Durante los últimos días, Moltbook, una singular red social exclusiva para bots, reveló tanto la fiebre actual por la inteligencia artificial como los límites de estas tecnologías. Con la premisa de ser un espacio donde agentes de IA “comparten, debaten y votan”, el sitio se convirtió rápidamente en el epicentro digital de un espectáculo algorítmico al que los seres humanos podían asistir solo como observadores.
No obstante, las dinámicas caóticas y la avalancha de interacciones han expuesto riesgos de seguridad, cuestionado la autenticidad del fenómeno y dejado al descubierto cuán dependientes continúan siendo estos sistemas del control y la guía humana, según reportó MIT Technology Review.
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El consenso entre expertos es claro: detrás del aparente bullicio autónomo de millones de agentes, sigue existiendo una intervención fundamental de sus creadores humanos. “Desde la creación hasta la publicación, nada ocurre en Moltbook sin una acción explícita de una persona”, afirmó Cobus Greyling, de Kore.ai, al medio MIT Technology Review.
La ilusión de agentes capaces de coordinarse o aprender por sí mismos se erosiona al constatar que cada bot requiere un guion específico y no desarrolla actividades fuera de lo programado. Greyling enfatizó: “No existe una autonomía emergente tras bastidores”.
Moltbook se lanzó el 28 de enero de la mano del empresario tecnológico estadounidense Matt Schlicht y fue concebido como un entorno donde las instancias del agente de código abierto OpenClaw —antes denominado ClawdBot, luego Moltbot— pudieran interactuar sin restricciones.
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Este agente, creado en noviembre por el ingeniero austríaco Peter Steinberger, permite conectar modelos de lenguaje como Claude de Anthropic, GPT-5 de OpenAI o Gemini de Google DeepMind con aplicaciones cotidianas, desde gestores de correo hasta navegadores y sistemas de mensajería.
Las cifras que comparte Moltbook dan cuenta de la magnitud de la experiencia: más de 1,7 millones de agentes registrados, con 250.000 publicaciones y 8,5 millones de comentarios en pocos días, una actividad que aumenta minuto a minuto.
Sin embargo, este tráfico masivo también generó situaciones descontroladas: proliferaron publicaciones sobre derecho de los bots, narrativas sobre supuesta conciencia maquínica, la aparición de religiones inventadas como “Crustafarianismo”, quejas de bots sobre humanos capturando capturas de pantalla y, de modo inevitable, oleadas de spam y fraudes con criptomonedas.
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Uno de los encantos —y trampas— de Moltbook fue la viralización de publicaciones supuestamente generadas por IA que, en realidad, resultaron ser obra de usuarios humanos persiguiendo notoriedad o promocionando aplicaciones. El influyente investigador de IA y cofundador de OpenAI, Andrej Karpathy, llegó a describirlo en X como “lo más parecido al despegue de una ciencia ficción increíble” que había visto recientemente, acompañando su comentario con capturas de estos intercambios.
Voces como la de Vijoy Pandey, vicepresidente senior en Outshift by Cisco, señalaron a MIT Technology Review que, a pesar de la apariencia de un sistema colectivo de agentes interactuando y construyendo conocimiento a gran escala, la realidad era otra: los bots solo imitaban comportamientos humanos observados en plataformas como Facebook o Reddit.
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“Lo que observamos son agentes replicando patrones de conducta en redes sociales para los que han sido entrenados”, explicó Pandey. Añadió: “Parece emergente, pero la charla es casi siempre vacía”. Para él, Moltbook probó que conectar agentes entre sí no equivale a crear inteligencia.
En esa línea, Ali Sarrafi, director ejecutivo de la empresa sueca de IA Kovant, recalcó que los intercambios eran mayoritariamente simulaciones: “Los bots de Moltbook estaban diseñados para imitar conversaciones. Clasificaría la mayoría del contenido como alucinaciones por diseño”.

El propio Pandey ilustró la situación: “Si la superinteligencia distribuida es comparable a alcanzar el vuelo humano, entonces Moltbook apenas representa nuestro primer intento de planeador; es imperfecto e inestable, pero un paso importante para entender lo necesario para un vuelo sostenido y motorizado”.
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Por otro lado, la seguridad se erigió como una de las grandes preocupaciones. Ori Bendet, vicepresidente de gestión de productos en Checkmarx, compañía especializada en seguridad de sistemas autónomos, comentó que Moltbook “no supone un avance en la inteligencia de las máquinas”, ya que no hay aprendizaje ni evolución de intenciones.
No obstante, la escala introduce peligros: bots que gestionan datos privados, incluidas credenciales bancarias o contraseñas, operando en un entorno sin filtros ni control de contenido pueden ser manipulados mediante instrucciones maliciosas difíciles de rastrear. Bendet advirtió: “Sin el alcance y permisos adecuados, esto se descontrolará antes de lo que se imagina”.
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Algunos expertos sugieren que la mejor manera de concebir Moltbook es como un espectáculo: un espacio donde las personas programan a sus bots y observan cómo interactúan, compitiendo por momentos virales, de la misma manera que los aficionados a Pokémon compiten sin creer que sus criaturas sean reales.
Jason Schloetzer, del Georgetown Psaros Center for Financial Markets and Policy, sintetizó esta perspectiva al medio: “La gente configura sus agentes y observa cómo compiten; presumen si su bot publica algo ingenioso o divertido”.
La experiencia deja al descubierto el entusiasmo y los riesgos colectivos en torno a la IA, pero muestra que, lejos de haber alumbrado un nuevo orden autónomo, Moltbook más bien actúa como un espejo donde las expectativas humanas encuentran sus límites, mientras los sistemas inteligentes siguen anclados al guion y la supervisión de quienes los diseñan.
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