
L.P vivía una vida sin sobresaltos en la capital de Córdoba, algo típico para un hombre de 81 años. Comerciante y miembro de una sociedad anónima dedicada al rubro de consultoría junto a un socio radicado en Ezeiza, se encontraba jubilado, con sus haberes pagos por el Banco Nación de acuerdo a sus registros. Ayer, L.P fue esposado frente a la puerta de su casa: la división Interpol de la Policía Federal que había recibido la orden para arrestarlo por la Justicia de Estados Unidos, que lo buscaba por un caso de extrema gravedad.
L.P había vivido en California con su familia. Allí, fue denunciado por un familiar directo por un abuso ocurrido, según confirmaron fuentes del caso, en la última década. La víctima fue una menor.
El acusado no tenía una circular roja internacional sobre su cabeza; el operativo fue realizado con estricta reserva. El pedido de detención, bajo la firma del Juzgado Federal N°1 de Córdoba a cargo de Ricardo Bustos Fierro, fue cursada por canales diplomáticos a través de Ministerios de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la Nación. Así, varias investigativas e intercambio de información se realizaron con el Servicio de Alguaciles de los Estados Unidos, el U.S Marshals Service.
Tras el arresto, el acusado fue trasladado a una cárcel de su provincia, a la espera del comienzo del proceso de extradición.
A comienzos de septiembre, la división Interpol de PFA realizó otra captura de trascendencia internacional. Ocurrió en un barrio de la periferia de San Miguel de Tucumán. La Justicia española buscaba al argentino Julián Ovejero uno de los crímenes más feroces de la historia ibérica reciente, el asesinato de Najuzaith Zahell Díaz, un ingeniero informático y artista portorriqueño de 34 años asesinado en febrero de 2018 en su departamento de la zona madrileña de Carabanchel.
La división local de Interpol comenzó a intercambiar información con la Unidad de Fugitivos de la Policía Nacional española. Así, descubrieron que Ovejero había ingresado al país a través de Bolivia, de forma clandestina. Ya en Argentina, había cubierto sus rastros relativamente bien a pesar de la circular roja que pesaba sobre su cabeza. Con 26 años, no tenía un empleo en blanco, pedidos para planes sociales, deudas bancarias o de tarjetas de crédito, ningún alta visible en el sistema que pudiera delatar su presencia. Sin embargo, no cambió su aspecto. Los policías que lo arrestaron lo notaron casi idéntico a su foto en ficha policial, solo que un poco mayor.
Su nueva pareja, que según investigadores no tiene ningún vínculo con el hecho, fue la pista que llevó a su captura.
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