
A mediados de la década de los ’50, cuando se trataba de negros y de blancos, las cosas siempre estaban claras en Sumner, un pequeño pueblo de 1,5 kilómetros cuadrados y menos de doscientos habitantes, perdido en el Condado de Tallahatchie, Misisipi, en el sur profundo estadounidense. La segregación funcionaba como una máquina aceitada y la barrera racial más que un límite era un muro infranqueable. Por eso a nadie le extrañó que el viernes 23 de septiembre de 1955, después de un juicio de apenas cinco días, un jurado integrado exclusivamente por blancos absolviera luego de deliberar menos de una hora a los también blancos Roy Briant y a John Milam, acusados del asesinato del adolescente Emmett Till, cometido menos de un mes antes.
De nada sirvió que el testigo Moses Wright identificara positivamente a los dos hombres blancos como autores del crimen. Wright era negro y en Sumner las palabras de un negro no valían nada. Tampoco se tuvieron en cuenta los testimonios de los primos de Emmett, Wheeler Parker y Simeon Wright, que contaron cómo los dos hombres blancos entraron en su casa y se llevaron a Emmett a la fuerza. Importaron mucho más las palabras de una única testigo blanca, aunque olían a mentira de quinientos metros de distancia. Para los blancos del jurado, el negrito Emmett Till no era una víctima, sino el culpable de su propia muerte.
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Antes, la farsa judicial había llegado a su clímax durante el alegato final del abogado defensor de Brian y Milam. Sidney Carlton, así se llamaba, esgrimió un argumento insólito: sostuvo que el cuerpo encontrado en el río no era el de Emmett Till, que probablemente estaría vivo escondido por su familia. Dijo que un cuerpo que hubiera estado sumergido tres días, como decían que había ocurrido con Emmett, no presentaría tal grado de descomposición y que el anillo que permitió identificarlo no era una prueba que pudiera considerarse.

Matar a un negrito
Cuando lo mataron, Emmett llevaba apenas unos días en Sumner y, venido del norte, desconocía por completo cómo funcionaban las cosas en el sur profundo, aunque su madre le había advertido que tuviera cuidado. Tenía 14 años, había vivido siempre en Chicago y Mamie solía exagerar con sus consejos. Quizás por eso, el 24 de agosto de 1955, poco después de llegar a la casa de su tío Moses, salió a pasear con sus primos y, como tenía algo de dinero en los bolsillos, quiso comprar unos caramelos para compartir con ellos.
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Si los otros chicos le dijeron que no entrara en esa tienda es algo que nunca se supo, pero ellos prefirieron esperarlo en la vereda y Emmett entró solo. No había otros clientes y detrás del mostrador estaba Carolyn Donham, la mujer del dueño, una joven blanca de 21 años. El chico salió uno o dos minutos después, con las manos vacías. No había podido comprar nada. Lo que ocurrió dentro del local nunca se pudo establecer con certeza, porque cuando las autoridades lo quisieron averiguar solo tuvieron la versión de Carolyn. Emmett ya no estaba en el mundo de los vivos para contarlo.
Cuatro días más tarde, el marido de Carolyn, Roy Bryant, de 24 años, y su medio hermano, John William Milam, de 36, llegaron en auto a la casa del tío de Emmett. Moses y los tres primos del chico no pudieron hacer nada cuando los dos hombres lo subieron a la fuerza al auto y se lo llevaron. Algunos testigos dijeron después que habían visto a Carolyn en el asiento trasero; también hablaron de la presencia de un tercer hombre.
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El cuerpo sin vida de Emmett Till apareció tres días después, cuando unos chicos que estaban pescando lo encontraron en el río Tallahatchie. Fue difícil identificarlo porque el agua había acelerado la descomposición y el rostro estaba completamente desfigurado, no solo por esa causa sino también por hematomas de golpes y un disparo. Le habían atado al cuello la pieza de máquina desmontadora de algodón, no con una soga, con alambre de púas. A pesar de eso, los asesinos no pudieron evitar que flotara. La policía confirmó que se trataba del chico desaparecido al que buscaban desde hacía 72 horas por un anillo de plata grabado con las iniciales “L. T.” y la fecha “25 de mayo de 1943”, que había pertenecido al fallecido padre de Emmett y que la madre le entregó antes de partir de Chicago.
