
“Su sola presencia infundía terror. Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que nosotros también fuimos víctimas (…) Portar un apellido así es como que te obliga a sostener lo que hizo, y eso no se lo permito más. Aparte, nunca existió un vínculo real con él. Me produjo inconmensurables angustias, huellas de traumas infantiles, a eso se le suma lo que todos nos fuimos enterando sobre su rol criminal en el terrorismo de Estado. Fue la encarnación del mal en todos los ámbitos”, dijo de Miguel Etchecolatz su propia hija cuando decidió cambiar su apellido para dejar de vivir bajo su sangrienta sombra.
Cuando el excomisario Etchecolatz murió, a los 93 años, el sábado 2 de julio de 2022 seguía sin haber dado una sola muestra de arrepentimiento por los crímenes que cometió durante la dictadura. Al contrario, continuaba jactándose de ellos cada vez que debió sentarse en el banquillo de los acusados en los nueve juicios por delitos de lesa humanidad en los que fue condenado a prisión perpetua, en 1986, 2004, 2006, 2014, 2016, 2018, 2020, 2021 y 2022, y que fueron unificadas en una pena única de reclusión perpetua. No solo eso, era evidente que gozaba ocultando la información que podría haber por lo menos aliviado el dolor de las familias de sus víctimas.
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El rol de Etchecolatz
Su papel en el aparato del Estado terrorista instalado en la Argentina después del 24 de marzo de 1976 se puede definir en pocas palabras: fue el hombre clave del “Circuito Camps”, montado por el coronel Ramón Camps cuando se hizo cargo de la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Como el policía de mayor jerarquía y mano derecha del militar, Etchecolatz se convirtió en el verdadero jefe operativo del aparato represivo bonaerense en el marco del plan sistemático de desaparición de personas perpetrado por la dictadura.
Como tal manejó una red de 29 Centros Clandestinos de Detención y Tortura (CCDyT), la mayoría de ellos ubicados en dependencias de la propia policía bonaerense, en los que estuvieron detenidas ilegalmente –y en muchos casos nunca más aparecieron– miles de personas. Chupaderos como “Arana”, “El Pozo de Banfield”, “El Pozo de Quilmes”, “Comisaría Quinta”, “Puesto Vasco”, “El Sheraton” y el más sofisticado de todos, “La Cacha”, formaron parte de sus dominios.
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Por ellos pasaron, entre muchas otras víctimas de la represión ilegal, los estudiantes secuestrados en “La Noche de los Lápices”; el director del diario La Opinión, Jacobo Timerman; los integrantes del Grupo Graiver y el llamado “Grupo de los 7″, los jóvenes militantes detenidos-desaparecidos a quienes el capellán de la Bonaerense, el cura Christian Von Wernich, pretendió hacer colaborar mediante engaños y promesas de libertad.
El siniestro funcionamiento del “Circuito Camps” ha sido reconstruido en detalle por los sobrevivientes en sus declaraciones durante los juicios de lesa humanidad. Una vez secuestradas por los grupos de tareas, a las víctimas se las trasladaba a los diferentes centros clandestinos –podían pasar por varios de ellos– donde eran torturadas e interrogadas, en ocasiones durante meses. Luego se decidía su destino: unas pocas eran liberadas, otras eran desaparecidas y en muchos casos se las asesinaba y luego se fraguaban las circunstancias de sus muertes, haciéndolas pasar como “abatidas en un enfrentamiento”. Para esto último, los médicos de la morgue policial firmaban falsos certificados de defunción que permitían sus enterramientos “legales” como NN en el Cementerio de La Plata y los de otras localidades de la provincia.
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Testimonios estremecedores
El genocida Etchecolatz era un confeso admirador del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, pero a diferencia de su ídolo, que manejaba el exterminio desde el cómodo escritorio de su despacho, prefería participar de las torturas y los asesinatos luego de que sus grupos de tareas secuestraran a las víctimas.
