Las confesiones de una joven “unicornio” del mundo swinger: amistad sexual con parejas y los hombres que rompen códigos

Ana tiene 29 años, vive en Córdoba y entra sola a fiestas donde casi todos llegan de a dos. Según el primer censo, las chicas como ella representan apenas el 6% de la comunidad de intercambio de parejas en Argentina

Ana es una mujer sola que se relaciona con parejas en el mundo swinger
Ana es una mujer sola que se relaciona con parejas en el mundo swinger
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Ana tiene 29 años, vive en Córdoba y entra sola a las fiestas donde casi todos llegan de a dos. La comunidad swinger la llama unicornio. Así se definen a la mujer sin pareja que se vincula con parejas.

El primer censo de la Asociación Civil Swinger Liberal Argentina (ASLA), un relevamiento online y anónimo en el que participaron 1.300 personas, registró que apenas el 6% de quienes integran ese mundo son mujeres solas. Las parejas representan el 66%. Ana lo traduce a lo que ve cada fin de semana. “De 50 parejas en una fiesta, hay tres o cuatro unicornios”, explica en diálogo con Infobae desde Córdoba.

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La diferencia entre un boliche swinger y uno común, según Ana, no es lo que pasa adentro sino lo que no pasa. Nadie le toca el cuerpo sin permiso. Si alguien lo hace, lo condenan y lo sacan. Ella lo compara con lo que ocurre cualquier sábado en una discoteca del centro: un desconocido puede tocarle la cola a una mujer y seguir bailando. “Siempre estamos con el consentimiento y con el consenso de la otra persona y con el respeto sobre todo”, afirma la joven. Usa preservativo como obligación, no como opción. Y repite la palabra “control” para describir un lugar que, desde afuera y por los prejuicios, se imagina como todo lo contrario.

Mujer unicornio parejas swingers
Antes de ser unicornio, Ana tuvo dos parejas a las que clasifica como “tradicionales y monogámicas”

Hay hombres solos que llegan a las fiestas con una fantasía equivocada. “Pasa mucho con los solos, que se creen que por entrar al ambiente van a tener sexo con todos - dice Ana y se sonríe- . Y no es así. El otro tiene que querer, te tiene que dar la autorización. No es porque estás en el ambiente que va a descontrolar todo. Está bastante controlado por los mismos integrantes del grupo”.

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Diez años, dos parejas y el día que pateó el tablero

Antes de ser unicornio, Ana tuvo dos parejas a las que clasifica como “tradicionales y monogámicas”. Primero una relación de cinco años desde los 17 y después otra de cinco. Diez años de monogamia consecutiva sin interrupción. Cuando terminó la segunda pareja, hizo una cuenta rápida. “No había tenido tiempo de explorar nada. No había experimentado nada fuera de una relación cerrada. Dije bueno, voy a estar un tiempo sola para experimentar otras cosas”, recuerda.

Conoció por redes sociales a un chico en Buenos Aires que ya había tenido experiencias en el ambiente swinger. Viajó. Le planteó la idea de experimentar, no de ser pareja. Él la fue acompañando, le mostró cómo funcionaba ese mundo. Terminaron juntos dos años. Cuando se separaron, Ana ya conocía las reglas, los grupos y los circuitos. “Como ya conocía un poco el ambiente y ya sabía dónde me movía, me animé sola”, dice.

El censo de ASLA ubicó a la franja de 20 a 30 años en el 9% de la comunidad. La mayoría, el 39%, tiene entre 41 y 50. Ana, con 29, pertenece a la minoría más joven de un mundo que ella percibe en plena renovación. Lo nota sobre todo en Córdoba, donde la provincia representa el 4% del mapa swinger nacional. “Se nota mucho más marcado la diferencia de edades de las generaciones más antiguas y las nuevas - afirma la unicornio-. Hay gente de cincuenta y pico y hay gente de veinticinco”. Hay más chicas jóvenes entrando al ambiente, de 27 para arriba, calcula. En Buenos Aires también crecen, pero el volumen es tan grande que la novedad se diluye.