Aunque Emmett llevaba 72 horas desaparecido y su tío Moses había hecho la denuncia, la policía no había movido un dedo para encontrarlo. Después de todo se trataba de un chico negro y había cosas más importantes de las que ocuparse en el pueblo. El hallazgo del cadáver cambió todo y debieron actuar. No tardaron en dar con los dos secuestradores, que reconocieron —no podían hacer otra cosa, porque había testigos— habérselo llevado de la casa de Moses, aunque negaron haberlo matado. La versión que dieron fue que esa misma noche lo dejaron vivito y coleando en la calle principal de Money. No les sirvió, porque los arrestaron.
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Más tarde se pudieron reconstruir los hechos que terminaron con la muerte del chico: después de subirlo a la fuerza al auto de Bryant lo llevaron a un granero de las afueras del pueblo, donde le dieron una paliza brutal, le sacaron a golpes un ojo de la órbita y lo mataron de un tiro en la cabeza. En los interrogatorios no admitieron el asesinato, pero sí el secuestro, el cual, sostuvieron, estaba ampliamente justificado porque Emmett, un negro, se había propasado con Carolyn, una respetable mujer blanca. Así funcionaban y debían seguir funcionando las cosas en Misisipi.

Una madre en lucha
Mamie Bradley, la madre de Emmett, no se resignó a que el asesinato quedara impune. Decidió hacer el funeral en Chicago y con el cajón abierto para que todo el mundo viera lo que los asesinos le habían hecho a su hijo. Sabía que los crímenes raciales eran habituales en el sur y que por lo general sus autores no eran condenados por los jurados, integrados siempre por ciudadanos blancos. Apenas una semana antes del asesinato de Emmett, se había producido el crimen de otro afroamericano, Lamar Smith, en Brookhaven, una población también situada en Misisipi, y sus ejecutores habían sido absueltos tan rápidamente como los asesinos de su hijo.
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Las fotos del cadáver del chico negro con el rostro desfigurado conmovieron a gran parte de la población estadounidense. Las crónicas de la época relatan que más de cincuenta mil personas asistieron al funeral. Una gran mayoría de afroamericanos, pero también muchos ciudadanos blancos comprometidos en la lucha por los derechos civiles. Los medios del norte y del sur tomaron partido. Mientras la revista Jet y el periódico The Chicago Defender publicaban las imágenes de cuerpo del chico y de la multitud que fue a despedirlo, los periódicos del sur prefirieron mostrar fotografías de Roy Bryant y John Milam con sus uniformes del Ejército y propagar el falso rumor de que en el norte se estaban produciendo revueltas que acabarían en una segunda guerra de Secesión.

“Un sucio negro”
Mientras Mamie enterraba a su hijo, la fecha del juicio quedó fijada para septiembre de ese mismo año. Roy Bryant y John Milam iniciaron una campaña de recaudación de fondos para pagar su defensa y llegaron a reunir unos diez mil dólares. No tuvieron que utilizarlos: cinco prestigiosos abogados sureños se ofrecieron a defenderlos gratis. Defender a blancos contra negros era una manera de ganar un prestigio que valía más que el dinero.
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Durante el juicio la única versión sobre lo ocurrido dentro de la tienda fue la de Carolyn. Según ella, esa tarde, “un sucio negro” al que ella no conocía la tomó del brazo.
—¿Y qué le dijo cuándo le tomó la mano? —le preguntó el abogado defensor Sidney Carlton, de acuerdo con la transcripción publicada años más tarde por el FBI.
—Él me dijo: “¿Qué te parece una cita, nena?” —respondió.
En su testimonio dice que se alejó de él, y que Emmett la siguió hasta detrás del mostrador para propasarle con ella.
—Me atrapó en la caja registradora, tomándome de la cintura con las dos manos y atrayéndome hacia él. Me dijo: “¿Qué te pasa, nena, no te gusta? No me tengas miedo” —explicó. Y pasó a contar que el chico insistió en manosearla diciéndole que “ya lo había hecho con otras mujeres blancas”.
