
Puede que con el paso del tiempo, llegada la madurez y con la inocencia marchita, recordaremos a esa vecina del barrio por el apodo malicioso con que la bautizamos junto a los amigos y las amigas de la cuadra. Y una vez que la vida nos lleve por caminos diferentes, hasta se nos dificultará encontrar en las redes sociales a nuestros añorados compinches de tantas aventuras: “¿Cuál era el apellido de Luli? ¿Y el de Gio?”. Es normal. En los juegos de la infancia no se pasa lista. Alcanza con dar el presente, listo para una nueva travesura.
Con El Chavo del 8 sucede algo similar. La novela que marcó la niñez de tantas generaciones -de México a la Argentina- tiene como protagonistas entrañables a esa vecina malvada -pero no tanto- conocida como La Bruja del 71. A ese niño caprichoso llamado Quico, a la adorable Chilindrina. También al Profesor Jirafales, Doña Florinda, y “pase usted”, “después de usted”. Pero ninguno podría arriesgar cómo se llamaba cada uno de ellos en realidad. La memoria emotiva atesora sus sobrenombres.
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Rodolfo Pietro Filiberto Raffaello Guglielmi. ¿Y ese? El Chavo, justamente. Así llamó Roberto Gómez Bolaños a su mayor creación, aunque terminaría optando por referirse a él del mismo modo que en su país se menciona a un niño de modo coloquial. Porque todos somos un chavito, en algún rincón del corazón.
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Este nene, abandonado por sus padres -a quienes no conoció- en un hogar de niños, terminaría encontrando un hogar en esa bonita vecindad. No dormiría en el barril, como muchos sospecharon siempre, sino en el departamento 8: allí vivió con una señora. Pero sería el público quien lo adoptaría de inmediato el 20 de junio de 1971, cuando se emitiría el primer programa en la televisión mexicana.
Un solo personaje conservaría el nombre de su actor. Y antes que un homenaje de Gómez Bolaños, es todo un reconocimiento: más de una vez contó que no era producto de su ingenio sino de una realidad. En ese caso, ambos -actor y personaje- eran uno solo. “Sé tú mismo”, le dijo Chespirito a Ramón Valdés cuando lo convocó para el programa. Porque Don Ramón no nació en El Chavo del 8; Don Ramón, ya era. Y por eso lo quisimos tanto...
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Ahora, el apellido de su hija cae de maduro: la Chilindrina era Valdés. Pero, ¿y su nombre? Nada sencillo para pronunciar: Espergencia, como lo revelaría Gómez Bolaños en su libro Sin querer queriendo, de 2006.
Florinda Meza fue la esposa del humorista. Cautivado por su talento y su belleza, Chespirito la invitó a sumarse a Los supergenios de la Mesa Cuadrada, un programa de 1969 que resultó ser la antesala de El Chavo del 8. Por entonces, Meza estaba en pareja con Carlos Villágran, el actor que personificara a Quico. Pero eso merece una nota aparte. Y la hay, claro.
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Como en parte ocurrió con Ramón Valdés, la actriz también le puso el nombre a su personaje, esta viuda de un marino que naufragó en altamar: Doña Florinda. El apellido: Corcura y Villalpando. Las ínfulas de su hijo -casi petulante, con su infaltable traje de marinerito y su enorme pelota inflable, ten redonda como sus cachetes- parecían tener origen en un pomposo Bardón de la Regueira. Pero cuando Doña Florinda se enojaba con su niño, ya no era Quico: lo retaba al grito de “¡Fernando!”.

Esta mujer de ruleros y delantal permanentes se moría de amor por el Profesor Jirafales, también conocido como Maestro Longaniza o Ferrocarril Parado -cuando era víctima de las bromas de sus alumnos por su gran estatura-. El Jirafales no era chiste, al menos no en la ficción: ese era su apellido. El amor idílico que vivía con Doña Florinda, casi adolescente, quizás encontrara un guiño en su nombre: Inocencio.
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¿Y el Señor Barriga?, tan temido por Don Ramón cuando en vano iba a reclamarle la renta... El recibo lo firmaba como Zenón Barriga y Pesado.
Porque Roberto Gómez Bolaños parecía comenzar a desandar en los nombres de sus personajes -y en sus apodos- las claves de sus historias, a través de la ironía o el contrasentido. Al fin de cuentas, lo haría con él mismo: Chespirito no era más que una distorsionada abreviación de Shakespeare.
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