“El mejor programa es siempre el que está por venir”. Conocedor del oficio de toda una vida, entusiasmado con el nuevo desafío, embargado por los nervios de toda primera vez, Julio Lagos pide permiso para caer en un lugar común -“una tilinguería”, describe- a la hora de elegir un momento en su vasta trayectoria. La referencia es para la nueva temporada de La radio sos vos, su ciclo en Rivadavia que se mudará a los sábados y mutará en ómnibus, pero no perderá la esencia. Que es la suya, la de un hombre de radio de la vieja escuela, que supo ver antes que nadie lo que pasaba a su alrededor.
Julio Lagos vuelve a la radio, y citando a Aníbal Troilo -uno de los nombres propios de peso que aparecerá a lo largo de esta charla con Teleshow- es como si nunca se hubiera ido. En un diálogo zigzagueante entre el pasado y el futuro, el locutor va a desentrañar un camino que lo remonta a los primeros años de su vida. Y completa la máxima spinetteana con la que abre la entrevista. “Esto no significa desdeñar lo transcurrido. Agradezco todo, incluso los fracasos que fueron resonantes, pero no soy melancólico”.
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Bajo este precepto, Julio remonta el camino hasta el punto de partida. Allí conecta con el oficio de su padre, corrector del diario El Mundo, que regresaba a su casa de madrugada con el ejemplar de cada día. Su curiosidad de cuatro años puso el ojo en la página de historietas, especialmente en Periquita, y quiso saber qué decían esas viñetas. Para eso estaba su madre, maestra, que casi sin darse cuenta empezó a dar clases particulares. “A los 4 o 5 años ya sabía leer”, dice el conductor, que tenía otro estímulo en la radio prendida todo el día, como correspondía a la época. “Yo era medio payaso”, dice, para justificar su vínculo inicial con el gran amor de su vida.

El empujón definitivo hacia el periodismo se lo dio José D’Amico, coordinador de las inferiores de Boca Juniors, que lo vio con poca pasta para ser futbolista profesional el día que se probó en el Xeneize. “Andate pibe”, le dijo casi con desdén, un tono de voz que lo persigue hasta hoy. Mientras tanto, el diario seguía siendo una referencia, pero en lugar de los dibujos le empezaron a llamar la atención las palabras. En especial, las de un periodista que escribía en primera persona y con frases cortas, que alternaba la tipografía, usaba negritas, mayúsculas y signos de admiración, y, sobre todo, firmaba las notas.
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Su espíritu adolescente lo impulsaba a querer ser uno más de la redacción de El Mundo, que era como su segunda casa. El edificio de Bogotá y Río de Janeiro era plan del fin de semana, cuando los artistas de la radio actuaban en el comedor. O visitas guiadas por su propia curiosidad, cuando despegaba del ala paterna y se perdía en cada uno de los rincones. “El perfume de la redacción, el aroma del taller los tengo clavados en el corazón”. Le insistió tanto a su padre que a “la millonésima vez” le consiguió la prueba que tanto quería. Cruzó las puertas como tantas otras veces, pero ya no como Laguitos, el hijo del corrector, sino como un joven aspirante a periodista. Esperó durante horas y tuvo el encuentro con el que había soñado desde niño.
—En este diario todos escriben mal y usted lo hace más o menos—, desafió al secretario de redacción con su actitud que hoy describe “de joven iracundo”.
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—Venga y escriba usted.
La respuesta descolocó a Julio, quien esperaba más que lo arrojara por la ventana a que le ofreciera trabajo. “Fue más loco que yo”, interpreta a la distancia, y revela que todavía tiene enmarcada aquella primera crónica, más por historia que por orgullo. “Escribí una nota horrorosa, que se ennobleció por el copete y el prólogo que él escribió, y le puso el maravilloso título de ‘Arrorró mi crónica’”. Gracias a la muñeca y el oficio de Bernardo Neustadt, -sí, ese periodista que escribía raro y tanto admiraba-, la nota fue a la contratapa del suplemento deportivo de El mundo, que por entonces vendía 350 mil ejemplares.
