
Ese potrero detrás del galpón que albergaba a las cocinas de campaña que daban de comer a los hombres de la Compañía de Ingenieros 9, era escenario de picados entre algunos de los soldados que buscaban distraerse cuando no tenían una tarea asignada y no habían comenzado los bombardeos británicos.
La pasión futbolera había llegado a Bahía Fox, en la costa sudeste de la isla Gran Malvina que, con Puerto Yapeyú, son los dos puntos más poblados en ese archipiélago. Y en esos partidos sobresalía la pegada con bota de goma del soldado Guillermo Roberto Carrera, que sacudía con una fuerza especial a la número cinco, de cuero, profesional, que tiene tanta historia detrás que, más de cuarenta años después, se ganó un lugar en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.
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Juan Carlos Gamba, soldado conscripto clase 1963, oriundo de la ciudad cordobesa de Bell Ville, hacía un mes que lo habían incorporado en la Compañía de Ingenieros 9 para cumplir con el servicio militar. Para matar el ocio de los domingos, le escribió a su hermana Susana, que trabajaba en la fábrica de pelotas donde realizaba retoques de pintura de terminación para disimular las costuras, que le mandase una. Cuando le llegó, le pidió al cabo primero Luis Alberto Albornoz que la guardase.
Casi no la usaron en el cuartel, ya que habían intensificado la instrucción militar y no había tiempo. El propio Gamba se la terminó regalando al suboficial.
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Movilizada la unidad, en Comodoro Rivadavia se enteraron que volarían a las islas Malvinas, recién recuperadas. El 5 de abril, a las cuatro de la tarde, el jefe de la Compañía de Ingenieros 9, el mayor Oscar Minorini Lima con parte de sus efectivos desembarcó en Bahía Fox, en la Isla Gran Malvina, ocupando y asegurando la margen este, mientras que el regimiento 8 hizo lo propio, pero en el oeste.
Albornoz sorprendió a Gamba cuando le dijo “Juan, mirá lo que traje”, y le mostró la pelota.
El entonces soldado Carrera, nacido en Pascanas, Córdoba, contó que junto a Pedro Ferrando, eran los cocineros de la compañía. Trabajaban con la cocina de campaña que estaba dentro de un galpón. Detrás había una suerte de potrero donde, cuando se podía, se armaban partidos de fútbol.
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La mala suerte hizo que a la semana de estar en Malvinas, a Carrera se le despegaron los borceguíes, y los reemplazó con botas de goma. No le importaba demasiado que calzase 41 y que las botas fueran 40, que le doliesen los pies y que sacarselas fuera un verdadero sacrificio.
Lo que recuerda este cordobés que siempre jugó de 2, de 3 o de 6 en el Club Atlético Pascana, es la pegada que tenía con ese calzado, que le mantenía los pies secos.
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El que se oponía a esos picados improvisados era el subteniente ingeniero Leandro Villegas, recién egresado del Colegio Militar. Era el jefe de una sección que compartía con sus soldados la vida en los pozos de zorro.

No sufrieron el aislamiento del regimiento 5, asentado más al norte en Puerto Yapeyú. Contaban con una comida caliente al día, en una oportunidad de un avión Hércules les arrojaron provisiones y cada tanto algún barco dejaba alguna carga.
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Villegas y su sección fueron los encargados de recrear baterías de cañones simulados. Minorini Lima –quien había hecho estudios sobre fotointerpretación aérea- le indicó cómo debía armarlos para engañar a los británicos, y le dijo que lo hiciera de noche, para evitar el monitoreo enemigo. A oscuras, con intenso frío, iban al pueblo en busca de caños, algunos de fibrocemento, pesadísimos, y ruedas en desuso. Luego los disponían en distintas posiciones y los disimulaban con redes de enmascaramiento. Junto a estas estruturas incluían un tanque de combustible. Cuando los aviones de reconocimiento ingleses detectaban lo que ellos veían que era artillería, daban la orden a fragatas para destruirlos. Las explosiones de los tanques de combustible daban más verosimilitud a la destrucción de las supuestas piezas.

