
Hay que entender a la policía por lo que es. Hace mucho tiempo que no existe el reino de los comisarios sin ley. La creación del Ministerio de Seguridad de la Nación en la década pasada ordenó a las fuerzas federales a las que controla con una nueva cultura de mando. Quienes integran la Policía Federal, la Policía de Seguridad Aeroportuaria, Prefectura y Gendarmería entienden que sus verdaderos jefes son sus jefes políticos. Son estructuras más cohesivas, unificadas. Nunca osarían montar, por ejemplo, un paro unificado para plantear sus reclamos como el que la Policía Bonaerense le hizo a Sergio Berni y Axel Kiciloff en septiembre de 2020. Se mueven de otra forma porque el estilo es otro: prefieren guardarse sus opiniones.
De todas esas fuerzas, la Policía Federal es la más expuesta políticamente. Y durante el interregno de Sabina Frederic, la PFA mantuvo un cierto silencio. La salida de la ahora ex ministra y su reemplazo por Aníbal Fernández en el ajedrez político de conciliación estaba entre las apuestas del PRODE de comisarios y jerárquicos.
El núcleo duro de Sabina lo negaba a mediados de la semana. “Ninguna chance”, decían ante la consulta, hablaban de reuniones con el Presidente que supuestamente ratificaban el rumbo. A la medianoche del viernes, ese mismo núcleo duro anunció el corte de hacha, y Sabina lo confirmaba con un mensaje en su cuenta de Twitter. A la mañana siguiente, fuentes cercanas a su número 2, el secretario de Seguridad Eduardo Villalba, aseguraban que la renuncia de este último también sería presentada en el transcurso de los próximos días tras ser consensuada con Frederic misma.

Ahora, con Sabina ida, cambia el mapa. Lo cierto es que la Policía Federal en su radio interna tuvo profundas diferencias privadas con Frederic: los tics del progresismo académico no son los de los investigadores de delitos complejos acostumbrados a perseguir narcos, proxenetas, mafiosos y lavadores de dinero, un poco cansados de que los miren mal o los tengan a raya solo porque visten un uniforme. Lo mismo va para Gendarmería, que también hizo sentir su tensión con Frederic, particularmente por el control urbano de puntos como la Villa 1-11-14. Pero, en el fondo, el progresismo, algo a lo que Aníbal no está alineado, no es lo que les molesta. Se trata de otra cosa.
Aníbal, en cambio, es visto en gran parte con buenos ojos, el enroque parece prometedor. Ya había sido jefe de la PFA con el Ministerio de Interior y luego con el Ministerio de Justicia y Seguridad, hasta la división de carteras en 2010 con Nilda Garré, una gestión impopular entre los policías, no por diferencias políticas. “Caza de brujas”, recuerda un histórico. Los comisarios, subcomisarios y oficiales operativos, en parte, perciben a Aníbal como una suerte de garante de estabilidad. Néstor Vallecca duró seis años como jefe de la Federal bajo Fernández, la gestión más larga de la historia reciente.
Quiénes van a ser los nuevos jefes de la Federal es otra preocupación. El recambio de autoridades políticas casi siempre viene con la renuncia del número 1 y el número 2 de la Federal. Néstor Roncaglia y Mabel Franco lo hicieron al mes del fin de la gestión Bullrich. Juan Carlos Hernández, número 1, que llegó al cargo de la mano del presidente, no planea renunciar. Osvaldo Mato, número 2, espera a una reunión con Aníbal. Pero el nuevo ministro, según fuentes cercanas a la negociación, planea ratificar a los jefes, un gesto de continuidad, con un cambio estructural que puede ser casi identitario.
Muchos en la fuerza tras la separación de las 54 comisarías porteñas y al comienzo de la era Frederic hablaban de convertir a la PFA en el “FBI argentino”, volverse una fuerza dedicada a investigaciones complejas, a perseguir el narcotráfico. El término ciertamente volvió a la cabeza de Aníbal Fernández.

Durante la era Frederic, el “FBI argentino” no ocurrió. Los temas más calientes de la agenda delictiva, los que marcan la vanguardia del delito, que requieren planeamiento estratégico con funcionarios técnicos, eran vistos con cierto desinterés por el Ministerio de Seguridad, pese al auge de la mafia china que diversificó su canasta de extorsiones a supermercados a casinos clandestinos y secuestros, el movimiento global de drogas sintéticas o la amenaza en la triple frontera de bandas como el PCC, capaces de infiltrar penales y reclutar miembros. Las causas narco más interesantes se investigaron en la Policía de la Ciudad, con las detectives de la fuerza porteña que descubrieron el auge comercial de nuevas drogas como la cocaína rosa, que pasó de ser una rareza a formar parte del menú.
Así, en su cosa colectiva, la PFA se sintió relegada. En agosto de 2020, ante el auge del delito en el conurbano, Frederic ordenó crear la Fuerza de Respuesta Inmediata, donde la Federal y otras fuerzas a su cargo patrullaban la provincia, con una Policía Bonaerense de más de 100 mil efectivos. “Con todo respeto, no podés poner a un técnico que investiga mafias a patrullar la Provincia”, asegura un hombre de larga historia en la Federal. La pelea de la ex ministra con Sergio Berni fue vista como “una pavada que no suma”. Los reproches en privado no solo venían de la Federal, sino también de fiscales federales en puestos críticos, que se encontraban sin herramientas para investigar.

Con la mañana después, el off se enciende. Alguien muy arriba en la PFA afirma sobre la gestión Frederic y con pocas ganas de ser sutil: “Les quedó enorme el cargo. Se creyeron que estaban haciendo un posgrado. Estos muchachos chocaron la calesita. Y la calesita no se les prendió fuego de milagro”. La radio continúa con otro jugador de peso, que reconoce que la tropa sintió el relegamiento: “Es una antropóloga, llegó como antropóloga y se va así. No tenía idea de seguridad, no tenía gente capacitada alrededor. Faltaron recursos, la falta de dinero se siente cada vez más. Se te rompe una computadora o un patrullero y cagaste. Sin plata no podemos ser el FBI de nada”. “Se hizo mucho y se comunicó casi nada”, dice otro, preocupado por la imagen pública, algo que Néstor Roncaglia fue hábil en manejar.
Otro, más criollo, menos crítico, asegura: “Lo de Sabina es neutro. Es como que va a pasar a la historia sin pena ni gloria. Clásico caballo de estatua, no te caga, pero tampoco te lleva a ninguna parte”.
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