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Al poco tiempo, Julio empezó a escribir crónicas de los partidos de la fecha y cada lunes, su apellido salía junto a plumas como las de Jorge Göttling o Guido Gotta. Esos años de periodismo deportivo lo tuvieron en la versión original de Polémica en el fútbol -con Carlos Fontanarrosa y Alejandro Apo padre- y luego en El Gráfico, donde su trabajo era realizar encuestas. Y en este recorrido de postas, en la que se mezclan los medios más importantes con nombres propios de los más reconocidos, empieza a forjar su propio camino.

“Hugo Guerrero Marthineitz me recomendó que fuera a entrevistar a Julio Álvarez Vieyra”, dice homenajeando el inconfundible tono de voz del Peruano Parlanchín. La referencia es para el hombre dirigía el área de música popular en una época de oro de la emisora. “Estaban Aníbal Troilo, Astor Piazzolla, Eladia Blázquez, Edmundo Rivero”, enumera. La entrevista le valió el ingreso a la radio y el periodista deportivo empezaba a quedar cada vez más lejos en el retrovisor. Ahora, tenía que cumplir un compromiso sin excusas para la época: el carnet de locutor.
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Después de un intento fallido, Julio se recibió en el ISER. Por entonces, ya trabajaba de movilero en Canal 13 con la gran revolución de la época, el auricon, una cámara con batería que permitía registrar audio y video sin enchufar. “Cuando sacamos la cámara a la calle empezó esta película”, dice, sobre este viaje que comenzó hace 63 años y que este sábado arranca una nueva estación.
—¿Cambia mucho aquello que empezó como un juego una vez que se vuelve un trabajo y una responsabilidad?
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—Es como el yin y el yang. Por un lado, el deleite de la pasión, de la vocación que está intacta. Pero al mismo tiempo hay una responsabilidad permanente, porque yo no podía escribir algo que cuando volvía a casa provocara un gesto de reproche de mi papá o de mi mamá. Y después, no podía desmerecer lo que mis hijos pensaban de mí y ahora no puedo avergonzar a mis nietos. Voy a cumplir 63 años de trabajo y esto que empiezo el sábado espero que sea el mejor programa de mi vida. Hubo un campeón que dijo “las medallas se ganan en el entrenamiento y en la competencia simplemente se pasa a recogerlas”. Y hace dos meses que estoy preparando el programa del sábado.

—¿Cómo se construye un programa de radio en la actualidad? ¿Es muy distinto a lo que ocurría en sus comienzos?
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—Afortunadamente, cuando uno tuvo la suerte de estar en diferentes maneras de expresar la comunicación, ve cómo se mezclan los mensajes. En la gráfica, escribís la nota, buscás fotos, el recuadro, la infografía; y la radio también es una composición directa donde son muchos los elementos que participan. Donde desde una palabra surge la referencia a una canción que te lleva a un lugar, y en ese lugar tenés un oyente que lo sacás al aire. Todo esto uno lo puede prever, pero después, una vez en el aire, andá a saber qué te queda de eso. Lo importante es saber la diferencia entre turbina y asiento, no manotear el equivocado.
—¿Dónde encuentra los nuevos desafíos después de tanto tiempo en el aire?
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—En 1997 fuimos los primeros en poner la radio en Internet, en Aspen. Hoy parece mentira, pero nadie entendía demasiado y había mucha resistencia. Con Internet nos subimos a la alfombra mágica voladora, y podemos estar en cualquier lugar y a cualquier hora. Además de eso, la diáspora argentina no es solo de ahora, viene desde el fondo de la historia. Y con Internet, incorporamos una masa de oyentes que no teníamos, ese público mayoritariamente joven, que vivía afuera y le resultaba fácil entender las nuevas tecnologías y seguir conectados de alguna manera con el país. Ahora, con este programa vamos a cubrir de oeste a este todo Estados Unidos y Canadá y el resto del mundo. Pienso en alguien que produce frutos rojos en Chubut y que quiere exportarlos, y de repente aparece un argentino con un supermercado en Los Ángeles y se ponen en contacto. Estas son cosas que te dicta la imaginación, y que después las refrenda la realidad.
—Durante varias generaciones la radio estaba prendida a toda hora en los hogares y todos crecimos con alguna de esas voces en nuestra memoria. ¿Cómo va a repercutir a futuro esta nueva manera de hacer y escuchar radio?
