
Cuando me llamó la primera vez desde la cárcel, su timidez, su voz suave y su cordialidad, no encajaban para nada con el temible violador serial que había sido bautizado como el Chacal de Núñez.
-Soy Claudio Álvarez, y quiero que me hagas una nota porque soy inocente.
El 3 de diciembre de 2005, Álvarez violó y mató a Elsa Escobar en una casa de Núñez. Esa noche también abusó de la hija de la víctima, de 13 años. Estaba casado con una joven que lo había conocido cuando él estaba preso en Devoto, donde concibieron un hijo durante una visita íntima.
El 3 de noviembre de 2006 lo condenaron a perpetua por el femicidio y por otras cuatro violaciones.
Cuando leí el expediente no pude seguir. Los detalles de los hechos me quebraron. Lo mismo le pasó al abogado que me había mostrado la causa. Estuve a punto de decirle a mi editor que no podía escribir sobre el horror que anidaba en esa historia. Lo tuve que hacer. Los periodistas que hacemos policiales somos tildados de fríos, como los funerarios. Recuerdo a un viejo jefe de policiales que lamentaba los días que no había robos o crímenes porque no podía llenar las páginas del diario.
Entrevisté a decenas de ladrones y asesinos, cubrí decenas de casos, pero nunca a violadores. Muchas veces me replanteé dejar de hablar con asesinos. En un medio para el que trabajé, un abogado me acusó de apología del delito. Y muchos lectores me pidieron que contara historias de héroes y no de villanos.
En mi búsqueda siempre traté de mostrar el otro lado del que mata o roba. Ni juzgarlos ni enaltecerlos. Al principio era como una aventura entrar a una cárcel a escuchar esos relatos violentos. Pero con el tiempo fue un peso con el que cargué. Y no hablo de moral ni de ser políticamente correcto.
Pero el quiebre me ocurrió cuando hablé con Alicia Betti, la viuda de Emilio Naum, una de las víctimas del clan liderado por Arquímedes Puccio. Habían pasado más de treinta años de los secuestros y asesinatos, y su dolor seguía intacto. Me mostró las fotos de Naum junto a ella. Los dos sonrientes. Y en un momento no pudo seguir hablando. En ese instante sentí culpa y cierto arrepentimiento. Había comido un asado con Puccio durante la nota que me dio. En una imagen que registró el fotoperiodista Nacho Sánchez el siniestro Arquímedes y yo nos reíamos como amigos.

Los familiares de las víctimas del asesino no me juzgaron. Hasta entendieron que el testimonio de Puccio era valioso para ellos.
Es por eso que el llamado de Álvarez -supongo que mi teléfono se lo pasó algún otro detenido- me dejó sin reacción.
Mi pareja de entonces se enteró de esa llamada y me dijo que no podía creer cómo podía hablar con ese “monstruo”.
“Soy inocente. Necesito que me hagas una nota. No hice nada. Jamás le haría algo a una mujer”, dijo en la primera comunicación. Le dije que el ADN lo involucraba, además de testigos. Hablar con Álvarez era hablar con el asesino y violador que había causado lo que leí en ese expediente que me afectó tanto.
Cuando volvió a llamar, le dije que no pensaba entrevistarlo. Y le corté. No volvió a llamar.
Después supe que en la cárcel conoció a una chica por chat telefónico y se puso de novio. Más allá de que las pruebas contra él eran contundentes, ella dijo que creía en su inocencia. “Es tierno y me protege”, llegó a decir. Al final se separaron pero no por las atrocidades que cometió el asesino, sino porque descubrió que la engañaba con otras mujeres. “Es un psicópata perverso que gozaba con el sufrimiento ajeno”, dijo Claudio Mazaira, abogado de una de las víctimas.
Álvarez sigue preso y no la pasa bien.
Cuando lo vieron llegar al penal de Rawson, los presos ya sabían todo sobre él.
Sabían que violaba como un pasatiempo. Y que mataba por placer. Y no ignoraban que acostumbraba a hacer una lista de mujeres a las que pensaba atacar.
Mientras caminaba por el pasillo de la cárcel, y sus futuros compañeros lo miraban con furia, Álvarez no sabía que en un pabellón habían armado una lista como las que hacía él. La diferencia era que los que se anotaban tenían un objetivo fijo: hacerle lo mismo que él les hacía a las víctimas.
“Le hicieron la vida imposible. Limpiar los inodoros con la lengua y otras cosas que no se pueden decir porque es todo muy morboso”, revela un ladrón de bancos que estuvo detenido en la misma cárcel que Álvarez.
El abogado del violador serial, Luis María Llaneza, lo confirma: “En la cárcel la pasó muy mal”.
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