
En una cama de hotel, entre almohadas desordenadas y la tibieza de una mañana sin horario, Calu Rivero sostiene a sus hijos. No los alza con los brazos, sino con el alma. Es ella misma quien lo dice: “Maternar… con el alma en los brazos”. La frase no busca poética, le brota como un suspiro largo, como una exhalación de cansancio y belleza, como una verdad íntima que duele, pero también redime.
La actriz, modelo y referente espiritual que durante años se reinventó a sí misma entre Buenos Aires, Nueva York y retiros de introspección, compartió en su cuenta de Instagram una serie de imágenes cotidianas. Un desayuno a medio empezar. Juegos en la cama. Instantes suspendidos en los que los cuerpos pequeños de sus hijos la envuelven con una presencia absoluta. Pero detrás de esa dulzura doméstica se esconde algo más profundo: una reflexión honesta, visceral, sobre la maternidad como experiencia total, que agota tanto como enaltece.
“Dos chiquitos tan chiquitos. El tiempo que no alcanza. Las noches que no descansan”, escribe. Y en esa letanía hay algo más que un recuento: hay un grito suave, casi inaudible, de quien busca afirmarse entre lo que ama y lo que la desborda. Porque todo se acumula, todo se entrelaza: “Las exigencias que crecen. Las responsabilidades, los haceres, los quehaceres… todo lo que sostiene, pero también todo lo que pesa”.
¿Dónde queda ella? ¿Dónde se esconde la mujer más allá de la madre?

La respuesta aparece entre líneas, como un intento de reconstruirse: “Hoy me armé un plan hermoso: un hotel, una pausa, otro aire”. La escena es mínima pero poderosa: una habitación neutral, lejos de la rutina, y una mujer que, al menos por unas horas, decide cuidarse. Porque antes de seguir dando, entiende que necesita darse a sí misma.
En este texto confesional, Rivero también nombra la soledad. Y eso es quizás lo más crudo, lo más valiente. “A veces me siento sola en esta danza”, admitió. No es una soledad física, sino una sensación existencial. La paradoja de maternar: estar rodeada de amor, y al mismo tiempo sentirse sola en un rol que lo consume todo.
Pero no está sola. Su posteo se convirtió, en apenas unas horas, en un espejo para miles de mujeres que la siguen. Más de un millón de personas. Los comentarios se multiplicaron como ecos de una misma experiencia compartida. “Momentos intensos que nunca olvidarás”, escribió una seguidora. Otra se sinceró: “Con ningunas palabras resueno más que con estas que acabas de escribir. Gracias porque el leerte me hace sentir más acompañada en este maternar x 2”.

Una usuaria escribió algo que podría haber salido de un ensayo: “¿Cómo se puede sentir soledad con la personita que más ama al lado?”. Y la respuesta, aunque implícita, está en cada palabra que dejó Rivero. Está en el desdoblamiento constante entre ser madre y mujer.
“Ese es el camino que elegí”, aseguró. Y no se victimiza. Al contrario. Reconoce la ambivalencia con madurez: “A veces liviano, a veces intenso. Pero profundamente mío”. Y ese “mío” resuena como una victoria en medio del caos. Un “mío” que no pide permiso. Un “mío” que se aferra a la vida desde el lugar más vulnerable y poderoso a la vez.

Porque hay algo que Calu Rivero tiene claro: este momento, con sus luces y sus sombras, es el más inigualable de su vida. Y ahí, entre la fragilidad y el agradecimiento, se hace fuerte.
De hecho, hace solo una semana, anunció la búsqueda de una niñera para el cuidado de sus hijos, Tao y Bee, a través de un casting que definió como un proceso de selección para “almas viajeras”.
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