“Un desastre por dentro”, expresó L-Gante, sin rodeos, cuando le preguntaron por su estado sentimental y su relación con Wanda Nara. No hay ironía en su tono. Hay agotamiento. Y una honestidad que desarma. El artista que revolucionó la escena urbana argentina con el sello del cumbia 420 no atraviesa su mejor momento emocional. Está, según sus propias palabras, “para el or..., tengo una de problemas”, reflexionó en una charla íntima con Mauro Albarracín para su canal de YouTube, Charla de madrugada.
Durante la entrevista, el cantante no sale con las contestaciones de ocasión, no pierde el tiempo en aclarar que “a Wanda la podría ir a ver ahora y todo bien, la mejor”. Se enfoca en responder sobre su presente emocional: Preferiría quedarme mucho tiempo en mi casa hasta que me sienta recargado positivamente otra vez. Y ahí sí, encarar todo con buena onda”.
Habla de Wanda con una mezcla de admiración y cercanía. Se sorprende, incluso, al notar cuánto se parecen cuando están juntos. No sabe si ella fue siempre así, si escondía ese costado que ahora deja ver, o si simplemente cambió. Pero lo que tiene claro es que lo que la atrajo de él fue la autenticidad: “Mostrarme como soy, no intentar caerle bien. Si te caigo bien, joya. Y si te caigo mal, bueno. Pero ahí queda lo importante: que fui sincero”.
Tras ello, concluyó, sin eufemismos. “Cuando estamos juntos somos ‘la potencia’. La rompemos en donde lleguemos o en lo que hagamos”, dijo al dejar en claro que entre ambos, pese a todo, la llama se enciende apenas se encuentran.
Pero más allá de los vínculos, lo que define su presente es el peso que carga. Elián Valenzuela, nacido y criado en General Rodríguez, ya no es solamente un cantante popular. Es, como él mismo se define, “una empresa”. Y detrás suyo hay decenas de personas que viven del motor que él representa.

“Cada vez que salgo a trabajar, están trabajando varias personas y llevan el dinero a la casa para todas esas familias. Entonces, si la empresa está mal, va a funcionar mal. Si la empresa está bien, va a funcionar bien”, expresó.
La frase no es retórica. L-Gante no habla como una estrella, sino como un engranaje. Y también como un jefe que se sabe responsable. Managers, productores, músicos, técnicos, vestuaristas, asistentes, iluminadores, encargados del sonido y de las pantallas… una red de trabajo que depende de su rendimiento físico, emocional, creativo.
De hecho, en estos momentos, el cantante se encuentra en Colombia, junto con amigos, en medio de unos días que combinan el descanso y cerrar diferentes proyectos musicales, algunos quizás alejados del RKT.
A su regreso, continuará la catarata de shows en Niceto, además de distintos puntos del país y del exterior, con una amplia agenda en Chile, por ejemplo.
La lucidez no le llegó de un día para el otro. Explicó que durante mucho tiempo, desde que “la pegó”, se rodeó de malas ideas. Ideas nocivas, disfrazadas de oportunidades. Propuestas vacías que le llegaban por la noche, entre fiestas y promesas que se desvanecían al amanecer: “Es difícil encontrar a alguien que te tire ideas piolas. En lo nocturno están los que te vienen con ‘vamos a hacer esto, vamos a hacer eso’, las ideas malas ¿no?“.
Hoy, apenas cumplidos los 25 años, L-Gante se siente con la madurez suficiente para frenar y distinguir lo bueno de lo destructivo, y ejercer una autoridad que no es arrogancia, sino necesidad de supervivencia: “Estamos grandes como para tener la habilidad de cortar. De decir: esto está bien, esto está mal”.
Esa misma madurez lo llevó a revisar sus letras, su imagen pública, sus decisiones pasadas. Ya no se filma fumando marihuana, aunque no reniega de su consumo: “Un porrito no me hace ni mala persona, ni buena tampoco”.
Sabe que las cámaras, las redes, la opinión pública pueden amplificar detalles y volverlos emblemas. Y entiende que hay quienes esperan verlo fallar. “Le das lugar a que hablen los giles”, resumió.
Pero si hay un punto de inflexión en su evolución es el reconocimiento de la responsabilidad social que implica cada palabra que lanza al micrófono. Ya no es el joven que, con 21 años, rimaba sobre la crudeza del barrio, la policía y el hambre. Hoy es un padre. Un adulto. Y aunque no se juzga por lo que cantó, comprende que sus canciones ahora impactan de otra manera.
“Cantaba cosas que me pasaban. Cosas que vivía en mi barrio, en el día a día. Ahora sí es una responsabilidad, porque ya soy un adulto. Pero no me juzgo, porque es mi realidad”, explicó.
Hoy, a cuatro años de ese estallido mediático, el artista que supo convertir los códigos del barrio en fenómeno musical se muestra más introspectivo, más vulnerable. Pero también más lúcido. Porque su historia, como él mismo dice, sigue siendo suya. Y la sigue expresando con su voz.
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