor.


A lo largo de los años, la familia ha enfrentado la vulnerabilidad provocada tanto por la inseguridad como por el avance del Alzheimer en Elba. Actualmente, la enfermedad la ha llevado a depender completamente de cuidadoras debido a su deterioro físico y la pérdida de autonomía.
Sergio Lapegüe ha relatado públicamente el proceso degenerativo de su madre y el impacto que ha tenido en su vida familiar. “Mi mamá tiene Alzheimer y he visto todo el proceso degenerativo, que es impresionante. Voy todos los días a verla”, expresó en medios nacionales. La enfermedad avanzó hasta dificultar acciones básicas como tragar agua y provocó hospitalizaciones recientes por neumonía y fiebre. A pesar de alguna mejoría, la situación sigue siendo delicada.

Lapegüe renunció a su trabajo en el noticiero para acompañar a su madre en este proceso. Subrayó la importancia de esa decisión: “Lo dejo para poder acompañarla. ¿Por qué no voy a hacerlo si ella estuvo siempre conmigo?”. El vínculo se ha visto marcado por el dolor y las emociones intensas ante el deterioro y la falta de reconocimiento por parte de Elba, que en muchas ocasiones no lo identifica durante sus visitas.
La rutina diaria incluye visitas frecuentes, comidas juntos y la música como puente de conexión. Lapegüe utiliza la música como terapia compartida. Al tocar el piano para Elba, en ocasiones logra pequeñas reacciones, como movimientos de manos o pies y, en raros momentos, alguna palabra de reconocimiento.
En una experiencia reciente, tras un episodio difícil, Lapegüe tocó el piano en la misma sala donde lo hacía de niño y contó cómo su madre, ubicada frente a él, consiguió pronunciar su nombre, en uno de los breves instantes de lucidez que califica como fundamentales para el vínculo.


La historia de Lapegüe y su madre motivó una fuerte reacción en redes sociales, donde seguidores y colegas han mostrado su apoyo. La exposición pública de su testimonio ha generado identificación en otras familias que atraviesan el acompañamiento de un ser querido con Alzheimer.
En el presente, Sergio Lapegüe reconoce que hay días en los que su madre apenas lo identifica, aunque a veces lo reconoce a través de una pantalla. Sostiene la conexión cotidiana con gestos simples, como tomarla de la mano o cruzar miradas, buscando mantener el lazo madre e hijo, incluso en la rutina más frágil.
Cada reencuentro es una pausa en el tiempo para ambos, un refugio donde, aunque por instantes, la presencia mutua se convierte en un consuelo irremplazable.
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