(Comisión Provincial por la Memoria)
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"Nosotros empezamos a sacar a los chicos, se rompe la puerta del fondo y nosotros empezamos a sacarlos. Mirá, eso es algo que no se puede olvidar nunca porque uno por ahí fue malo, por decirlo de alguna manera, o perdón por la palabra, fue un hijo de puta en el pasado, pero que se te quede pegada en tu mano la piel de otras personas es fuerte, es fuerte, es fuerte". Más de doce años después, a Gerardo Carrizo Coronel le quema la voz cuando cuenta los hechos de la noche del 15 al 16 de octubre de 2005 en la cárcel de Magdalena.

Carrizo Coronel tenía entonces 25 años. Nunca recuperó la libertad. Cada noche debe sortear la pesadilla del olor de los quemados, de los gritos de los moribundos. Pese a seguir preso no quiso callar su verdad y habló con Infobae desde la Unidad 9 de La Plata.

Aquella noche un incendio arrasó con el Pabellón 16 de la Unidad Penitenciaria N° 28 y se llevó la vida de 33 detenidos que quedaron encerrados con candados para que se los comieran las llamas. Al día siguiente, las declaraciones oficiales hablaron de motín, pero los testimonios escuchados en el juicio que comenzó a desarrollarse en agosto pasado hablan de otra cosa. Hablan de incendio, de encierro, de abandono de personas, de homicidios y no de trágicas muertes accidentales.

Doce años más tarde las condiciones de vida en la cárcel cambiaron, pero para peor. Un informe que dio a conocer hace unos días la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) da cuenta de que, en el tiempo transcurrido desde entonces, la población del penal de la UP 28 prácticamente se duplicó al pasar de 592 a 1195 reclusos que viven hacinados, cuando antes y ahora, según datos del propio Ministerio de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, el cupo máximo que podía contener era de 358 reclusos. Ya en 2008, a tres años de la masacre, el "Plan Edilicio y de Servicios" de ese ministerio reconocía que "con el problema siempre emergente de superpoblación carcelaria, debió duplicarse la cantidad de internos por celda".

Infobae dialogó con Juan José Baric, subsecretario de Políticas Penitenciarias de la provincia de Buenos Aires, quien dio da una cifra similar a la brindada por la CPM en su informe. Confirmó que en la U28 hay 1185 detenidos, cifra que puede variar cada semana por ingresos, traslados o egresos. En cambio, brindó un dato distinto al del "Plan Edilicio y de Servicios" elaborado en 2008 por el Ministerio de Justicia: la capacidad de la U28 no es de 358 reclusos sino de 760. "Magdalena era una prisión militar que pasó al sistema penitenciario provincial. Cuando era prisión militar tenía 358 plazas, con las ampliaciones se llega a 760". De todos modos, Baric reconoció a Infobae que hay superpoblación en la U28 y que eso no está nada bien. Aclaró también que esa superpoblación es en la misma proporción que el total provincial. "El SPB tiene capacidad para 28 mil presos y tenemos 38 mil", dijo.

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Una pelea, represión e incendio

Para reconstruir los hechos de aquella noche, Infobae entrevistó a Carrizo Coronel y a otras dos personas que estaban detenidas en ese momento en el penal y que, aunque brindaron testimonio en el juicio, prefirieron mantener el anonimato en esta nota. Hoy los tres siguen presos en otras cárceles. También accedió a las declaraciones de otros detenidos –a quienes se identificará por sus nombres y la inicial de sus apellidos– al comité investigador de la CPM.

El 15 de octubre de 2005 cayó domingo y al día siguiente había visita. Dos días antes, el Comité contra la tortura de la CPM había realizado una visita de inspección y recogido las denuncias de varios detenidos. El clima no era el mejor cuando, poco antes de las 11 de la noche, se desató una pelea entre dos internos del Pabellón 16. Poco después, la guardia armada entró a reprimir. "El sábado a la noche mientras me preparaba para la visita, veo que se produce una discusión entre dos detenidos, se pelean. El oficial de guardia observa esto y llama a la guardia armada, estos vienen a reprimir directamente sin mediar con los chicos. Tiran muchísimos disparos", cuenta Daniel C., sobreviviente Pabellón 16.

