Parte importante del legado en el recorrido que Antonio Gasalla trazó en teatro, en el cine y también brillando en la televisión, son sus imborrables, costumbristas, ácidos y delirantes personajes que se grabaron en la memoria de, al menos, tres generaciones de argentinos.
Si este artista, al que la palabra “comediante” le queda corta a la hora de querer caracterizarlo, dejó una huella imborrable en la cultura y el entretenimiento de este país es por su capacidad inventiva e ingeniosa de haber montado una galería de lisérgicas criaturas que, además de hacer reír, supieron plasmar parte del ADN argentino con esa combinación entre la comedia, el drama y una mirada social mordaz y aguda.
Del under porteño de los años 60 -con el colectivo Help Valentino que configuró con Carlos Perciavalle, Nora Blay y Edda Días- a las marquesinas de la calle Corrientes; de la pantalla grande a descollar y diferenciarse en la “caja boba”, donde expandió su capacidad autoral con los distintos ciclos que ideó para las pantallas de Canal 7, El Nueve, El Trece y América. Títulos como Pan y circo, Gasalla y Corrientes, El Palacio de la Risa o el elocuente Gasalla es Gasalla fueron albergue de estas inolvidables criaturas que se anotan en la rica tradición del humor argentino en cuanto a la composición de personajes y además generó influencia hacia adelante.
Mamá Cora
Una de sus creaciones más conocidas, surgida en su espectáculo en el Teatro Maipo y años más tarde inmortalizada en el celuloide tras la convotoria de Alejandro Doria para integrar el elenco de Esperando la Carroza (1985). Mamá Cora es una abuela viuda de 78 años, madre de Antonio, Jorge, Sergio y Emilia. “Yo quería hablar de la vejez y salió un sketch con dos viejitas. Lo estrené con Jovita Luna y luego lo hice con Adriana Aizemberg”, le contó a Magdalena Ruiz Guiñazú sobre este personaje que enredaba la dinámica familiar con sus salidas inesperadas.

De aquí derivó La Abuela, con una actitud más despierta y un look más sobrecargado, que supo sentarse en el living de Susana Giménez por muchos años y conformando un dúo desopilante con la diva. “La de la película era más gagá, la actual es más conectada con la realidad porque no quiero hacer una vieja que suscite pena, medio patética”, diferenció el propio Antonio sobre sus criaturas más populares.
Soledad Dolores Solari
Una mujer solitaria, acomplejada, dubitativa y con la imposibilidad de estar sola en ningún momento. Amargada, sufrida, vestida siempre de negro y con guantes blancos, con un imposible y reluciente pelo largo y lacio, causaba gracia por el vínculo tirante y tóxico con su madre, el cual provocaba salidas increíbles. Soledad tenía una amiga llamada Chabona, que la alentaba a salir más de su casa y vivir, a buscar un trabajo e incluso instándola a que perdiera la virginidad. Sus visitas a los distintos psicólogos que la trataron eran de lo más delirante: uno se terminó ahorcando y otro la dejó plantada para irse a almorzar.
Flora, la empleada pública
Una parodia histriónica, puntual y en un punto algo estigmatizante -al contribuir con la generalización de la actitud laboral de los empleados estatales o municipales- de una encargada de una mesa de entradas con modales mandones y un toque de malhumor. Acodada en el mostrador con su inseparable La González (interpretada por Norma Pons), conformaron un dúo que maltrataba y chicaneaba a todo aquel que se acercara por un trámite, mientras comían, tomaban mate y hacían que trabajaban. En ocasiones recibían a celebridades y generaban notas desopilantes, como sus encuentros con Ricardo Darín, Gerardo Sofovich o China Zorrilla.
Yolanda

Una señora mayor que le hace creer a toda su familia que no puede caminar, por eso nunca se levanta de su silla de ruedas y le exige a su hija Marta (Norma Pons) y a sus hermanas Ana María y Margarita que la atiendan todo el tiempo. “Sos yegua, Marta”, era el latiguillo con el que le reprochaba a su hija cada vez que ella quería hacer algo en vez de atenderla.
Bárbara Don’t Worry
Una presentadora de programa de cable algo excéntrica, de rasgos exagerados y deformados por las cirugías estéticas que a Gasalla le sirvió para parodiar a las nuevas tendencias en cuanto a la moda, la salud y el entretenimiento que estaban en auge en aquellos años de “uno a uno”, en sintonía con ese “enamoramiento con Miami” que padecía parte de la clase media. Desenfadada y algo torpe, Bárbara también recibió en su living a todo tipo de estrellas: alguna vez Fito Páez le cantó al piano y también generó un momento inolvidable cuando la tuvo a Susana Giménez para recordar el “cenicerazo” a Huberto Roviralta. “La gente me confunde con ella”, dijo Don’t Worry al presentar a la diva en un sketch que se grabó en el living que Susana tenía en Telefe por aquellos años, pese a que después fuera emitido por la pantalla de El Nueve para El palacio de la risa.
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