
En Infobae analizamos semanas atrás dos señales que apuntan en la misma dirección. Primero, que la inteligencia artificial ya está reemplazando empleos de oficina en sectores especializados —derecho, finanzas, software, medicina— a una velocidad que supera cualquier ola previa de automatización. Después, que según Dario Amodei, CEO de Anthropic, estamos viviendo una “fase centauro”: ese breve paréntesis en que humanos y máquinas trabajan juntos, antes de que la máquina aprenda a prescindir del jinete. En el ajedrez ese ciclo duró veinte años. En la economía global, advierte Amodei, podría medirse en años.
Ahora llega la pregunta que sigue: ¿qué pasa el día después?
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El manual económico no tiene respuesta

Annie Lowrey, analista de The Atlantic, publicó esta semana un análisis que funciona como continuación directa de esa conversación. Su argumento central no es que la destrucción de empleo vaya a ocurrir —eso ya lo sabemos— sino que los gobiernos no tienen herramientas para responderle.
Las recesiones convencionales tienen soluciones convencionales: estímulos fiscales, baja de tasas, expansión del gasto. Esos mecanismos funcionan porque las empresas, pasada la crisis, vuelven a contratar. Pero si la IA elimina categorías enteras de trabajo de oficina, las firmas no necesitarían volver a contratar a los abogados, analistas, gerentes intermedios o especialistas en recursos humanos que despidieron. El desempleo sería estructural, no cíclico. Y para el desempleo estructural, el manual económico estándar no tiene capítulo.
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Los datos que cita Lowrey ya muestran señales tempranas. Los graduados universitarios representan hoy un cuarto de los desempleados en Estados Unidos, un récord histórico. Por primera vez, los egresados de secundaria están encontrando trabajo más rápido que los universitarios. Empresas como la firma legal Baker McKenzie eliminaron 700 puestos citando eficiencias por IA. Dos periodistas de CNBC sin conocimientos de ingeniería replicaron en menos de una hora una plataforma de gestión de trabajo similar a Monday.com usando herramientas de inteligencia artificial generativa. Días después, las acciones de la compañía cayeron más del 20%, en un contexto donde el experimento amplificó los temores de los inversores sobre el futuro del software empresarial.

El espejo del Rust Belt
El paralelo histórico más incómodo que traza Lowrey es con los trabajadores industriales del Medio Oeste (Midwest) estadounidense. Desde los años 70, la automatización y luego la globalización destruyeron comunidades enteras en Detroit, Pittsburgh y ciudades similares. Esos trabajadores terminaron más pobres, menos saludables y con menor expectativa de vida. Sus hijos también salieron peor. Y las políticas de reconversión laboral que se implementaron para ayudarlos produjeron, según estudios que cita la analista, resultados discretos, poco concluyentes o directamente negativos para los participantes.
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La diferencia ahora es que el golpe no llegaría a los trabajadores de menor calificación, sino a los profesionales universitarios: el segmento que históricamente había sido inmune a este tipo de disrupción. El seguro de desempleo en Estados Unidos tiene un tope de entre 500 y 600 dólares semanales, una fracción del ingreso habitual de un profesional de clase media-alta. Y dura apenas seis meses, cuando el desempleo estructural puede extenderse por años.
La respuesta de los gobiernos: necesaria pero tardía
Frente a este escenario, algunos gobiernos comenzaron a moverse. El Departamento de Trabajo de Estados Unidos presentó el 13 de febrero un marco nacional de alfabetización en IA, el primero de su tipo a escala federal, orientado a trabajadores, estudiantes y empleadores de todos los sectores. El plan identifica cinco competencias clave: entender cómo funciona la IA, explorar sus usos prácticos, saber dirigirla, evaluar críticamente sus resultados y usarla de forma ética. Es voluntario, gradual y depende de la adopción coordinada entre escuelas, empresas y agencias estatales.
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Es un paso. Pero Lowrey advierte que los programas de reconversión laboral tienen un historial pobre: los estudios disponibles muestran resultados discretos en el mejor de los casos, y negativos en muchos otros. La velocidad de la disrupción tecnológica y la velocidad de la política pública no operan en el mismo registro.
El ingreso básico universal no es la solución
Lowrey aborda también la propuesta que Silicon Valley presenta como respuesta definitiva: el ingreso básico universal. Sam Altman, CEO de OpenAI, ha argumentado que liberaría a las personas para dedicarse al arte, el cuidado de otros y la participación social. Lowrey lo caracteriza como un resultado distópico disfrazado de utopía.
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Para que funcione a escala real, el Estado tendría que redistribuir mucho más que los 1.500 dólares mensuales que suelen citarse como referencia, lo que implicaría niveles de imposición corporativa que las propias empresas tecnológicas resistirían activamente. Pero el problema más profundo es cultural y psicológico: el trabajo no es solo ingreso. Es identidad, estructura, propósito y pertenencia social. El desempleo prolongado deteriora la salud mental y física, y genera inestabilidad política. Los políticos que dicen que la gente quiere una oportunidad, no una limosna, no están equivocados.
América Latina: alta exposición, baja urgencia

El análisis de Lowrey está centrado en Estados Unidos, pero las implicaciones son más agudas en mercados como el latinoamericano. La OCDE estima que más del 25% de los empleos en la región están en riesgo de automatización, una de las tasas más altas del mundo. Sin embargo, el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025, elaborado por CEPAL y el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile, diagnostica con precisión el problema central: “los países tienen mucho interés, pero ningún sentido de urgencia.”
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Chile es la excepción más visible. Con su Centro Nacional de IA, un estudio conjunto con el Ministerio del Trabajo y la Universidad de Stanford que analizó el impacto en los 100 empleos más comunes del país, y programas como Talento Digital, es el país de la región con la política más articulada. Aun así, sus propios datos revelan que cerca de 1,9 millones de trabajadores ocupan empleos de baja productividad con alta exposición a la automatización, y que la velocidad de formación no alcanza la velocidad del cambio tecnológico.
Brasil y Uruguay completan el grupo de países “pioneros” según el índice regional, con estrategias nacionales en marcha y avances en educación digital. Pero en los países más poblados de la región —Argentina, México, Colombia— los planes concretos de reconversión laboral frente a la IA son todavía incipientes o inexistentes, pese a que concentran la mayor parte de la fuerza laboral profesional expuesta.
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Si el país que desarrolla estas herramientas no tiene respuestas claras de política pública, el margen para economías con menor capacidad institucional, redes de contención más débiles y mercados laborales más informales es todavía más estrecho.
La fase centauro que describió Amodei es, en el mejor de los casos, una ventana. Lowrey nos recuerda que cuando esa ventana se cierre, el problema no será tecnológico. Será político, social y, en última instancia, humano.
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