—A veces nos hacemos lío con las palabras. Uno piensa en el cine, que empezó con pantalla chiquita, mudo y en blanco y negro. De repente pasó a ser color, tuvo sonido, y en los cine de los barrios se veían tres películas. Después vinieron las pantallas 3D, el sonido envolvente, los grandes complejos, el pochoclo y la gaseosa. Y ahora llegaron las plataformas donde podés ver en tu casa. Y sigue siendo cine. Si viviera Enrique Susini, el inventor de la radio, aplicaría todos los recursos que hoy tenemos, y no se asustaría. Se dicen cosas como “se pierde la magia de la radio”, que no tienen sentido, porque desde que la radio es un gran fenómeno, la gente iba a ver los programas. Y la tecnología no le restó un solo oyente a la radio clásica. Mi objetivo es tener cada vez más oyentes, porque lo cuantitativo, cuando es muy cuantitativo, pasa a ser cualitativo. Y eso es lo que pasa con Infobae, por ejemplo tiene la mayor cantidad de lectores y de visitantes, y eso, cuando llega a cierta dimensión, es una cualidad.

—¿Cómo se conquista a la audiencia?
—Creo que hay una cierta pereza intelectual, pocas ganas de trabajar, y pocas ganas de arriesgar, porque por supuesto todo esto es ensayo y error. Pero se trata de ir a buscar a los que no te conocen, a los que no te escuchan, seducirlos, y una manera de hacerlo es preparar este nuevo programa durante dos meses, como lo venimos hacerlo. Porque que te escuchen siempre los mismos es como pescar en una pecera.
La radio sos vos, o un viaje por el mundo
Avalado por su trayectoria, Julio encara su nuevo desafío de los sábados a la tarde poniendo en discusión una las frases más hechas en el medio, que habla de primeras mañanas y vueltas a casa, de audiencias calientes y de horarios relajados. “No creo en eso de las franjas horarias, es una comodidad o una moda. La radio atiende 24 horas”, dice citando su libro Corazón de radio, y “Nuestro espacio tendrá la dinámica, el brillo y la jerarquía de los horarios centrales diurnos. La sorpresa, el entretenimiento y la cordialidad serán el eje de un programa en el que siempre habrá una atracción”, anticipa.
Para ello, se propone llevar al límite el espíritu federal que tiñe desde siempre a la emisora. “Vamos a llegar a cada rincón de la Argentina, para reflejar historias, promover las fiestas populares y acompañar a las economías regionales”, asegura. Y sin caer en la nostalgia porque sí, se ofrece como un puente para los argentinos que anden por el mundo. “Quiero que con un click recuperen la emoción de escuchar una radio de Argentina”, sueña en voz alta, y planifica uno de los tantos recorridos posibles. “A las 17 empezaremos a cubrir todo el territorio de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, celebraremos la noche en Madrid y en Estocolmo. ¡Y luego compartiremos el desayuno del domingo en Tokio y en Sidney!”
Julio comandará un equipo que viene ensayando para que todo salga según lo planeado, con la hendija necesaria para la improvisación. Leticia Funes en la locución, Juan Carlos García Bisio en la música popular, Alicia Petti con la información del espectáculo, Daniel Artola hablará de libros, Roberto Martínez de historia argentina, Aníbal Pastor de gastronomía y Mariano Twerki en deportes. Los móviles estarán a cargo de Patricia Sierra en la ciudad de Buenos Aires, Eduardo Pierce en la provincia de Buenos Aires, Norberto Spangaro en Miami y Andrés Heguaburu en Uruguay. La producción será de Matías Muñoz y Guadalupe Piero, y la operación técnica de Laura Parodi y Julia Sánchez. Viejos conocidos y nuevos compañeros que se suman a su aventura. Esa que proyecta para este sábado a las 17 y que imagina como la mejor de su vida, pero solo por un rato. Hasta la semana próxima, cuando la luz roja vuelva a decir AIRE y todo comience de nuevo una vez más.
La radio sos vos. Desde el sábado 3 de febrero, de 17 a 22 por Radio Rivadavia
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