Entre robots y superinteligencia: la carrera que busca definir el futuro de la humanidad

En su columna en Infobae a la Tarde, Tomás Trapé abordó las tensiones que atraviesan el desarrollo de la inteligencia artificial y planteó cómo distintas concepciones sobre el progreso influyen en la búsqueda de la próxima gran revolución tecnológica

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Tomás Trapé afirmó que la inteligencia artificial excede la discusión tecnológica y abre un debate cultural y filosófico sobre el futuro

La inteligencia artificial suele discutirse en términos técnicos: capacidad de procesamiento, modelos de lenguaje, automatización o productividad. Sin embargo, para el politólogo Tomás Trapé, detrás de esa conversación existe una cuestión mucho más profunda.

Durante su columna en Infobae a la Tarde, propuso observar el fenómeno desde una perspectiva cultural y filosófica, poniendo el foco en las creencias, expectativas y narrativas que moldean la manera en que distintas sociedades imaginan el futuro. “La discusión sobre inteligencia artificial es mucho más que una discusión tecnológica”, planteó Trapé.

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A partir de conversaciones recientes con referentes del ecosistema tecnológico, Trapé retomó una idea que, según explicó, permite entender buena parte del debate contemporáneo: la diferencia entre quienes creen que la humanidad está cerca de alcanzar una inteligencia artificial general (AGI) y quienes consideran que el verdadero potencial de la tecnología se encuentra en aplicaciones concretas y tangibles.

El entusiasmo por la inteligencia artificial pierde fuerza: las dudas de Sam Altman y Eric Schmidt sorprenden al sector
El debate sobre inteligencia artificial se divide entre quienes apuestan por la inteligencia artificial general y quienes priorizan aplicaciones concretas y tangibles (Imagen Ilustrativa Infobae)

La AGI —sigla en inglés de Artificial General Intelligence, es decir Inteligencia Artifical General— es el concepto que describe una inteligencia capaz de aprender, razonar y generar conocimiento de manera similar o incluso superior a la humana. Para algunos de los principales referentes de Silicon Valley, alcanzar esa frontera tecnológica podría transformar radicalmente la civilización.

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Pero Trapé sugirió que la fascinación por esa posibilidad no surge únicamente de los avances científicos. “Todo gira alrededor de ese mito que es esta idea de que va a venir algo superior o alguien, un líder, a salvarnos”, sostuvo.

Según explicó, numerosos analistas han señalado que parte del entusiasmo que existe en Occidente alrededor de la inteligencia artificial general encuentra raíces en tradiciones culturales y religiosas que históricamente otorgaron un lugar central a figuras salvadoras o transformadoras.

Como ejemplo de ese imaginario, recordó declaraciones del popular conductor estadounidense Joe Rogan, quien llegó a plantear la posibilidad de que una inteligencia artificial pudiera presentarse algún día como una suerte de figura mesiánica.

La inteligencia artificial general, o AGI, describe una inteligencia capaz de aprender, razonar y generar conocimiento de forma similar o superior a la humana (REUTERS)
La inteligencia artificial general, o AGI, describe una inteligencia capaz de aprender, razonar y generar conocimiento de forma similar o superior a la humana (REUTERS)

La observación de Trapé conecta con un fenómeno cada vez más visible: la tendencia de algunos referentes tecnológicos a describir el desarrollo de la inteligencia artificial en términos casi trascendentales. En ese marco, mencionó el rol de empresarios e inversores que impulsan proyectos multimillonarios con la promesa de alcanzar sistemas capaces de superar las capacidades humanas actuales.

Dos maneras de imaginar el futuro

A lo largo de la conversación, Trapé contrastó esa visión con otros enfoques que priorizan desarrollos tecnológicos más vinculados a la economía real, la automatización industrial y la robótica. “En China no creen en la AGI, creen en los robots”, resumió.

Más que una descripción estrictamente tecnológica, el politólogo presentó la frase como una manera de ilustrar distintas formas de pensar el progreso. Mientras algunos imaginan una transformación radical impulsada por una inteligencia superior, otros concentran sus esfuerzos en aplicaciones concretas destinadas a mejorar procesos productivos, optimizar industrias o ampliar capacidades económicas.

Montaje que muestra a Sam Altman a la izquierda, vestido con un suéter oscuro, y a Dario Amodei a la derecha, con gafas y traje azul, ambos hablando
Trapé contrastó la apuesta de Silicon Valley por la AGI con el enfoque de China, centrado en robots, automatización industrial y economía real (Composición fotográfica)

Para Trapé, esa diferencia revela cómo las sociedades proyectan sus propias tradiciones culturales sobre el desarrollo tecnológico. “Hay quienes creen que justamente la creencia de Occidente por parte de llegar a esta frontera tiene que ver con este mito originario, que no está presente en una sociedad como China, que es confuciana, taoísta, que tiene otras características”, explicó.

La discusión llevó inevitablemente a una pregunta que excede el mundo tecnológico: qué lugar seguirá ocupando el ser humano en ámbitos tradicionalmente reservados para las personas, como la conducción política.

Fue entonces cuando Paula Guardia Bourdin planteó una reflexión provocadora. “Tal vez el mejor político es efectivamente un robot. Y también para mí el interrogante es si uno valora a un líder o un político por su gestión o por su condición humana”, señaló.

La pregunta resume uno de los grandes desafíos que plantea la inteligencia artificial: si los sistemas automatizados llegaran a tomar decisiones más eficientes que las humanas, ¿qué atributos seguirían diferenciando a las personas de las máquinas?

La discusión sobre inteligencia artificial también abrió el interrogante sobre el lugar del ser humano en la política si los sistemas automatizados toman decisiones más eficientes (Kenny Holston/The New York Times)
La discusión sobre inteligencia artificial también abrió el interrogante sobre el lugar del ser humano en la política si los sistemas automatizados toman decisiones más eficientes (Kenny Holston/The New York Times)

La dimensión ética y espiritual

La conversación también abordó el papel que distintas instituciones intentan desempeñar en este debate global. Entre ellas, el Vaticano. “A veces siento que no se termina de entender por qué el Vaticano es tan protagonista en esta conversación. Tiene que ver con que es una institución universal”, explicó Trapé.

Según sostuvo, el impacto potencial de la inteligencia artificial supera las fronteras nacionales y plantea interrogantes éticos que involucran a toda la humanidad, desde el trabajo y la educación hasta la política y la propia definición de lo humano.

Por eso, señaló, actores que tradicionalmente participaban en debates filosóficos o religiosos comenzaron a intervenir en una discusión que durante años parecía exclusiva de ingenieros y empresarios.

En un momento en el que la inteligencia artificial ocupa el centro de la conversación global, la pregunta ya no parece ser únicamente qué podrán hacer las máquinas, sino qué expectativas, temores y creencias proyecta sobre ellas la sociedad.

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