
En tiempos de redes sociales, donde difícilmente alguien sea capaz de mantener su atención por más de quince segundos sin que su dedo tome la iniciativa de escrolear, nadie podría imaginar que un cuentista como Luis Landriscina pudiera seguir vigente. Porque, a decir verdad, si algo se necesita para poder disfrutar de las historias de este humorista, es la paciencia. Sin embargo, su talento logró atravesar las distintas generaciones y los cambios culturales, al punto que hoy se lo puede encontrar fácilmente en TikTok y otras aplicaciones por el estilo.
Nacido hace 90 años, más precisamente el 19 de diciembre de 1935, el hombre oriundo de Colonia Baranda, provincia de Chaco, no maneja estas herramientas de comunicación modernas. Y, obviamente, no se autopercibe “influencer”. Pero se siente halagado cada vez que un adolescente lo reconoce y le cuenta que suele verlo en “algo que se llama YouTube”, mientras señala su teléfono celular. Porque sabe que, de una u otra manera, su legado sigue intacto.
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Él nació en tiempos en los que todo era muy diferente. Había sido el séptimo hijo de Filomena Curci, una inmigrante italiana. Y, tras su nacimiento, el médico le había advertido a la mujer que no iba a poder resistir un nuevo parto. Pero ella decidió entregarse a la voluntad de Dios. Y murió justo cuando estaba trayendo al mundo a su octavo descendiente y cuando Luigi -tal el nombre que figura en su documento- no había cumplido los dos años.
Así las cosas, el humorista se crio con sus padrinos, un matrimonio de españoles llamados Santiago Rodríguez y Margarita Martínez, ya que su padre, el también inmigrante italiano Luigi Landriscina, trabajaba como cosechador de algodón y no podía hacerse cargo de él y sus hermanos. La mujer que lo adoptó, en tanto, falleció cuando Luis tenía 22 años. Y, de alguna manera, en ese momento él revivió el dolor que había sentido cuando apenas tenía registro de lo que pasaba a su alrededor.
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Sus primeros rebusques fueron arreglando cocinas y lavarropas. También trabajó en la policía montada. Y formó parte del grupo folklórico Los Cardenales, junto con el que empezó a relatar sus primeros cuentos entre una y otra canción. Así fue como descubrió su verdadera pasión, que tenía que ver con narrar historias costumbristas en las que el desenlace, o el remate, no necesariamente era lo más importante. Porque lo que valía, fundamentalmente, era la experiencia de escucharlo describiendo las escenas de su relato.
Debutó como recitador en el Festival de Cosquín de 1964, en el que obtuvo el premio como revelación. Y, desde entonces, siempre se mantuvo fiel al principio de no decir ninguna “guarangada”. Lo suyo era un humor sano. Y dicen que hasta rechazó jugosas ofertas de dinero por no dar el brazo a torcer y sumarse a la moda de aquellos años en los que los “chistes verdes” atraían a las multitudes. No obstante eso, su popularidad se mantuvo a través de los años. Hizo teatro, cine, televisión y grabó varios discos. Todo esto sin necesidad de que su nombre apareciera como titular de ningún escándalo en la prensa de la época.
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En su vida privada, Luis también mantuvo una línea intachable de conducta. Conoció a Guadalupe Betty Mancebo en la parroquia de Villa Ángela. Él tenía 19 años y ella 14 y se pusieron de novios “en secreto”. Durante los largos meses en los que al humorista le tocó hacer el servicio militar, el vínculo se mantuvo solo a través de cartas. Apenas se reencontraron, se casaron, tuvieron a sus dos hijos, Gerardo Dino y Fabio, y nunca más se separaron.
Claro que en la vida, raramente, todo se alinee para bien. Y la realidad es que, allá por los años ‘70, Landriscina atravesó un momento dramático cuando salió de garante de un productor que quería hacer una película y no pudo costear los gastos, lo que lo terminó llevando a la bancarrota. En aquel momento, según confesó, hasta se le cruzaron por la cabeza las ideas más descabelladas. Pero logró salir adelante gracias a la ayuda de sus amigos y entendió que, mientras tuviera salud, todo lo demás podía solucionarse.
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En 1984, sufrió un serio accidente corriendo una carrera de TC junto a su hijo mayor. El auto que conducían desbarrancó y el humorista sufrió aplastamiento de vértebras cervicales. No era su hora. Como tampoco lo era hace poco más de un año, cuando comenzaron a circular rumores sobre su supuesto fallecimiento, que su propia familia tuvo que salir a desmentir con un video de Luis envasando un aperitivo casero.
En 2005, mediante un comunicado formal, había anunciado que se despedía definitivamente de los escenarios. Ya había logrado todo, actuando en lugares tan remotos como Australia o la Antártida. Y todo parecía indicar que había llegado el momento de su retiro. Pero estaba claro que iba a seguir adelante con sus crónicas pausadas, en las que logra atrapar la atención de su público hasta llegar a un final inesperado. Aunque no sea precisamente sobre una tarima. O aunque sean apenas unos pocos conocidos sus selectos espectadores.
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Hoy, Landriscina se prepara para celebrar nueve décadas de vida con sus afectos más íntimos. Dice que su médico Francisco Klein le dijo que quería que se muriera sano. Y, por eso, se cuida mucho. Es el único de sus hermanos que sigue en este plano y la ausencia de tantos de sus seres queridos le pesa. “Yo digo que la muerte no es una. Vas agregando muertes al alma y la última es la que te voltea. Cada muerte de mis amigos y de mi familia, la almacené en el alma“, explicó en una entrevista. Y siempre dijo que lo único que espera es partir antes que su esposa, porque no soportaría la idea de irse de este mundo sin tenerla a ella tomando su mano.
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