
En casi todas las fotos de su extensa carrera (por no exagerar diciendo que en todas), Sandro aparecía con un cigarrillo encendido en su mano. Es verdad que, allá por los años ‘60 y ‘70, cuando su nombre explotó en los medios de toda América, se veía al hombre que fumaba con un tipo interesante y seductor. O, al menos, eso reflejaban las publicidades de la época. Y él era, sin lugar a dudas, un tipo interesante y seductor.
Por suerte, con el correr de las décadas, esa moda nefasta fue dejada de lado. Y las nuevas generaciones pudieron comprender, perfectamente, cuáles son los daños que provoca el tabaco en la salud. Sin embargo, para cuando todo esto se hizo público, ya era tarde para el ídolo que tuvo que pasar gran parte de su existencia sufriendo las consecuencias de un enfisema pulmonar. Y que, incluso, lo obligó a tener que recurrir al suministro de oxígeno para poder cantar y seguir recibiendo el amor de sus “nenas”, que jamás lo abandonaron.
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Roberto Sánchez, el hombre detrás del personaje, ese que escondía su intimidad tras las paredes de su búnker de Banfield, murió el 4 de enero de 2010 alrededor de las 20:40 hs. La noticia, rápidamente, llegó a las redacciones de los noticieros, los diarios y las revistas de la época, tanto nacionales como internacionales. Y fue un shock. Tenía para entonces 64 años. El 20 de noviembre del año anterior, después de ocho meses de internación, había recibido un trasplante de corazón y pulmones en el Hospital Italiano de la ciudad de Mendoza. Pero, aunque en un principio su evolución había sido favorable, después tuvo algunas complicaciones. Y terminó muriendo a raíz de una sepsis generalizada, luego de haber afrontado cinco intervenciones quirúrgicas más.

No estaba solo. A su lado, Roberto tenía a Olga Garaventa, su última esposa, la mujer que había elegido para transitar los últimos años de su vida. Muchos fueron los romances, oficiales y no, que se le adjudicaron durante sus años de juventud. Se habló de Soledad Silveyra, con quien encabezó Quiero llenarme de ti (1969) y Gitano (1970), de la mexicana Irán Eory, con quien hizo Muchacho (1970), de Cristina Alberó, con quien protagonizó Destino de un capricho (1972) y hasta de Susana Giménez, su compañera en Tu me enloqueces (1976). También se lo vinculó con la animadora Vicky Amaya, la fotógrafa Olga Massa, la condesa María Carmille Borgogne Di Parma o la Miss Argentina Yoli Scurffi, quien dijo ser la destinataria del tema Una muchacha y una guitarra. Pero él solo reconoció unas pocas historias, que se pueden contabilizar con los dedos de una mano.
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Una de sus primeras parejas fue Julia Adela Visciani, con quien estuvo entre 1969 y 1982. En tanto, ese mismo año los paparazzis lo descubrieron con María del Pilar García, conocida por todos como Tita Russ, quien fuera ex esposa de Alberto Olmedo, pero el romance duró solo unos meses. Por su parte, en determinado momento María Martha Serra Lima reconoció haber sido la amante secreta del Gitano y dijo haber sido la destinataria del tema Cosas de la vida. Hasta que llegó María Elena Fresta, la encargada de cuidar a Nina, la madre del cantante, quien sufría de artritis reumatoidea y falleció en 1992. Con esta última, vivió una relación profunda que durante mucho tiempo se mantuvo oculta y que, finalmente, terminó saliendo a la luz.
Sin embargo, a través de su representante, Aldo Aresi, en su adultez, Sandro conoció a su último gran amor. Olga era la sobrina y la secretaria del mánager. Durante un tiempo largo, su presencia había pasado inadvertida para el cantante. Pero, el día que la miró con otros ojos, decidió terminar su relación con Fresta para empezar su estrategia de conquista, que por cierto fue imbatible. “Tengo un beso encadenado entre mis labios y la llave de ese beso la tenés vos”, le dijo a Garaventa, que no daba crédito de lo que estaba pasando. El noviazgo se oficializó durante un homenaje que se le realizó al ídolo en el Congreso en 2004. Se casaron el 13 de abril de 2007, en la casa de Roberto que contó con un permiso especial para contraer enlace allí con una ceremonia oficiada por la titular del Registro Civil de Lomas de Zamora, dado que sus problemas de salud ya no le permitían trasladarse.
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Le puso mucha garra a la situación que le tocó afrontar. Tenía 58 años y un cuerpo bastante agotado cuando, en 2004, presentó su último espectáculo en el Teatro Gran Rex. Había debutado el 5 de marzo en Rosario y, el 12 de ese mes, desembarcó en Buenos Aires, donde actuó durante 21 noches. El espectáculo se llamaba La Profecía y lo había planeado como celebración por sus cuatro décadas de trayectoria, sin imaginar que sería también su despedida de los escenarios. A decir verdad, cuando empezó a imaginarlo a fines del 2003, Roberto dudaba que pudiera llevarlo a cabo. Venía de pasar 21 días internado por una neumonía aguda, 7 de ellos con un respirador, y sus cuerdas vocales habían acusado recibo. Sin embargo, después de un tiempo sin poder ni siquiera hablar, se recuperó. Y utilizando “el micrófono de MacGyver“, como había bautizado al que había ideado junto a su kinesiólogo Iván Guevara, para poder recibir oxígeno a través de un tubito conectado a unos tanques instalados tras bambalinas, logró cumplir con su cometido.
La última presentación tuvo lugar el domingo 16 de mayo de ese año. Después de interpretar sus mejores hits, acompañado por Rita Cortese como la gitana Esmeralda y Matías Santoiani como Tiago, una orquesta de 14 músicos, el trío Butterfly y el cuerpo de bailarines dirigido por Daniel Fernández, Sandro se puso por última vez su bata roja. Esa que despertaba tantos suspiros entre sus seguidoras. Y, pasada la medianoche, se despidió diciendo que se iba a guardar un tiempo porque venían los duros meses de invierno. Esa fue su última vez en calle Corrientes. Pensaba regresar en septiembre. Pero nunca más pudo volver a hacer lo que tanto amaba. O, al menos, no frente a un teatro lleno como estaba acostumbrado.
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