
Su vida fue corta e intensa. Como la de tantos ídolos que se van rápido y terminan convertidos en leyenda. Se llamaba José Alberto Iglesias, pero todos lo conocían por su pseudónimo de Tanguito. Y para muchos fue el pionero del rock argentino. Pero partió hacia otro plano cuando tenía apenas 26 años de edad. Quizá, este mundo era demasiado injusto para un idealista como él. O quizá, simplemente, ya le había dado más de lo que estaba permitido por aquellos tiempos.
Había nacido el domingo 16 de septiembre de 1945 en la localidad de San Martín. Era hijo de un vendedor ambulante, José Iglesias, y de Juana Correa, una empleada doméstica, por lo que vivió una infancia modesta. Y, entrando en la adolescencia, comenzó a vincularse con la música. De hecho, tenía 15 años cuando decidió dejar el colegio secundario para seguir su sueño, cantando en plazas y trenes con su guitarra en mano. Y, después de un tiempo presentándose en clubes nocturnos, a los 18 se unió al grupo Los Dukes en reemplazo de Jorge Darrié, quien había decidido comenzar su carrera solista.
¿De dónde salió su apodo? Cuentan que se había convertido en un eximio bailarín de rock. Pero, en aquella época, lo normal era que la gente bailara tango. Así que sus amigos solían insistirle: “Bailate un tango, José, un tanguito”. Y, a fuerza de repetición, éste terminó convirtiéndose en su nombre artístico. Un nombre que mezclaba bravura y sensibilidad en una misma palabra.

Junto a esa icónica banda, con la que popularizó el tema Mi pancha, considerado por algunos como el primer rock & roll argentino, llegó a compartir escenario con Sandro y Los de Fuego, otros de los primeros grupos en incursionar en el género inspirado por Elvis Presley, y con los Bobby Cats, grupo liderado por Billy Bond. Sin embargo, un año más tarde, en 1964, decidió abandonar a sus compañeros para comenzar su carrera solista de la mano de la discográfica RCA.
Ya mudado a “Caseros City”, como le gustaba llamar al barrio en donde vivió su juventud, Tanguito empezó a frecuentar La Cueva y La Perla del Once, los dos reductos bohemios donde se juntaban los músicos de la época. El primero era visitado por Moris, Lito Nebbia, Miguel Abuelo, “Pajarito” Zaguri, Javier Martínez, Alejandro Medina, Pipo Lernoud y Sandro. En el segundo, en tanto, ocurrió el hecho que dejó grabado su nombre para la eternidad, ya que allí compuso ni más ni menos que La Balsa.
El local estaba situado en la esquina de Rivadavia y Jujuy y había sido concebido como una cafetería. Sin embargo, dada la presencia constante de jóvenes, su dueño optó por no cerrar nunca sus puertas. Allí se mezclaban los estudiantes que iban a preparar sus exámenes de la facultad, con los jóvenes que se agrupaban para compartir sus obras de arte o su música. Claro que, para no molestar a quienes tenían que concentrarse en sus libros, los que querían tocar algún instrumento tenían que ir literalmente, al baño. Y eso pasó una noche de otoño.

Era el 2 de mayo de 1967 cuando, inquieto y entusiasmado por un rapto de inspiración, Tanguito le propuso a Lito Nebbia que fueran al baño con su guitarra. Quería mostrarle algo que estaba componiendo. Tenía una frase que decía: “Estoy tan solo y triste acá en ese mundo de mierda”. Pero no sabía cómo seguirla, por lo que le pidió ayuda a su colega. Y así fue como, esa misma noche y rodeados de mingitorios, ambos le dieron vida al primer gran hit del rock nacional. El tema fue grabado por Los Gatos y arrasó en ventas alcanzando las 250 mil placas, además de recorrer toda América gracias a las distintas versiones grabadas por una veintena de artistas.
Según explicó Nebbia, la letra hablaba de la libertad. Pura y llana. Sin embargo, hubo distintas interpretaciones del mismo y, en más de una oportunidad, se ha querido hacer hincapié en que tenía referencias veladas al consumo droga. Esto, sin lugar a dudas, estaba relacionado al hecho de que Tanguito sí estaba atravesando por serios problemas de adicciones. Y que estos, en algún punto, podrían haber derivado en su misterioso y abrupto final.
El 19 de mayo de 1972, Tanguito se escapó del Hospital Borda en el que se encontraba internado. ¿Por qué lo habían llevado hasta allí? Nunca quedó muy claro. Dicen que estaba en un “estado límite”, por lo que había sido detenido por la policía en varias oportunidades. Que lo había trasladado hasta ese nosocomio desde la cárcel de Devoto. Y que, tras haberlo sometido a tratamientos de electroshock, lo habían declarado demente. Lo cierto es que, ese día, se tomó el tren para ir hasta su casa y, misteriosamente, cayó a las vías de la Estación Palermo del Ferrocarril San Martín y perdió su vida. ¿Suicidio, atentado u accidente? Jamás se supo, simplemente, porque su muerte no se investigó.
Dejó como legado varias canciones que hicieron historia, como Amor de primavera, que fue grabada por Luis Alberto Spinetta. También La princesa dorada y Natural, entre otras. Pero fue recién después de su muerte que vio la luz un álbum recopilatorio que había comenzado a grabar con el sello independiente Mandioca (luego llamado Talent) un par de años antes. Su idea era hacerlo con Manal como banda soporte, pero dicen que los músicos lo abandonaron cansados de sus constantes faltazos y terminó grabándolo solo con Javier Martínez y su guitarra. El álbum se llamó tan solo Tango. Y en principio no tuvo gran repercusión.
Sin embargo, el olvido no pudo con él. Con el correr de los años, fue creciendo el mito en torno a este artista de existencia fugaz. Al punto que, en 1993, Marcelo Piñeyro filmó una película sobre su vida, Tango Feroz, con guión de Aída Bortnik y el propio director, que se convirtió en un suceso absoluto. Y, con Fernán Miras en el rol de Tanguito y Cecilia Dopazo dándole el toque romántico que la historia ameritaba, el film logró devolverle al músico la visibilidad y el reconocimiento que hasta ese momento algunos le negaban.
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