
Es Potosí, Bolivia. Un grupo de turistas se dispone a salir rumbo a un tour. No cualquier tour: van camino a las entrañas de la tierra. A las famosas minas del Cerro Rico. Es un punto esperado y álgido dentro del viaje por fronteras de pueblos andinos y cultura incaica. En minutos más van a sumergirse en la oscuridad apenas disipada por las luces débiles de los cascos. Van a atravesar galerías subterráneas, pasadizos estrechos y túneles, van a superar tramos complejos e intimidantes en el camino. Algunos van a sentir algo de claustrofobia, algunos pedirán que los saquen. No es un paseo por un paisaje bello y fácil de los que se planean en vacaciones. Es un recorrido desafiante para entender más sobre un sitio que supo ser uno de los centros mineros más importantes del mundo, por el que diferentes economías, principalmente europeas, se enriquecieron y en el que los mineros locales siguen pasando jornadas peligrosas y hostiles.
Antes de eso está el ritual. Uno que es conocido por todos los que llegan a este punto de Bolivia buscando entrar al centro de la tierra. Antes de hundirse en su vientre, antes de sentir su pulso y su calor, hay que pedirle permiso.
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La primera parada, previo a llegar a la mina, es un negocio para comprar las ofrendas: alcohol potable de caña de alta graduación, cercana al 100%, hojas de coca, bebida y dinamita. Es una cortesía para los mineros, que serán los guías y conducirán al grupo a través de ella, los insumos para su labor y para superar las jornadas de trabajo. Y también para honrar a la Pachamama y al Tío.
Apenas inicia el recorrido, cuando ya se perdió la claridad del día dentro de la montaña, los mineros explican: se rinden ofrendas a “el Tío”, una representación espiritual de la mina a la que los trabajadores y visitantes le convidan alcohol, cigarrillos y hojas de coca para pedirle protección en las profundidades y buena extracción de minerales. Y se le tira un chorrito de alcohol —o whisky boliviano— a la tierra para agradecerle todo lo que provee. También los mineros beben un sorbo. Después sí: a caminar de forma incómoda, acomodar la vista a la oscuridad, agacharse, subir, bajar, pasar con dificultad, tolerar el calor, la humedad, la falta de oxígeno, arrastrarse, trepar con esfuerzo sin caer.
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El momento de pedir permiso y homenajear a la madre tierra no está armado para los turistas —aunque bien podría—, tiene que ver con el vínculo que esta cultura y los pueblos que nacieron de ella tienen con la Pachamama y la naturaleza.

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—Pachamama es una tradición que tiene que ver con honrar lo sagrado, con entender que uno es una parte muy pequeñita de un universo que es gigante, que nos da vida y nos alimenta.
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Del otro lado del teléfono, Lourdes Albornoz suena como si ella misma fuese una con la tierra. Como si su linaje pintara su voz de sabiduría ancestral. Una que transmite con la parsimonia de quien convive en armonía con el tiempo. Con otro tiempo. Uno diferente al que marca el reloj.
Lourdes pertenece al pueblo diaguita de la provincia de Tucumán, donde participa de diferentes “espacios de defensa territorial, espacios comunitarios y también espacios asamblearios”, además de su labor como trabajadora social y perito en juicios, “principalmente en el área de familia y derechos de la niñez”. Tiene 37 años y dos niños. Mientras habla, a su lado, uno de ellos se prepara para ir a la escuela al día siguiente.
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—Pachamama viene de la tradición andina, quechua y aymara, y la honramos en el noroeste argentino los pueblos que formaron parte del Collasuyo, que era el territorio inca, y hasta el día de hoy persiste en la memoria que se transmite de generación en generación en nuestros territorios. También se honra la Pachamama en lugares donde existen migrantes de estos distintos pueblos. En el sur del país, por ejemplo, en muchos lugares hay una gran cantidad de personas migrantes que son de origen andino y están presentes por todo el territorio nacional.
Lourdes explica que, para quienes viven en el sur global, una región que tiene cuatro estaciones, lo que se honra a partir del 1 de agosto —porque aunque la modernidad lo cristalizó el 1, en la tradición andina el culto a la Pachamama sucede durante todo el mes— es justamente eso: “el cambio de estación, el ciclo, el paso de un tiempo húmedo a un tiempo seco, de un tiempo frío a un tiempo cálido”.