Esos bombardeos -calculan que en total cayeron unos tres mil proyectiles- no produjeron ninguna baja, salvo que en una oportunidad resultó herido un soldado del regimiento 8 y un tripulante del buque Río Carcarañá.
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Cuando se decretó el alto el fuego, los de la fragata inglesa Avenger se rieron de buena gana cuando se enteraron del engaño argentino, y del dinero que ellos decían le habían hecho gastar a la reina.
Cuando la guerra terminó, Gamba estuvo un par de años en su casa, sin salir. Decidió entrar a la policía de Córdoba, donde estuvo 17 años, cuando pidió el retiro. Se casó, formó una familia con hijos y nietos y se dedica a manejar un camión, donde transporta cereal, y para él es una terapia que lo ayuda a no pensar tanto.
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En una oportunidad Albornoz lo llamó y le mandó una fotografía de la pelota. Se la había traído. Su historia no terminaría allí.
Cuando regresó de Malvinas, Albornoz se casó en 1985 con Mónica Felice, con la que se conocían de muy chicos, y tuvieron a Roxana. Se trataba por estrés post traumático y contaba poco de la guerra, porque le hacía mal recordar.
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Consiguió trabajo como supervisor en Sevel, donde estuvo hasta 1996, cuando cerró y fue su hija quien lo convenció de que tramitase la pensión de veterano. En el fondo de la casa abrió un negocio de comida mientras su esposa estudiaba repostería. Hacía tortas, facturas, y por mucho tiempo ellla dormía día por medio.
Albornoz se empleó como auxiliar en la Escuela 19, y los alumnos siempre le demostraban cariño. Sin contarle nada a nadie, ayudaba a gente que lo necesitaba, ya sea con mercadería como con dinero para aquel veterano que no podía llegar a fin de mes.

Alquiló una casa en Moreno donde abrió un museo de Malvinas y visitaba habitualmente Campo de Mayo, donde todos lo conocían, para pedir objetos y material para exhibir. Cuando el intendente fue a inaugurarlo, a él no lo invitaron. Actualmente, funciona en un edificio nuevo en Paso del Rey.
No se perdía ningún desfile, al que iba acompañado por su esposa y su hija. Amante de las motos, tenía una “más larga que un coche”, describió su mujer.
Cuando ella se recuperó de una operación, se fue de viaje en moto junto a dos amigos, Hugo y Alfredo, uno de ellos también veterano, ya que hacía tiempo decía que era un sueño por cumplir. Mientras tanto había iniciado los trámites jubilatorios de la escuela. Muchos allegados le recomendaban que no fuera, estaba excedido de peso y padecía diabetes.
Mandó fotos de Machu Picchu, a un policía que los alojó en Ecuador le regaló su reloj y la cadenita con las Malvinas, y de suerte un motociclista les proveyó de nafta en Bolivia porque nadie le quería vender a los extranjeros.
Por Jujuy, mordió unas piedras, cayó en un pozo, se golpeó la cabeza y falleció en el acto. Era el 15 de diciembre del 2023. Trajeron su cuerpo en ambulancia cubierto con la bandera argentina que había llevado, en la que la esposa había pintado a las islas de verde.
En su honor, sus amigos lograron que las autoridades declarasen el 15 de diciembre el día del Motociclista Veterano de Guerra.
En cuanto a la pelota, el pasado 20 de marzo fue donada al Museo de Malvinas, junto con el chaleco de Albornoz, los borceguíes de Liliana Colino, enfermera de la Fuerza Aérea, y el uniforme del soldado José Badolato, integrante de la primera sección de la compañía B del Regimiento 7. Se exhiben en la sala que recientemente fue bautizada con el nombre de “Julio Rubén Cao”, el maestro de escuela que fue como voluntario a la guerra, y caído en el combate de Monte Longdon el 10 de junio.
Carrera también entró a la policía cordobesa, donde estuvo 25 años, “con el legajo en blanco”, aclaró orgulloso. Sigue jugando al fútbol en la categoría “super senior” y hace poco obtuvieron el campeonato que se les había escapado el año pasado.
Cuando se le preguntó qué era Malvinas para él, se emocionó. Respondió que era “todo”, y que le había dado un montón de hermanos, lazo que realimentan los fines de semana largo del 12 de octubre, cuando los camaradas de la Compañía de Ingenieros 9 se reúnen.
Gamba aseguró estar “orgulloso de haber ido a Malvinas y por haber defendido a la patria. Aprendí muchísimo, especialmente a respetar y a valorar. Malvinas me marcó mucho”.
“Nunca creí que esa pelota llegaría a Malvinas y que tuviera su propia historia”, se sorprendió. Y menos que aún diera que hablar.
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