Su manera de actuar fue descripta con terrorífica precisión por Jorge Julio López cuando declaró en uno de los juicios del “Circuito Camps”. Frente al tribunal, López relató los tormentos a los que lo había sometido el propio comisario: “Subila, subila un poco más (a la picana) que este gringo que está acá en la parrilla, que este en otro lado donde yo lo picaneé se dio vuelta, porque allá era floja (la picana)’. Y se me ponía cerca, pero con una capucha, una capucha peluda y de mono. ‘¡Hacete el guapo como te hiciste aquella noche!’, me decía el comisario. Resulta que ese día a mí no me hacía mucho la picana porque era con batería. Sentía el cosquilleo. ‘Ahora acá vas a sentir’, me decía a mí. Y les pedía a los otros: ‘Prendela directo desde la calle la máquina’”, explicó López a los jueces. “¿Quién le decía esto?”, le preguntó uno de los magistrados a López y el testigo, sin dudar, señaló al excomisario sentado en el banquillo.
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En su testimonio, López también contó cómo habían matado a otros dos detenidos en presencia del comisario en el mismo centro clandestino. “A eso de las 11 o 12 de la mañana, aparece Patricia Dell’ Orto toda torturada con el marido. Patricia no respondía, el marido estaba tirado todo lastimado. A ella de un mechón la arrastraron y le sacaron. Sangraba, todos estaban deshechos. Después la ataron a un palenque y la tenían atada enfrente de donde estábamos nosotros. Y al marido lo pateaba Gómez, el jefe, y le decía: ‘Levantate que acá hay muchos muchachos montoneros y les va a dar vergüenza que un jefe sea tan flojito, que esté tirado’”, relató.
Luego de brindar esa declaración ante el tribunal, Jorge Julio López fue desaparecido por segunda vez, ahora en democracia. Lo secuestraron el 18 de septiembre de 2006, cuando salió de su casa para dirigirse al tribunal que ese día iba a dictar una nueva sentencia contra Etchecolatz. Desde un primer momento se sospechó que el ladero de Camps había sido el ideólogo en sombras de ese secuestro. Él mismo se ocupó más adelante de darle cuerpo a esa sospecha. A fines de octubre de 2014, el ex director de Investigaciones de la Bonaerense enfrentaba el tramo final de otro juicio como acusado, frente a un tribunal presidido por Carlos Rozanski, el mismo que lo había condenado después de escuchar el testimonio de López.
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Durante ese nuevo proceso judicial el comisario genocida perpetró quizás la mayor burla de las que hizo objeto a los familiares de sus víctimas. En el momento en que se leía la sentencia que lo condenaba a prisión perpetua, tomó un pequeño papel y lo desplegó. Al terminar la lectura del fallo, pretendió entregárselo al Tribunal, pero se lo impidieron. Leo Vaca, un fotógrafo de la agencia Infojus que estaba cubriendo el juicio, hizo foco con su cámara en el papelito y disparó. En el papel, Etchecolatz había escrito, de puño y letra: “Jorge Julio López”. Estaba dando un mensaje siniestro: Yo sé lo que le pasó, pero no se los voy a decir.

El genocida provocador
Otro de los innumerables secretos que el genocida Etchecolatz se llevó a la tumba fue el destino de Clara Anahí, la nieta de Chicha Mariani, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. En 2011 – tres años antes del episodio del papelito siniestro con el nombre de López –, durante otro juicio, pidió la palabra y aseguró que podía “aportar datos y elementos de prueba sobre el destino de Anahí Mariani”. El anuncio despertó expectativas, pero se trató de otra de sus crueldades. Si alguien podía conocer el destino de la nieta de Chicha era Etchecolatz, que había dirigido personalmente el operativo del 24 de noviembre de 1976 durante el cual la niña, de apenas 3 meses, fue secuestrada tras la muerte de su madre, Diana Teruggi, y de otros cuatro militantes que estaban en la “Casa de los Conejos” de la calle 30 entre 55 y 56 de La Plata.
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Se trataba de otra dolorosa burla, porque cuando el tribunal le pidió que aportara esa información, Etchecolatz se negó a seguir declarando. No dijo nada más. “No tengo dudas de que sabe todo porque él estaba ahí arriba del techo de los vecinos con otros policías. Sabía todo lo que pasaba, estuvo ahí junto con Camps arriba del techo, en pleno ataque a la casa, yo sé que sabe, tiene la obligación de saber porque era uno de los jefes. Es de una perversidad tan grande que no me alcanzan las palabras para decir lo que siento en este aspecto. Es como el puñal final que hunden en el corazón de una persona”, dijo una desolada Chicha Mariani después de la audiencia.
