A Edgardo Ríos, más conocido como Mambrunense, la cocina le atraviesa la vida desde mucho antes de los videos virales y los millones de seguidores. Mucho antes de las marcas, los viajes y las mesas llenas. Desde los nueve años, cuando aprendió que trabajar también era una forma de independencia. “Veníamos de una familia muy de clase baja. Yo era muy de querer cosas y mi mamá me decía: ‘no te lo puedo dar, andá a trabajar’”, recuerda.
En esa lógica temprana apareció su primer empleo: una verdulería del barrio que necesitaba ayuda. Eran pocas horas, combinadas con la escuela, pero suficientes para empezar a entender el valor del esfuerzo y del dinero propio. “Ahí me empezó a gustar trabajar, ser independiente”, dice. Con ese primer sueldo no se dio lujos: zapatillas “de lona baratas” y, con lo que sobraba, figuritas de Dragon Ball.

La cocina llegó casi al mismo tiempo. No como un plan de vida, sino como un juego. “Veía a mi mamá cocinando guiso o milanesas. No había celulares, te aburrías. Entonces le decía ‘bueno, te ayudo’”, cuenta. También hacía bomboncitos, alfajores de maicena y juguitos para vender en el barrio. “Ahí estaba el trueque, la plata. Alma de vendedor”, resume.
Durante años trabajó en gastronomía formal: fue chef, docente, profesor en escuelas de cocina. También fue vendedor, telefonista, hizo “de todo un poco”. Hasta que llegó la pandemia y, como a tantos otros, le cambió la vida. “Con mi pareja nos quedamos sin trabajo. No podíamos pagar el alquiler”, recuerda. “Comíamos fideos con huevo todos los días”.
Los videos empezaron sin estrategia ni expectativa. “Los hice de casualidad, por hobby, porque estaba sin laburo y aburrido”, dice. Grababa en una mesa ratona, con lo que había. “Tenía dos o tres cosas en la heladera. Una banana medio pasada, un poco de harina, aceite. Y yo sabía resolver”. Esa fue la clave: mostrar que cocinar no era lujo ni sofisticación, sino ingenio cotidiano.

El primer video se viralizó. Y después otro. Y otro. “Empezó todo rápido y ya no paré”. Hoy supera los diez millones de seguidores, pero insiste en que el espíritu sigue siendo el mismo. “No voy con ingredientes raros. Si falta algo, te digo con qué reemplazarlo o dónde conseguirlo”.
El primer canje fue un punto de quiebre. “Un mayorista cayó con una camioneta llena de cosas. Tanto que no entraba en la heladera”, recuerda. Días después, una mueblería le regaló una mesa. “Yo cocinaba en una mesa ratona. Cuando me dijeron eso fue una emoción enorme”.
Las redes no solo llenaron la heladera: ordenaron la vida. “Pude empezar a estar tranquilo”. Llegaron canjes, después marcas, luego una agencia. Pero Edgar no romantiza el trabajo digital. “La gente cree que es solo hacer una receta. Pero tenés que planificar, comprar, cocinar, ensuciar todo, editar. Hay mucho detrás de escena”.

Hoy, la diferencia económica es tangible. “Pasé de no poder comprar zapatillas a poder darme un gusto”. Compraron un auto. Una casa para refaccionar. Viaja por trabajo y por placer.
Pero Edgar no cree en finales felices permanentes. “Todo tiene un final. Por eso estoy preparado”. Sueña con una escuela de cocina. No con un restaurante. “Ya trabajé en eso. Soy muy exigente. Prefiero enseñar”. También dentro de un par de meses se publica su primer libro de cocina, uno de sus sueños pendientes. Cree en la manifestación, pero también en el ahorro, el trabajo y la constancia. Y mientras tanto, sigue cocinando, repartiendo comida entre vecinos, amigos y familiares. Como al principio. Alegrando a los demás.
Más allá de los millones de seguidores, Edgardo Ríos sigue siendo ese chico que aprendió temprano que con poco también se puede hacer mucho. Y que en la cocina, como en la vida, siempre hay algo para resolver.
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