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—Los antiguos conocieron y se relacionaron de manera muy cercana con el movimiento de los cielos, de las estrellas, de los astros, del sol y la luna. Y también con el devenir de las plantas y los animales con los que convivían de manera sagrada, en un vínculo de respeto y reciprocidad, y de temor muchas veces. Si caminás por los territorios comunitarios, podrás ver que durante todo el mes de agosto se hacen las corpachadas: se alimenta la tierra, porque es el tiempo donde la tierra descansa, donde tenemos mucho viento, mucha sequía, y entendemos que necesita ese agradecimiento, esa reciprocidad para volver a brotar en septiembre. Es un tiempo de mucha enfermedad en los territorios donde este clima cálido, seco, de vientos y de poca frondosidad en las plantas, hace que todo sea más sensible al fuego, que las personas tengan distintos tipos de alergias, que bajen un poco las defensas. Y es por eso que se toma el té de ruda y otras plantas para preparar el cuerpo para este tiempo duro.

El cambio de estación influye en el alimento que brota de la tierra. Y se la honra para que al tiempo de escasez vuelva a brotarle la abundancia. Para que los ámbar y ocres vuelvan a ser verdes brillantes y profusos.
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—En la vida rural, en la vida de hace unos años, [este momento] también significaba que había poco alimento, porque ya habían pasado las cosechas a principio de año, en febrero, marzo. Entonces, el alimento que queda es el alimento seco, la carne seca, las conservas de plantas, y es un tiempo donde también lo que se ofrenda es lo que quedó de las últimas cosechas, porque se entiende que la tierra va a volver a brindarnos ese alimento si nosotros estamos dispuestos a compartirlo con ella.
Las corpachadas que se hacen el 1 de agosto, y el resto del mes, consisten exactamente en eso: alimentar a la Pachamama para que ella nos alimente. Es un gesto de reciprocidad, devolver algo de lo recibido; un momento para agradecer y pedirle prosperidad y protección para las cosechas, los animales y la salud de la comunidad. Para llevar a cabo el rito se abren pozos —son las bocas de la madre tierra— y allí se le ofrendan alimentos cocidos, hojas de coca, maíz, vino, chicha, tabaco y otros frutos de la cultura andina. Como la tradición en las minas de Potosí, pedir permiso, agradecer, pedir protección, es, en definitiva, demostrar algo de humildad humana frente a la inmensidad de la naturaleza.
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Esta es solo una manera de honrar a la tierra. Lourdes aclara que, aunque es una costumbre extendida, no todos los pueblos originarios la celebran ni le rinden homenaje de la misma forma.
—La Pachamama o el ritual de la Pachamama o la ceremonia de la Pachamama es solamente una forma de honrar lo sagrado de los pueblos antiguos. Cada una de las 36 naciones preexistentes, primeras naciones de nuestro país, tienen su propia forma de celebrar y su propio calendario ligado a las costumbres y también a las formas en que la tierra, el territorio, el ecosistema va cambiando durante el año. No quisiera que el término Pachamama sea utilizado para englobar a todo lo indígena, porque es solo una forma que se ha estandarizado, de alguna manera, pero existen muchas otras en muchos momentos del año, según los distintos territorios. Diferentes maneras de realizar este ritual que son propias de cada lugar, con mucha diversidad. Incluso muchos lugares no utilizan la palabra Pachamama.
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Lo esencial, dice, es comprender “que no se trata de una práctica exótica ni de una práctica folclórica ni un espectáculo”.
—Se trata de un vínculo con la tierra. De entender que la macetita que está en el fondo o que el parque al que vamos con nuestras mascotas o el cemento por el cual caminamos en una ciudad esconde abajo una tierra que nos sostiene, que nos brinda oxígeno, que nos brinda sombra y gracias a la cual estamos vivos. Y ese honrar a la Pachamama es posible en todos los lugares durante todo el año y sin ninguna foto de por medio.

Los historiadores no lograron asignarle a esta celebración un origen definitivo. Pero coinciden en una cosa: sus raíces pueden rastrearse hasta épocas precolombinas, es decir, anteriores a la llegada de los conquistadores europeos al continente. Y también señalan lo que menciona Lourdes: la fecha del año para honrar a la madre tierra coincide con la época de sequía, en la que los suelos descansan antes de que irrumpan las lluvias y se reinicie el ciclo de la cosecha.