La de mostrar que sabía -cómo no saber si él mismo había perpetrado los crímenes – y luego negarse a dar información para torturar, aun estando preso, a los familiares de las víctimas, era una de sus actitudes recurrentes durante los juicios. En uno de los últimos, en 2020, se negó a declarar sobre la suerte corrida por unos quinientos desaparecidos en tres centros clandestinos que estaban bajo su órbita con la excusa de que quienes lo juzgaban no eran los jueces que correspondían. “¿Ante quién voy a declarar? Ustedes no tienen autoridad para actuar. Necesito que me interroguen los jueces que estaban en ejercicio de sus funciones en ese momento. Hay mucho para declarar de esos acontecimientos que pusieron en peligro a la patria, pero no lo puedo hacer ante ustedes”, los desafió.
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No sólo desautorizó a los magistrados, sino que en esa ocasión llegó a burlarse elípticamente de ellos, diciéndoles que gracias a hombres como él estaban vivos: “¿Creen que estarían presentes si hubieran triunfado los idealistas jóvenes que pretendían tomar el poder de las armas? Usted – agregó señalando al presidente del tribunal - sería fusilado por ser integrante de la burguesía judicial y quien les habla fusilado por ser policía. Ustedes procésenme, me van a condenar, eso no me lastima para nada, no siento dolor, sino tristeza de cómo se maneja la Justicia argentina. Dicen que yo maté, usan esa palabra hiriente; y yo no maté, yo batí en combate que es distinto, yo respondí a la agresión con el personal que tenía, murieron muchos de los nuestros y de esos pobres jóvenes equivocados o mal orientados”, dijo.

La última declaración de Etchecolatz antes de su muerte fue el 11 de marzo de 2022, frente al Tribunal Oral Federal 1 de La Plata que lo juzgaba por crímenes en Pozo de Arana. Allí montó un número desplegando un banderín con los colores de la bandera ucraniana y dijo: “Soy víctima de un juicio de venganza y ensañamiento”. Después hizo una insólita comparación entre la resistencia ucraniana a las tropas rusas y el genocidio perpetrado por la dictadura contra quienes, según él, pretendían “instalar el comunismo, como están haciendo en Ucrania”. Y terminó, pomposo y desafiante, con las que serían sus palabras finales en público: “La historia y Dios me absolverán”.
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“Un apellido teñido de sangre y horror”
Cuando hizo esa última declaración, hacía años que Miguel Etchecolatz había sido repudiado por su propia hija, horrorizada por la magnitud de los crímenes perpetrados por su padre. En 2014, Mariana Etchecolatz solicitó cambiar su apellido ante un juzgado de Familia de la Ciudad de Buenos Aires. “Debiendo verme confrontada en mi historia casi constantemente y no por propia elección al linde y al deslinde que diferentes personas, con ideas contrarias o no a su accionar horroroso y siniestro pudieran hacer sobre mi persona, como si fuese yo un apéndice de mi padre, y no un sujeto único, autónomo e irrepetible, descentrándome de mi verdadera posición, que es palmariamente contraria a la de ese progenitor y sus acciones (…) Permanentemente cuestionada y habiendo sufrido innumerables dificultades a causa de acarrear el apellido que solicito sea suprimido, resulta su historia repugnante a la suscripta, sinónimo de horror, vergüenza y dolor. No hay ni ha habido nada que nos una, y he decidido con esta solicitud ponerle punto final al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror, ajeno a la constitución de mi persona. Pero además de lo expuesto, mi ideología y mis conductas fueron y son absoluta y decididamente opuestas a las suyas, no existiendo el más mínimo grado de coincidencia con el susodicho. Porque nada emparenta mi ser a este genocida”, escribió en el pedido que presentó al tribunal y le fue concedido.
Los últimos días de junio de 2022, Miguel Etchecolatz fue trasladado desde la Unidad 34 de Campo de Mayo, donde cumplía su pena de reclusión perpetua, a una clínica de la localidad bonaerense de San Miguel. Allí murió a las 5.30 de la mañana del sábado 2 de julio. Tenía 93 años y hacía mucho tiempo que el jefe operativo del “Circuito Camps” había perdido todo vínculo con su familia cercana. Sus otros hijos también habían logrado cambiar legalmente sus nombres y su exesposa ya no vivía en el país donde el apellido Etchecolatz simboliza como pocos el genocidio perpetrado por la última dictadura.
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