
Exprimir personas mayores fue la regla de la pandemia para los históricos delincuentes acostumbrados a la pistola en la sien, a robos a mano armada y a secuestros de alto riesgo. Ser un cuentero era mucho más lucrativo: botines inmediatos en dólares y penas más bajas si es que los capturaban. Todo esto sin herir a nadie y sin disparar un solo tiro. Hubo bandas sumamente lucrativas, especialistas en robar con mentiras el colchón verde de jubilados que creían oír la voz de sus hijos en el teléfono. Les decían que llegarían con empleados bancarios para cambiarles sus dólares ante un posible corralito, que la numeración en sus billetes podía caducar por órdenes desde Washington, todas fantasías.
Pero lo que oyó una mujer de 87 años en Recoleta el 11 de noviembre de 2020 en su línea fija fue quizás la peor mentira de todas.
La voz en el teléfono le dijo: “Soy Juan Carlos. Tenemos a tu hijo, le cortamos un dedo y está perdiendo mucha sangre. Queremos plata. Danos tu celular”.

Así, la mujer entregó su número. Poco después, un hombre pasó para llevarse el botín en plena calle: 100 mil dólares y una cadena de oro con una piedra amarilla. Luego, la extorsión continuó. Pidieron más dinero y la mujer lo tenía. Se dirigió a su caja de seguridad en una entidad de la calle Córdoba al 1600. De allí, retiró 120 mil dólares más y otras joyas. Poco antes de llegar al cruce de Córdoba y Rodríguez Peña, un hombre que vestía una remera azul y pantalón blanco la cruzó. “Vengo de parte de Juan Carlos”, le dijo, para llevarse el dinero.
Era el valor de un departamento de 3 ambientes en Palermo en mano además de una cantidad significativa de oro. Jamás tuvieron que disparar una bala. Tan solo mantuvieron el teatro y la sangre fría.
Esta semana, la Unidad Federal de Investigaciones Especiales de la Policía Federal detuvo a seis sospechosos por el robo, cuatro de ellos de la comunidad gitana, en una causa a cargo del Juzgado N° 59 de Mario Caunedo. Otro hombre fue detenido junto a ellos, un joyero, sospechado de ser el reducidor del oro.

Las cámaras de seguridad los hicieron caer, además de no cambiarse la ropa. Los mismos hombres que fueron vistos cerca del departamento de la mujer en la calle Posadas luego se encontraron cerca de la esquina de Córdoba y Rodríguez Peña, tras moverse en un Chevrolet Agile Rojo. Los impactos de celdas telefónicas llevaron a coincidencias en números. Así, les intervinieron el teléfono.
Con el tiempo, se identificó a los acusados y se establecieron los roles: Nicolás Christon, de Villa Lugano, fue acusado de ser el responsable de los llamados así como el jefe de la banda. Cristian Papadopulos también habría tomado parte en los llamados. Ricardo y José Ariel Papadopulos habrían actuado como cobradores. Las joyas habrían sido reducidas en un local de la calle Avellaneda al 2700. El joyero fue detenido: sus iniciales eran el nombre de su negocio.
También, hay un jugador un tanto más oscuro en la trama: Cristian González, un policía de la Ciudad con rango de principal que habría oficiado de custodia de los sospechosos en el traslado de las joyas. González también fue detenido, según confirmaron fuentes policiales a Infobae, su casa también fue allanada.
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