Para los pueblos andinos radicados en Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú —y en geografías diversas donde sus integrantes se han asentado—, la Pachamama es una divinidad que además de ser la protectora de la agricultura es el fundamento de la civilización. Pacha es una voz de origen quechua que representa toda una cosmovisión: no es solo la tierra: es el planeta, pero también el universo, el espacio y el tiempo. Mama remite a la madre: el origen.
Desde el primer día y a lo largo de todo el mes de agosto se realizan los rituales de ofrendas a la tierra. Los hay individuales, familiares o comunitarios y suelen acompañarse con música y danzas tradicionales. La celebración gira en torno a la gratitud hacia la Pachamama por todo lo que brinda a los pueblos para su subsistencia. En las ceremonias, lideradas por las personas que ostentan mayor sabiduría y mayor edad de la comunidad, los participantes se comprometen a ser buenos huéspedes de la Tierra.
Para hacer la ofrenda, en algunos territorios se abre un pozo por donde se alimenta y se da de beber a la Pachamama; en otros se quema lo ofrecido o se hacen ambas. En algunas provincias del noroeste argentino, como Jujuy y Salta, principalmente en los rituales de origen quechua, los alimentos se colocan en una olla de barro que luego es enterrada.
Los pueblos guaraníes introdujeron en el nordeste la tradición de consumir aguardiente de caña con una rama de ruda macho para alejar los males del invierno y proteger la salud. La costumbre indica que hay que preparar la bebida con antelación y beber tres pequeños tragos en ayunas cada primero de agosto.

—Nosotros, el 31 de julio a la noche, vamos a hacer lo que se llama: “la velada de la olla”, que es esperar juntos, como comunidad, la llegada del primero —dice Lourdes, y detalla la actividad organizada por la comunidad indígena diaguita de El Mollar, de Tucumán, para recibir el Día de la Pachamama—. Nos vamos a reunir y este año vamos a hacer algo particular que es proyectar la película Nuestra Tierra, de Lucrecia Martel, en el territorio comunitario. Pasada la medianoche empieza el sahumo de sanación: se cree que es un día en el cual hay una una tierra que está muy atenta y muy poderosa para quienes se acercan, y las personas que saben curar en nuestras comunidad van a realizar un sahumo, que es un fueguito en el cual se van poniendo distintas plantas que sirven para para limpiar, para sanar.
Después de ese ritual, cuenta, van a compartir una comida y a pasar la noche en una vigilia
con música para esperar “los primeros rayos del sol”. Una vez haya amanecido van a tomar un té con ruda.
—Tiene mucho sentido que pasemos la película Nuestra Tierra este año porque la tradición de la Pachamama está íntimamente relacionada con el territorio y justamente porque lo consideramos sagrado, nuestra medicina, nuestro alimento, nuestra fiesta, nuestro velorio, todo nuestro ser está puesto ahí y es por eso que también lo defendemos cuando personas que tienen papeles pero que no viven en los lugares vienen a sacarnos. Por eso este agosto la honramos oponiéndonos a la ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Porque la tierra privada y en manos extranjeras es lo opuesto a la Pachamama.
Lourdes hace hincapié en la defensa de la tierra, en la lucha contra la apropiación a manos de quienes buscan explotarla y, en muchos casos, quitarles un sitio en el que habitan antes que nadie.
—La Pachamama no es un pedazo de tierra sin nombre en medio del cemento, donde se hace un pozo que se usa para sacar fotos una vez al año. Pachamama es una forma de ser en el mundo que se hereda, que nos cría… Una forma de vivir bien. Una vida por la que vale la pena vivir, y que defendemos hasta morir. Una disputa por otras civilizaciones posibles. La filosofía andina es profundamente interdependiente de todos los seres. Reciprocidad, complementariedad, dualidad, siempre requieren un otro. Habita en el sagrado equilibrio de todo lo que existe. Para quienes no conozcan esta tradición y quieran honrarla, les invito a acercarse a los pueblos nativos y preguntar cuáles son sus sueños. Así se previenen genocidios: reconociendo a quienes son diferentes como seres con derecho al futuro.
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