
Federico Julio López y su compañero, policías de la Superintendencia de Drogas Peligrosas de la PFA, se entreveraron ayer encubiertos en un caminito a la vera del río Matanza, en el borde peligroso del Barrio Fátima de González Catán, donde no parece haber ningún borde a salvo. La UFI temática de drogas de La Matanza les había enviado un oficio a comienzos de este mes, para entrar en el territorio e investigarlo. Federico y su compañero llegaron a bordo de un Chevrolet Corsa gris al asentamiento de casas bajas, rodeado de vegetación.
Los policías de la Federal sabían los riesgos de su capacha, su vigilancia encubierta: en abril de 2017, Alan Maximiliano Dolz, también parte de Drogas Peligrosas, fue acribillado en la Villa Loyola de San Martín cuando un grupo de hampones le olió el disfraz. Los fiscales acostumbrados a investigar el Barrio Fátima cuentan al menos un homicidio por mes o más, motivados por ajustes de cuentas de las guerras entre pequeñas facciones. Dicen que no hay un capo en el territorio, un líder, solo cowboys del paco bonaerense, paraguayos principalmente, disparándose entre sí.
Para Federico y su compañero, las balas llegaron desde un puente cercano. Un grupo de hombres les gritó, como si fueran policías ellos mismos, arma en mano y comenzaron a tirar. El compañero salió ileso: Federico recibió un impacto de lleno en el cráneo. Fue trasladado de urgencia al hospital Churruca poco después. Sigue allí, en estado crítico tras ser operado, confirman fuentes policiales.

A lo largo de la noche, la UFI N°9 de La Matanza con la fiscal Andrea Palin comenzó una serie de allanamientos de urgencia con diversas fuerzas policiales. Dos hombres fueron aprehendidos. Es, en todo caso, una escena repetida en el barrio de la historia reciente. Fuentes judiciales en La Matanza hablan de una redada por mes en el Fátima, de delincuentes que usan roldanas y botes para escapar hacia Ezeiza entre los árboles, un truco repetido por los narcos paraguayos del municipio.
Hubo jefes, pequeños señores en el Fátima que cayeron con el tiempo. Reynaldo, oriundo de Paraguay, que tenía el hábito de amenazar a sus vecinos, fue perseguido con un drone y arrestado a mediados de 2016. Le encontraron un poco de marihuana, también cocaína y pasta base.
Después, vino otro, apodado Ajuka, también oriundo de Paraguay, el nombre de un personaje de animé que como los viejos pandilleros de la New York de los años 70 llevaba su nombre y su insignia en la espalda de su chaleco, un cráneo maléfico fumándose un porro pintado con aerosol. Cayó en febrero de 2017 tras una investigación del fiscal Marcos Borghi. El Grupo Halcón de la Bonaerense, irónicamente, lo sorprendió en bote por el río Matanza.

La banda de Ajuka se dedicaba al menudeo a gran escala, también se jactaba de masacrar a integrantes de organizaciones rivales. Su negocio se especializaba en paco, aunque también comerciaba con cocaína y marihuana: sus negocios llegaban más allá del Fátima, con kioskos abiertos las 24 horas y dealers en turnos rotativos. La redada de la Bonaerense que lo llevó a la cárcel incluyó 18 allanamientos que terminaron con 15 detenidos, entre ellos Ajuka mismo, y la incautación de 18 mil dosis de paco listas para vender.
Con los chalecos detectaron una curiosidad: habían sido confeccionados por la misma banda. “Metían una chapa y la cosían. Estaban muy bien hechos”, comentó uno de los investigadores. También secuestraron unos stencils con los que marcaban la ropa con su propio logo: una calavera.
Los agentes también hallaron un fusil 223, seis pistolas 9 milímetros, dos escopetas (una 12/70 y otra del 16), un pistolón, un rifle de aire comprimido, municiones de diferentes tamaños, tres handys, dinero y teléfonos celulares.
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