De acuerdo con varios testimonios, el fuego empezó poco después, cuando algunos presos empezaron a quemar colchones. "Esa noche estaba acostado y me despierta un compañero. Me levanto. El encargado llama, era solo una pelea a golpes y entonces vienen los agentes, ingresan muchos, como hormigas. Entran tirando. Intento decirles que no era nada, solo una discusión", coincide Gustavo C., también alojado aquella noche fatídica en el Pabellón 16.

Según otros presos la pelea no fue tan simple y ya había un muerto cuando entró la guardia armada. "Nosotros escuchamos los escopetazos, porque cuando reprimen, reprimen con balas de goma. No sé cuántos escopetazos, muchos escopetazos. Al rato se prende fuego. En realidad el fuego comienza porque los pibes no querían que entraran porque en una pelea anterior, un momento antes del incendio, habían peleado y a un pibe lo habían matado. Lo mataron y ¿qué hicieron?, prendieron fuego para decir que se murió calcinado. En realidad ese fue el motivo principal porque prendieron fuego", relata a Infobae, con la condición de mantener en reserva su nombre, un detenido del Pabellón 15, separado apenas por una pared del 16, donde se inició el incendio.

(Comisión Provincial por la Memoria)
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Atrapados en una ratonera

Aunque con diferentes matices, todos los testimonios recogidos para este artículo coinciden en que el fuego lo inició un pequeño grupo de detenidos. La gran pregunta, formulada por ellos y por los investigadores es por qué los penitenciarios convirtieron un incendio intencional en una ratonera que costó 33 vidas.

Mientras el fuego se propagaba por el Pabellón 16, en el 15, que comparte el mismo edificio de techo a dos aguas, separado por una pared de bloques de cemento, el humo que se filtraba por la unión de los bloques hizo entrar en pánico a los detenidos. "Entonces, por las hendijas empezó a filtrar todo el humo. La consecuencia fue que nos salvamos de milagro de morir asfixiados", recuerda Carrizo Coronel y agrega: "Nos abrieron la puerta del fondo y cuando salimos nos hicieron tirar al piso". Minutos antes, los guardias habían permitido salir a un grupo de presos del Pabellón 16. Sin embargo, cuando aún había más de treinta en el interior, cerraron las rejas con candado y se alejaron.

"Cuando me sacan, el encargado cierra la puerta, lo veo, escucho el ruido del candado y los gritos de los pibes encerrados", recuerda Matías G, sobreviviente del Pabellón 16.

"Les decíamos a los agentes que abrieran la puerta y los agentes respondían que nos quedáramos tranquilos, que iban a abrir la puerta de atrás". Sin embargo, Matías G recuerda que los gritos eran cada vez más ensordecedores. La cruda realidad es que nadie abrió la puerta. A esa altura, las decisiones de la cárcel no las tomaban los agentes de turno. El tribunal tendrá que certificar que, para entonces, altos jefes penitenciarios tenían el control de la situación.

A los presos del Pabellón 15 que lograron salir de ese verdadero horno crematorio los dejaron en el patio contiguo, mientras los penitenciarios se retiraban. Hubo un oficial con una conducta que los presos rescatan como valiente. Se trató del jefe de la guardia armada, de apellido Núñez. A riesgo de sus vidas, Núñez y algunos detenidos intentaron rescatar a los que estaban encerrados. "Núñez ayudó muchísimo, incluso algunos presos le pegaron y le sacaron la escopeta… Yo lo vi a eso. Yo no participé, pero lo vi. Los otros del servicio salen corriendo, entonces queda solo Núñez, que salta por arriba del techo con un compañero nuestro y empiezan a romper las ventanas del pabellón 15. Ya era poco lo que podían hacer. Los del Servicio hicieron abandono de persona", dice Carrizo Coronel, que en estos años estudió Derecho y espera dar su última materia para recibirse.

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"No fue un motín"

Las declaraciones oficiales del día siguiente intentaron instalar la versión del motín. Sin embargo, los testimonios recogidos no solo entre los presos sino también entre los bomberos de Magdalena indican que el personal penitenciario no solo no prestó ayuda sino que retrocedió hasta el cerco perimetral de la cárcel y desde ahí reprimió a quienes intentaron, en vano, salvar vidas. Lo que sí lograron los presos que dieron ayuda fue abrir las puertas del resto de los pabellones y así poner a salvo a quienes estaban fuera del pabellón 15.