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Emmett Till no estaba en condiciones de desmentirla. A la hora del veredicto, no importó que el juez desestimara el testimonio de la testigo blanca por “inadmisible”, que los dos acusados fueran identificados positivamente como los secuestradores ni que los familiares de Emmett lo describieran como un chico tímido y respetuoso, incapaz de hacer las cosas que se decían de él. El jurado no dudó, porque la única verdad posible en Sumner, Misisipi, era la que salía de boca de los blancos.
Un hito histórico
El brutal asesinato de Emmett Till marcó un hito en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Ese mismo año, en Alabama, una mujer negra llamada Rosa Parks decidió ocupar un asiento de ómnibus “solo para blancos”. Cuando un hombre blanco le reclamó el lugar, Parks se negó a cederlo. Por esa razón fue arrestada y debió pagar una multa de 14 dólares.
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Este episodio, como la muerte de Emmett en Misisipi, desencadenó fuertes protestas que contribuyeron a derrumbar leyes racistas que segregaban a los negros. Al explicar las razones que tuvo para no ceder su lugar, Rose Parks dijo: “Pensé en Emmett Till y ya no hubo marcha atrás”.
Otro caso que marcó a fuego esa lucha ocurrió también en Misisipi, pocos años más tarde. En 1964, en el pequeño pueblo de Jessup, desaparecieron tres activistas por los derechos civiles que luchaban por la igualdad de voto ante las urnas. Dos de ellos eran blancos de confesión judía y el tercero un afrodescendiente. Sus cadáveres aparecieron poco después.
Esos crímenes tuvieron enorme repercusión en todo el territorio estadounidense y dieron lugar, años después, a una de las películas que más contribuyeron a concientizar sobre la discriminación racial que imperaba en casi todos los estados del sur del país: Misisipi en llamas, dirigida por Alan Parker y con un elenco encabezado por figuras de la talla de Gene Hackman, Willem Dafoe y Frances McDormand.
Todos esos casos contribuyeron a la promulgación del Acta de Derechos Civiles, que permitía al Departamento de Justicia de Estados Unidos intervenir en los asuntos locales cuando hubiera peligro de que no se respetaran los derechos básicos de los ciudadanos sin importar su color de piel.

Los asesinos confiesan
Declarados “no culpables” por un jurado de blanco y conscientes de que nadie podía ser juzgado dos veces por el mismo crimen, con el correr del tiempo los asesinos decidieron hablar. Bryan dijo que no se arrepentía de haber matado a Emmett porque se había propasado con su mujer. Su medio hermano Milam contó con lujo de detalles el secuestro y el asesinato a un periodista de la revista Look, y dijo que lo habían hecho porque el chico le había faltado el respeto a una mujer blanca que, además, era la esposa de su pariente.
En 2008, Carolyn Bryant le confesó a Timothy Tyson, autor del libro The Blood of Emmett Till, publicado recién en 2017, que había inventado la acusación y que el chico nunca le dirigió la palabra ni le hizo ningún gesto provocativo. “Esa parte no es verdad”, reconoció y se mostró arrepentida de haber mentido. “De todos modos, nada de lo que ese muchacho hubiera hecho podría justificar lo que le sucedió”, dijo. Para entonces, el caso había sido reabierto en 2004, en un proceso donde también se exhumó el cadáver de Emmett, y vuelto a cerrar en 2007, cuando se lo remitió al fiscal de Estado del Cuarto Distrito Judicial de Misisipi, pero un gran jurado se negó a emitir nuevos cargos.
Casi coincidentemente con la confesión de Caroly Donham el entonces presidente George W. Bush firmó una ley que lleva el nombre de Emmett Till y que tiene como objetivo permitir la reapertura de las pesquisas sobre atentados contra los derechos civiles, sin importar cuántos años hubieran pasado.
En 2022, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la ley federal Emmett Till Anti-Lynching Act, que convirtió oficialmente el linchamiento en un delito federal de odio. Ese mismo año se estrenó Till: Justicia para mi hijo, una película dirigida por Chinonye Chukwu, protagonizada por Danielle Deadwyler como Mamie Till-Bradley y Whoopi Goldberg en el papel de la abuela de Emmett.
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