A las seis de la tarde, el sol aún despuntaba fuerte sobre las calles empedradas de Málaga, cuando Guillermo Francella, con el aplomo que otorgan los años y las certezas de un camino recorrido, subió al escenario para recibir el Premio Retrospectiva-Málaga Hoy. Lo hizo en el marco del 28º Festival de Cine de Málaga, mientras una sala colmada celebraba su figura como si fuera la de un viejo conocido que regresa a casa. Había emoción, pero también gratitud. El intérprete, a sus casi setenta años, supo construir una carrera que combina el rigor con la calidez de quien nunca se olvida de quién lo mira.
La entrevista con Alfredo Leuco, pocas horas después del homenaje, fue el espacio donde Francella se permitió la ternura: “Fue un masajito al alma. Un lindo mimo. Un hermoso mimo”, dijo en Le doy mi palabra (Mitre) sobre el reconocimiento en Málaga. Pero enseguida volvió a la reflexión dura sobre el presente: “A mí siempre me sigue gustando que el cine se vea en cine. Que las películas que nosotros estrenemos no se estrenen en plataformas porque se está perdiendo la costumbre del cine”, lamentó. Y remató con lucidez: “Salvo las películas de Marvel o las de superhéroes, esas llenan las salas en Argentina y en el mundo. Mientras tanto, el cine que toda la vida nosotros vimos, esta tradición de ir al cine, se ha perdido por completo. Pero tengo que reconocer que esta posibilidad que te da la plataforma de ser visto en el mundo es algo fantástico”.
Siempre atento a no defraudar a su público, insistió en su preferencia por un arte que convoque y emocione: “No comulgo con el cine que le da la espalda al público. Ese cine que existe, maravilloso y es premiado, no es para mí. No me gustaría interpretarlo. Me gusta más el cine popular, que no significa que esté reñido con la calidad”.
El tema del humor y sus límites, una de las polémicas del último tiempo, no quedó afuera. Y allí se impuso el recuerdo de Pepe Argento, su personaje en Casados con hijos, se impuso. “¿Qué voy a hacer? ¿Es feminista ahora Pepe? Él no se va a mover de ahí. Es como querer sacar a El Chavo del barril y que no le peguen en la cabeza”, ironizó. Luego lanzó un suspiro y describió el desafío de los autores hoy: “Pobres, se quedan frente a su computadora diciendo qué escribo, qué cosa no quedará mal, qué es políticamente correcto, qué está bien, qué está mal. No es sencillo, pero bueno, hay que transitarlo”.
El actor argentino se encontraba en tierras andaluzas presentando Playa de lobos, el último filme dirigido por Javier Veiga, y fue en ese contexto que dedicó unas palabras que dejaron al auditorio en un tenso silencio, seguido de un aplauso cerrado. “España es un país donde cada vez me siento más a gusto: por su gente, por lo culinario, por el arte, por el deporte, que me sugiere a mí una cercanía familiar”, dijo, con la mirada húmeda, casi como si hablara en confidencia.
Pero lo más profundo vino después. “Siempre fui un actor que ama el cine que dice, el que emociona, el que interpela, el que toma posición“, afirmó, en una declaración que pareció atravesar a todos los presentes. Hizo una pausa breve, dejando que el peso de sus palabras hiciera su trabajo, y agregó: “Para mí, ver un espectador sentado es fundamental. Ellos fueron todo para mí. El público le da el cierre a una obra. Porque si no se genera ese feedback, no hay obra, no hay película. Y en la interpretación es necesario el público. Una interpretación frente a una pared no dice y no dura”. Entonces, con un tono más íntimo, concluyó: “Este premio no lo quiero compartir con el público. Es del público”.

Más tarde, en un encuentro con los medios, se sentó junto a Juan Antonio Vigar, director del certamen. Fue allí donde Francella volvió sobre los pasos de su historia. Sus recuerdos parecían perfilarse como escenas de una película que aún late. “Cuando terminé la secundaria, nada de lo tradicional me gustaba. Lo único que me gustaba era el teatro”, reveló. Y el recuerdo de sus padres se hizo presente como un murmullo que todavía lo guía: “Gracias a Dios, tuve unos papás que me acompañaron”.
En su relato, el actor de El secreto de sus ojos y El clan revivió la advertencia que le hacía su padre, una voz prudente y amorosa que le decía que siguiera actuando, pero que buscara “algo paralelo para vivir”. Se detuvo, sonrió con nostalgia y agregó: “Tardé muchísimo en tener una continuidad como actor, pero cuando la tuve jamás me abandonó. Me hace sentir pleno poder vivir de lo que siempre anhelé vivir”.
Francella hizo de la heterogeneidad su marca. La comedia fue su punto de partida, pero sus inquietudes lo llevaron a otros terrenos. “He tenido un arco tan antagónico y heterogéneo en las interpretaciones que me siento pleno. No hay una asignatura pendiente”, afirmó, aunque reconoció un respeto casi reverencial que lo mantuvo lejos de los clásicos de Shakespeare.
Para él, todo empieza en el guion. “Es vital tener un buen guion y un buen director detrás”, explicó, y luego se permitió una reflexión sobre su propio oficio: “La naturalidad creo que nació conmigo. El oficio adquirido y el tiempo me permitió ser más austero y más económico en lo gestual”.
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