
“Juez preso por coimero”, había titulado el diario Crónica en una nota del lunes 5 de agosto de 1996. Hoy en día, basta mirar los portales de noticias para entender que los escándalos que sacuden a los tres poderes de la Nación son mucho mayores que aquel que horrorizaba a toda la Argentina a mediados de los ‘90. Sin embargo, por aquellos años, la publicación de ese informe se clavó como una daga de vergüenza en el corazón de Leonardo Simons.
El reconocido conductor, que por entonces estaba al frente del ciclo Ta Te Show en Telefe, no había cometido delito alguno. Al contrario. Pero el magistrado acusado de cohecho era ni más ni menos que su hermano, Carlos Wowe. Y aunque él podría haberse desentendido del asunto diciendo que no era responsable del accionar del resto de su familia, su moral no se lo permitió. Era una figura pública. Y creía que todos debían verlo como un ejemplo a seguir.

“Nos convertimos en modelos que podemos ser imitados, por eso nuestras actitudes deben ser dignas y respetables”, había dicho en una entrevista de 1993, cuando había decidido dejar Canal 9 para aceptar la propuesta de la emisora por entonces situada en la calle Pavón 2444. No imaginaba entonces que su propio hermano, iba a ser condenado por haberle pedido una coima para “arreglar unos expedientes” al periodista Bernardo Neustadt. Y que, inevitablemente, los medios de la época iban a hacer referencia a su vínculo con el magistrado cada vez que hablaran del caso.
Estaba flaco y desganado. Deprimido, decían los más cercanos. Sin embargo, cada vez que alguien se lo cruzaba y le preguntaba cómo estaba sobrellevando el escándalo, Leonardo respondía: “En la vida siempre hay que seguir adelante”. Pero ni él se lo creía. Así que planeó todo meticulosamente. Tenía, sin lugar a dudas, muchos motivos como para seguir adelante. Pero la mente le jugó una mala pasada. Y el martes 15 de octubre de 1996, a los 49 años de edad y con tres cartas en el bolsillo, se arrojó desde el piso 13 de un edificio de Avenida Córdoba al 1300, donde tenía sus oficinas.

Falleció de manera inmediata. Y la noticia dejó perplejo a todo un país. Según relataron las secretarias del animador, Leonardo se había sentado de espaldas sobre el marco de la ventana y les había pedido que no lo agarraran. En ese momento, las mujeres tomaron conciencia de cuál era su intención, de manera que corrieron para tratar de salvarlo. Y, justo cuando él comenzaba a balancearse hacia atrás, lo tomaron de los pantalones. Pero Simons, seguro de su decisión, se desabrochó el cinturón y se dejó caer al vacío en paños menores.
En el bolsillo de la prenda que quedó entre las manos de las empleadas del conductor, había tres cartas que daban cuenta de la premeditación de su acto. La primera, fechada el 9 de octubre de ese año, seis días antes del suicidio, estaba dirigida a su esposa, Ruth Kisielmnicki. “Me diste diez años de felicidad”, le decía en la misma. Y le pedía por favor que cuidara a sus hijas, Vanesa y Bárbara, frutos de su primer matrimonio con la locutora Alicia Gorbato, “por el resto de sus vidas”.

A las chicas, que por entonces tenían 19 y 13 años, les había escrito con lápiz y sin colocar su firma al pie lo que él entendió que les podía servir de explicación frente a semejante pérdida. “Papá prefirió tomar esta actitud que cree valiente porque se me reventó la cabeza y es mejor que ser una carga de por vida para ustedes, estando en un manicomio. Las amo como a nadie amé en este mundo”, decía el papel. Que, obviamente, a ellas no les alcanzó para entender lo que pasaba. Ni para encontrar consuelo.
Finalmente, Simons dejó una carta para sus amigos del alma. “El más sublime agradecimiento por los años de amistad que me dieron y les di. A todos aquellos a quienes respeté, comprendí y fui leal, también mi gratitud, por el cariño ofrecido. Pido perdón por no citar cada nombre, pero algunos saben que fueron como hermanos para mí. Mi bocho explotó y necesita paz. Adiós y hasta siempre. Los llevo en mi corazón”, les confesó.
Por supuesto que ninguno justificó su accionar. Pero todos lo entendieron. “Leonardo murió por vergüenza y de vergüenza. Y también hizo gala, en el final de su vida, de una dignidad poco común. Algo que, precisamente, no abunda en los tiempos que corren”, dijo Fernando Bravo, conductor de Siglo XX, Cambalache, el sábado siguiente en el programa que precedía al de su colega.

Y luego fue Silvio Soldán, encargado de reemplazar a Simons en Ta Te Show, el que se expresó al respecto. “Leonardo no estaba bien. Sin embargo, luchaba con todas las fuerzas de su alma para que ustedes no se dieran cuenta. Saber que estaban ustedes del otro lado, pienso que, de alguna manera, le acariciaba el alma”, dijo al presentar un homenaje. Tiempo después, sin embargo, el legendario conductor de Feliz Domingo y Grandes Valores del Tango contó que cuando él mismo se había visto obligado a renunciar a Canal 9 por sus escándalos personales con Silvia Süller, su amigo le había dicho que si le pasaba algo similar, se mataba. Y cumplió.
Simons había nacido el 1 de septiembre de 1947 en Villa Crespo como Leonardo Simón Wowe. Siendo un niño, había comenzado a rebuscárselas trabajando en la fiambrería de su padre y haciendo changas como vendedor ambulante. Cuando terminó la primaria, en tanto, logró aprobar el examen de ingreso del colegio industrial Otto Krause, donde cursó sus estudios secundarios. Y, en paralelo, comenzó a animar bailes los fines de semana, lo que le hizo descubrir su vocación de locutor.
Así las cosas, cursó en el Iser, de donde egresó en 1968. E, inmediatamente, comenzó a trabajar en la Campana de Cristal, el programa que conducía Héctor Larrea por Canal 13. Apenas un año después, fue convocado para conducir Música en libertad en la emisora de Alejandro Romay, donde desarrolló gran parte de su carrera. Tuvo, como era costumbre por aquellos tiempos, algunos pequeños papeles en telenovelas como El amor tiene cara de mujer y Cuatro hombres para Eva. Pero, sin lugar a dudas, su consagración definitiva llegó de la mano de Sábados de la bondad y Finalísima, dos ciclos que al día de hoy se mantienen en el recuerdo de su público.
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