Cuatro días después del incendio, entrevistados en conjunto por integrantes de la CPM, los sobrevivientes del Pabellón 15 dieron su versión: "Que en determinado momento los internos se levantan para socorrer a los detenidos. Que la mayoría decide ayudar a los detenidos que se estaban quemando y el único guardia cárcel que ayuda es Núñez que hoy está internado, que saben se cayó cuando caminaba por el techo porque se enganchó con el alambre de púa". En ese testimonio, los detenidos niegan que Núñez hubiera sido agredido.

Los testimonios agregan que le pidieron a un oficial de apellido Montoya que les diera una maza o algo contundente para romper los candados y este oficial se negó. Asimismo, relatan que al subir al techo del Pabellón 16 para intentar algo, "los guardia cárceles apostados en el muro perimetral comenzaron a dispararles. Que en este acto muestran un cartucho vacío y varios perdigones. Que varios pibes son baleados por los disparos cuando querían pasar al otro pabellón. Que la Policía se va para delante de los Pabellones y los internos saltan al patio del Pabellón 16 y empiezan a romper la pared de las partes de las ventanas para sacar internos", dice el acta de esa entrevista.

"Nosotros fuimos los primeros que nos desengomó el servicio, entonces nosotros queríamos entrar y el mismo calor, vapor, parecía un horno el pabellón, no nos permitía entrar. Corrimos a los otros pabellones y empezamos a pedir frazadas y a mojarlas para tratar de ingresar al pabellón incendiado. Nos pidieron que les abrieran las puertas, pero ninguno se quiso escapar sino que vinieron a ayudar. En una hora estaba todo el penal afuera. Algunos nos subimos al techo para tratar de decirle al Servicio que no era un motín", coincide el relato que Carrizo Coronel le hizo a Infobae. Y dice que las pruebas estaban a la vista: entre los presos no hubo otros muertos o heridos que los causados por el incendio y nadie se fugó.

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Los matafuegos no funcionaban

Los testimonios sobre el tiempo que tardaron en poner en marcha un sistema de salvataje resultan estremecedores: "Los bomberos llegan casi una hora y media o dos horas después. Las bocas de incendio no funcionaron y tampoco los matafuegos. Apretabas y no salía nada. Luego que sacamos los cuerpos de los pibes, los penitenciarios entregan el penal".

El relato se refiere a que dejaron la cárcel en manos de los presos, con la idea de que habría una batalla campal entre ellos y de esa manera se diluyera el crimen consumado.

"Abren los candados de máxima tratando de que peleemos. Nadie se prende, todos ayudan a los pibes. Pedimos que baje la televisión (NdeR: acceso de periodistas) para explicar todo lo que pasó allí. Los agentes no participaron del rescate. A un interno tirado en el suelo al lado mío, al intentar levantarse para ayudar le tiran con bala de goma a muy corta distancia", dice Leonardo S., otro recluso.

Los Bomberos voluntarios de Magdalena llegaron alrededor de las doce y media de la noche. Según la versión del Servicio Penitenciario Bonaerense, los internos amotinados intentaron agredirlos, pero las declaraciones de los bomberos en la causa penal permiten establecer todo lo contrario.

"En las adyacencias del Pabellón siniestrado y del móvil de bomberos había varios internos. Nos pedían agua y máscaras para entrar ellos. El personal de bomberos no evacuó cuerpos ni heridos del interior del Pabellón, tampoco vi personal penitenciario participando del rescate, eso lo hicieron los reclusos", declaró el bombero Daniel Alfredo Sánchez. "No vi ninguna actitud hostil de parte de los internos; sí mucha excitación", coincidió Rogelio Cordal, jefe de los bomberos.