La mayor concentración del país está en el conurbano bonaerense, con el 45%. Le siguen la Ciudad de Buenos Aires con el 14% y Mar del Plata con el 12%. Santa Fe, Mendoza y el interior bonaerense registran un 5% cada una. Tucumán empata con Córdoba en el 4%. Salta, Misiones, San Luis, Corrientes y Chaco apenas llegan al 1%.

Su primera vez como unicornio fue con una pareja amiga en Buenos Aires
Su primera vez como unicornio fue con una pareja amiga en Buenos Aires

Una noche en Buenos Aires que no estaba planeada

Su primera vez como unicornio fue con una pareja amiga en Buenos Aires. Los conocía de cuando ella estaba en pareja. La invitaron a tomar algo. No había un plan sexual. Eran amigos, son amigos todavía. Tomaron algo, charlaron, y la noche siguió.

“Generalmente las cosas las podemos planear un poco, pero nunca voy a estar con alguien que yo no conozca”, explica Ana. Su método es siempre el mismo. Primero se conocen, se juntan y conversan. Si hay conexión, puede pasar algo. Si no la hay, no pasa. Pero la decisión se toma en el momento, nunca antes. “Yo antes de juntarnos no te voy a decir si vamos a terminar juntos todos - aclara Ana-. Después, si se da, no tengo problema, porque se dio, porque hubo feeling, porque hubo conexión. Pero no te voy a decir antes de conocernos si vamos a estar juntos”.

La palabra que usa es “feeling”. La repite cuando explica qué la lleva a aceptar un encuentro y qué la lleva a rechazarlo. No es un protocolo escrito. Es una lectura del momento que ella hace cada vez, con cada pareja nueva, y que no delega en nadie.

El mensaje que no tenía permiso

Un día un hombre le escribió por chat. Le dijo que no tenía pareja. Ana le siguió la conversación. Hasta que le llegó otro mensaje de la novia avisándole que sí estaba en pareja y que eso no estaba permitido. Ese episodio le cambió el procedimiento.

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Las parejas buscan mujeres bisexuales porque les resulta más fácil interactuar con otra mujer que con otro hombre

“Entonces yo a partir de ahí me manejo siempre, o sea, si es el hombre el que me habla, siempre como que pido la autorización de la chica o que me diga algo la chica que a mí me indique que está todo okey - cuenta la joven-. La verdad que yo no quiero problemas”.

El protocolo es propio. Lo armó sola y lo sostiene como regla personal. Antes de avanzar con cualquier pareja nueva, necesita que la mujer confirme. Porque el patrón que ve se repite. El que escribe primero, el que se lanza sin consultar, el que a veces lo hace sin permiso de su propia pareja, es el hombre.

Ana describe una dinámica de género que el censo no mide pero que ella observa en cada fiesta y en cada grupo de WhatsApp. Las parejas buscan mujeres bisexuales porque les resulta más fácil interactuar con otra mujer que con otro hombre. “Encontrar un hombre bisexual dispuesto es difícil. Que el hombre de la pareja también lo sea, más todavía. Generalmente, la mujer es bi y el hombre es hétero”, resume.

En el mundo swinger también existen los prejuicios. “El hombre es como más reacio al contacto con otros hombres. Me parece que eso ya es más social que otra cosa. La mujer lo naturaliza más y dentro del ambiente tiene más libertad. El hombre se ve frenado por la mirada de otros hombres”, explica.

La comunidad tiene su propio vocabulario para nombrar cada posición. A quienes no participan del ambiente los llaman “vainilla”. Cuando una persona se inicia, dicen que la “evangelizaron”. En las fiestas hay quienes solo miran y se los llama voyeuristas.

