
Todo empezó como una broma. O varias, en verdad. Matafuegos y Papá Noel fueron apenas dos de los apodos que esa noche de diciembre de 2012, en una disco de Adrogué, Lizy Tagliani le dijo a La Floppy. Es que la vio enteramente vestida con lentejuelas rojas y una galera gigante, en la que entrarían decenas de conejos, y no pudo evitar las bromas. Entonces, se rieron juntas. Y se rieron mucho.
A la noche siguiente Floppy fue a verla a un show, sin avisarle. No había modo: ni siquiera tenía su teléfono. Cuando Lizy la divisó entre los espectadores que hacían fila en la entrada al lugar, la hizo pasar. Sería su invitada especial. Terminaron con las primeras luces del domingo bailando en la disco América. Y a partir de allí, se hicieron amigas.
Como Fabián Peloc, de lunes a sábados se desempeñaba como vendedor de celulares en un local de Temperley. Al terminar la semana, compraba facturas y se acercaba hasta la peluquería de Lizy para ser La Floppy, como la bautizó la humorista. Siempre llegaba con un regalo bajo el brazo: le obsequiaba un par de medias can can. Eran horas y horas de charla, mate de por medio. Y una amistad que pronto se hizo entrañable.

Con los meses Floppy se convirtió en su asistente por completo, en tiempo y forma. Estaba para lo que necesitara, a la hora que fuera. Pero primero, lo profesional: se encargaba del look de la conductora de Telefe. Llegaba al estudio (o el camarín, cuando hacía teatro) antes que nadie y evaluaba las distintas opciones y cómo combinarlas. Maquillaje, peinado y vestuario: solo ella sabía lo que resultaría más adecuado para Tagliani, quien no tenía dudas sobre sus consejos.
“No hace falta que nos digamos nada: nos entendemos con las miradas”, solía decir su asistente. Porque eran incondicionales: “Hincha a morir de Amiss LizyTagliani”, decía el perfil de Twitter de Floppy Bombón, como también la conocían. Siempre entendió que la fama le pertenecía a su amiga. Y que su rol en el mundo del espectáculo era el de su asistente. Sin embargo, se asombraba cuando la reconocían por la calle. Y no podía evitar sonrojarse cuando le pedían una selfie. Es que, como La Floppy Cucu, en El Precio Justo, ya había comenzado a tener vuelvo propio.
En 2015 Floppy se hizo amiga de Lourdes Sánchez cuando Lizy participó de la temporada teatral en Carlos Paz con la obra Casa Fantasma. La esposa de Pablo el Chato Prada la impulsó a subir a las tablas: fue el Payaso Papelón en El Universo de Lourdes. Y también llegó a desempeñarse como niñera de su hijo, Valentín.

Lizy, su amis -como se llamaban mutuamente- le dedicó un último chiste en Twitter en julio de 2019. “Te extraño. Por suerte, siempre estás de alguna forma”, le escribió, al pie de dos muñecas un tanto grotescas que parecían representarlas juntas, como lo estuvieron en todos esos años. ¿La respuesta de su amiga? Apenas si le alcanzaron los caracteres para expresar su carcajada. Apenas unas semanas antes las dos habían dado positivo de coronavirus: eso también lo enfrentaron juntas. El 29 de ese mes Floppy celebró que un nuevo hisopado le había dado negativo. Había superado el COVID-19.

Muy creyente, las redes sociales de Floppy estaban cargadas de oraciones. Su último posteo en Instagram es de principios de julio de ese año, con una imagen de Jesús y una frase: “Yo confío en ti, Señor”. Lo más reciente en Twitter es de unos días después, cuando compartió un mensaje del papa Francisco: “El Reino de los Cielos es lo contrario de las cosas superfluas que ofrece el mundo, es lo contrario de una vida banal: es un tesoro que renueva la vida todos los días y la expande hacia horizontes más amplios”.
El lunes 27 de julio de 2020, La Floppy murió en la Clínica Suizo Argentina, adonde estaba internada desde el 2 de julio, enfrentando una leucemia diagnosticada en el último tiempo. Tenía 33 años. “Siempre en mi corazón, en mi vida. Amigas, familia, una gran compañera... Hasta pronto”. Así la despidió Lizy Tagliani, comprendiendo que a partir de entonces ya nada sería igual. Y así lo reafirmaría este martes, un año después de aquella despedida. “No se puede extrañar a quien vive en uno -escribió Lizy-, aunque no es lo mismo”.

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