Los peritajes confirmaron que el fuego había sido iniciado con colchones, que no eran ignífugos. En ese sentido, la realidad 12 años después no es muy diferente. El subsecretario Baric explicó a Infobae que en octubre de 2016 se llamó a licitación para la compra de colchones apropiados y la empresa que ganó la licitación los empezó a proveer en diciembre. Al momento de la entrega de los primeros colchones, tomaron uno al azar y le acercaron fuego. Se incendió de inmediato. Un bochorno. Sacaron a la empresa del registro de proveedores de la provincia y le dieron el contrato a la que había salido segunda. Comenzó la provisión pero con un flujo muy lento.

Amenazas y represalias

Pasados 12 años, Gerardo Carrizo Coronel declaró en el juicio que se desarrolla en el Tribunal Oral en lo Criminal 5 de La Plata, integrado por los jueces Isabel Martiarena, Carmen Palacios Arias y Ezequiel Medrano. Sostuvo lo mismo que había relatado a la comisión investigadora no bien sucedieron los hechos.

Hay 17 penitenciarios imputados; dos de ellos por homicidio agravado y 15 por abandono de persona seguido de muerte. Diez siguen en actividad, dos pidieron retiros voluntarios; Cristian Núñez, el hombre que intentó salvar a los reclusos, se retiró por incapacidad, y solo dos están en disponibilidad preventiva. Todos esperan en libertad la sentencia que se conocerá luego de la feria judicial de enero.

"Fue negligencia del Servicio Penitenciario, fue abandono de persona, porque no les podían haber cerrado las rejas. No sabés la imagen que nos quedó al entrar, después de que se fue todo el servicio, al entrar nosotros por la puerta del frente del pabellón, ver a chicos muertos, que habían muerto así, agarrados a la reja. Eso no me lo voy a poder olvidar nunca", dice y la voz le vuelve a temblar.

Carrizo Coronel afirma que durante estos 12 años sufrió amenazas, traslados y represalias. Desde el primer día. "El incendio fue un sábado y nos llevaron a declarar lunes y martes. Lo hicimos ante la jefatura del Servicio Penitenciario y nos advirtieron que no debíamos declarar, que nos iba a traer consecuencias en el futuro, que no nos íbamos a ir, que no nos olvidemos que nosotros también somos personas y que así como podemos vivir podemos morir. Nos amenazó bien clarito", cuenta a Infobae.

Después de la masacre, los sobrevivientes del Pabellón 16 y algunos testigos de los pabellones vecinos fueron rápidamente trasladados a otras unidades de la provincia. Esta dispersión impedía tomar medidas efectivas para garantizar la integridad física de los testigos, los volvía más vulnerables a las presiones o amenazas del SPB y complicaba el accionar de los agentes fiscales que intervenían en la causa penal. A los pocos días los internos del pabellón 15 estaban dispersos en 15 unidades carcelarias y comisarías. Los internos del pabellón 17 fueron repartidos en 14 cáceles, comisarías y uno de ellos quedó a disposición del Servicio Penitenciario Federal. Los internos sobrevivientes del pabellón 16 fueron alojados en 8 cárceles diferentes.

Desde entonces, Carrizo Coronel deambuló por diferentes penales hasta su último traslado, la Unidad 9, en las afueras de La Plata, donde todavía permanece. No solo sufrió esos traslados que considera arbitrarios sino que también se le niegan sistemáticamente las salidas transitorias –a las que por el tiempo cumplido de su condena ya podría acceder– debido a los informes negativos del Servicio Penitenciario Bonaerense. Dice que no es el único, que hay muchos otros que declararon en el juicio que están en sus mismas condiciones. "Soy testigo en la causa desde el primer momento, y las consecuencias todavía las estoy pagando. Llevo trece años detenido y estoy estudiando. Hice la primaria, la secundaria, me falta una materia para recibirme de abogado. Y hoy por hoy me niegan todo, me niegan un régimen abierto, me niegan una salida transitoria", cuenta.

También siente que los han dejado solos. "Nosotros no tenemos un acompañamiento, un control con respecto a las cosas que vivimos", cuenta. "Está bien, yo no pido que nadie dé la cara por mí porque yo, también lo reconozco, en su momento fui un hijo de puta. Sí, y lo sé, hice muchas cosas malas y hoy pago esa condena. Pero también tengo claro que lo que estoy sufriendo, como muchos otros presos que estuvimos en la Unidad 28 ese 16 de octubre, es una venganza por animarnos a contar la verdad".