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Ana trabaja en un ámbito profesional que prefiere no precisar. Lo único que dice es que separa su vida privada de su trabajo sin esfuerzo y sin conflicto

La madre que entiende y el trabajo que no se mezcla

Ana trabaja en un ámbito profesional que prefiere no precisar. Lo único que dice es que separa su vida privada de su trabajo sin esfuerzo y sin conflicto. “Cada uno tiene su vida privada, su vida sexual, lo que sea, y su trabajo - plantea la unicornio-. Hay maestras jardineras en el mundo swinger. La gente prejuzga. No les cabe en la cabeza que vos podés hacer una cosa en la parte privada y podés desarrollar un trabajo muy bien. No hace falta mezclar las cosas”.

Su madre sabe. “Le da curiosidad - dice Ana- . Dice que ella no podría estar en pareja con alguien y que ese alguien esté con otra persona. Pero lo entiende, no lo juzga”. Es la única de su familia que conoce esa parte de su vida. Su padre no sabe. “Yo creo que se muere”, dice y se ríe.

Ana no esconde lo que hace, pero tampoco lo anuncia. “Yo no lo veo como algo malo. Lo contaría sin problema. Si alguien me pregunta, le digo que sí. Quizás yo no voy a arrancar la conversación diciendo ‘che, yo soy…’. Pero si alguien me pregunta, no tengo problema de hablar de nada”, sostiene.

Cinco parejas por mes y un grupo de WhatsApp con cada una

Ana frecuenta entre cinco y seis parejas por mes. Con cada una tiene un grupo de WhatsApp donde se saludan, charlan, se cuentan cosas. No todos los vínculos son iguales. Algunos llegan a ser solo sexuales. Otros se parecen más a una amistad con un componente erótico. “En mi caso, yo no busco solamente la parte sexual, sino también la parte emocional, por así decirlo”, explica.

Su pareja más frecuente está formada por un hombre de 50 y una mujer de 51. También ha estado con parejas de 25 y 26 años. La convivencia de generaciones es parte de lo que ella ve en Córdoba. El rango etario del ambiente no tiene techo ni piso rígido, y las fiestas mezclan a quienes llevan décadas en el circuito con quienes acaban de entrar.

Sale más a boliches swingers que a boliches comunes. Tiene una amiga unicornio con la que va a las fiestas. Del resto de las mujeres solas se conocen, saben quién es quién, pero la cercanía real es con una sola. La integración al ambiente depende del comportamiento. Si una unicornio genera un problema con una pareja, la información circula rápido. “Va de boca en boca”, dice Ana. Es un mundo chico. En Córdoba, más todavía.

Las fiestas muchas veces son privadas. La invitación llega por los grupos, por contactos previos y por la reputación que cada persona fue construyendo adentro del circuito. A las mujeres las integran con más facilidad que a los hombres solos.

Las que están experimentando por primera vez, son las que más riesgo corren de que aparezcan los celos. “Podés tener toda la confianza del mundo, pero podés tener celos igual. “Los celos son una señal de inseguridad. Uno quizás tiene una pareja cerrada y no es celosa, pero porque está totalmente segura. Ahora vos la abrís a la pareja y ahí pueden surgir inseguridades”.

Como unicornio nunca tuvo una situación incómoda por celos ajenos. Le pasó cuando estaba en pareja y se vinculaban con otra.

“Yo creo que no saldría con gente monógama, por así decirlo. Se tendría que presentar la situación. Pero cree que no”, admite Ana.

Tiene un Instagram donde mezcla su vida personal con el ambiente. Las parejas con las que se vincula están en su lista de mejores amigos y solo ven las historias que ella publica para ese grupo. El resto de sus seguidores ve otra cosa. Al principio conocía parejas nuevas por esa vía. Ahora el contacto llega por los grupos de WhatsApp.

Antes de encontrarse con cualquier pareja nueva, Ana repite el mismo gesto. Le escribe a la mujer y le pregunta si está todo bien. Lo que busca en cada encuentro lo resume en una frase simple. “Que te puedas sentar, mantener una charla, reírte y después, si hay ganas tener sexo”.

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