
(Enviado especial a Villa Gesell) Una tarde de la última semana, solo en la habitación del hotel del sindicato de Luz y Fuerza al que se mudó en Villa Gesell, José María Ventura, empleado de la Cooperativa Eléctrica de Zárate desde hace 36 años, vio un graph en un canal de noticias que de la bronca le hizo arrancarse de un tirón un pedazo de la única bermuda que tenía:
“Ventura asesino”, decía la televisión, refiriéndose a su hijo Pablo.
No tenía otra ropa, tras haberse ido rápido de Zárate para seguir a su hijo detenido. Con la bermuda rasgada junto a su remera gris con vivos flúo y las zapatillas deportivas sin medias fue como se lo vio durante cuatro días tras llegar a Gesell para golpear las puertas de la DDI para intentar saber de su hijo y hablar con la prensa, la misma ropa que vestía el sábado 18 cuando tres policías llegaron a su casa en calle Hipólito Irigoyen y lo despertaron de la siesta, preguntando por su hijo.
“Lo primero que hicieron fue decirle: ‘Sin pensar, decime si estuviste en Villa Gesell’, y él respondió que no”, le aseguraba José María a Infobae sobre las primeras palabras de los policías de la DDI de Zárate-Campana que ese día llegaron a su casa y que más tarde admitirían que tenían la orden de voltear la puerta si nadie les contestaba. Fue el comienzo de una pesadilla ajena para los Ventura, en la que quedaron atrapados y de la que recién hoy pudieron empezar a despertarse.
Esa noche a Pablo Ventura se lo llevaron esposado en un móvil policial a la DDI de Villa Gesell. En el camino se enteró de que un grupo de rugbiers de Zárate estaban acusados de matar a golpes a Fernando Báez Sosa, de 19 años, y que habían dado su nombre, lo habían ubicado en el lugar del hecho. Detrás José María siguió al patrullero de cerca hasta que reventó un neumático de su Peugeot blanco y le perdió el rastro. “Casi me mato”, admite. Tardaría varias horas en saber a dónde se habían llevado a su hijo. Luego de cuatro días sería liberado por falta de mérito, luego de que José María y su abogado presentaran prueba tras prueba, de que se enteraran de que los rugbiers lo habían implicado falsamente.
Diez días más tarde, Jorge y Pablo terminan su desayuno en el Hotel de Luz y Fuerza de Gesell. Parados en el deck del complejo miran el mar y un cielo que se recorta recién en el horizonte. Se permiten sonreír, hablar de otras cosas. Ambos esperan a que suene el celular y les avisen que tienen que presentarse en la Secretaría de Seguridad en 139 casi Ruta 11, a la cuarta y última rueda de reconocimiento.
Es el último día. Después podrán volver finalmente a Zárate, a ver a Marisa, la madre de Pablo, que espera ahí.

“Yo todavía no caí, sinceramente, todavía no pude derramar una lágrima. Recién una señora pasó y me dijo que ojalá yo hubiera sido su papá, de esas cosas nos pasaron no cientos, miles. Que una persona que está veraneando se acerque a decirte esto, te mueve el piso”, le contó José a Infobae. Solo piensa en volver a casa.
Pudo cambiarse. José ya tiene ropa nueva, recién comprada. Una chomba oscura con detalles en azul, una bermuda violeta. Quedaron atrás los cuatro días de los que, confiesa, no durmió tres, en los que comió apenas un plato de queso y tres latas de gaseosa, que no se afeitó, qué pasó de fumar tres cigarrillos diarios a dos atados por día. “Me daba vergüenza salir en televisión, pero cuando pensaba en comprarme ropa alguien me llamaba y yo me iba a otro lado, porque tenía que defender a mi hijo”, explica.
“Yo en todo momento supe que él me iba a apoyar y que iba a ir solo contra el mundo si tenía que hacerlo”, dice Pablo, que a pesar de no tener contacto sabía que del otro lado de todos los muros que le tocó atravesar, estaba su papá. La charla con Infobae la interrumpe una pareja de turistas que quieren saludarlos, darles un abrazo, pedirles una foto, movilizados por un caso que todavía conmociona al país.

“Somos tristemente célebres, la verdad es esa”, dice José, sobre las circunstancias que los llevaron a que en la calle los reconozcan, se les acerquen, le digan a Pablo que es “el hijo de 44 millones de argentinos”. Y agrega: “Queda lo de Fernando y su familia, que se haga justicia”. Ventura padre sintió la necesidad el sábado pasado de enviarle un mensaje a Silvino Báez, el papá de Fernando, y decirle que “su dolor es el nuestro”, de acompañarlo.
Pocos minutos antes de las 14 de este martes el Peugeot blanco de los Ventura salió de la Secretaría de Seguridad tras la última de las cuatro ruedas en las que nadie reconoció a Pablo. Tomaron la ruta en dirección a Zárate, pensando en una cena con familia y amigos. Sobre los que lo acusaron dice que no siente nada, ni siquiera enojo, porque según él no los conoce. “Ahora pienso en recuperar mi vida”, admite.
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