El ataque al Sheffield: volar al ras del agua, la letalidad de los Exocet y una compleja misión cumplida a la perfección

Cuando un avión de exploración captó la presencia de tres naves enemigas, se inició una misión de ataque conformada por dos Super Etendard armados con misiles Exocet, que fue de tal calidad que es estudiada en las academias militares del mundo. En homenaje a este hecho, el 4 de mayo fue instituido como el día de la Aviación Naval

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El Sheffield presa de un incendio, a causa del impacto de un misil Exocet (AP)
El Sheffield presa de un incendio, a causa del impacto de un misil Exocet (AP)

En la mañana del martes 4 de mayo se había ordenado un vuelo de exploración sobre Puerto Argentino para comprobar si era seguro el ingreso de tres aviones Hércules que despegarían de Comodoro Rivadavia.

Se usó un avión Lockheed Neptune, tripulado por diez hombres, al mando del capitán de corbeta Ernesto Proni Leston. Construido al final de la Segunda Guerra Mundial, eran naves usadas para búsqueda antisubmarina. Era uno de los pocos que aún volaban, con instrumental que superaban los treinta años de antigüedad. A pesar de que en el resto del mundo ya eran piezas de museo, había dos de ellos en el teatro de operaciones.

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El Neptune despegó a las 4 y cinco de la mañana con la orden de posicionarse al sudoeste de Puerto Argentino.

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La dotación del Neptune, que fue clave en la detección del buque británico

Ese día desalentaba a cualquier persona que quisiera volar. Chaparrones, niebla, fuertes vientos y una espesa nubosidad que reducían la visibilidad invitaban a quedarse en tierra. Sin embargo, era ideal para los aviones de combate, ya que había menos probabilidades de ser detectados por el enemigo.

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Para los británicos, no fue una jornada productiva. Antes del amanecer un avión Vulcan había arrojado bombas de mil libras para destruir la pista en Puerto Argentino. Pero el proyectil que cayó más cerca fue a unos sesenta metros de la cabecera oeste y solo logró sobresaltar a la guarnición del regimiento de infantería 25.

Los Super Etendard en la guerra de Malvinas. Cada uno llevaba un Exocet bajo el ala derecha
Los Super Etendard en la guerra de Malvinas. Cada uno llevaba un Exocet bajo el ala derecha

Del portaaviones Hermes se despacharon tres Sea Harrier para atacar el aeródromo de los Pucará en Darwin. Dos fueron derribados por la tercera sección de la Batería B del GADA 601 y un tercero arrojó una bomba y escapó del lugar

Cuando el 1 de mayo la Fuerza Aérea desplegó 57 misiones, el vicealmirante John Sandy Woodward, comandante de la Task Force británica, eligió la prudencia: dio la orden de que la flota se situase en un lugar más alejado del alcance de los aviones argentinos.

Bedacarratz y Mayora, los dos pilotos que protagonizaron el ataque
Bedacarratz y Mayora, los dos pilotos que protagonizaron el ataque

Los buques se habían dispuesto en una formación habitual como para defenderse de un ataque aéreo. Los portaaviones Hermes y el Invincible estaban protegidos por los destructores Sheffield, Coventry y Glasgow. Entre ellos y los destructores estaban las fragatas Arrow, Yarmouth y Alacrity y el destructor Glamorgan. Detrás tres buques menores fueron dispuestos para confundir a los radares argentinos.

Ese 4 de mayo desde el Hermes, los británicos no tenían señales claras de la inminencia de un ataque a la flota.

El destructor Sheffield había sido botado en 1971. El armamento que disponía para defenderse de un ataque aéreo constaba de misiles Sea Dart, un cañón Vickers de 4,5 pulgadas y dos cañones de 20 mm. Nuestro país tenía dos destructores de ese tipo, el Hércules y la Santísima Trinidad.

La salida del intenso humo negro brinda la perspectiva del lugar donde impactó el misil
La salida del intenso humo negro brinda la perspectiva del lugar donde impactó el misil

El Sheffield tenía una tripulación de 288 hombres, quienes hacía cinco meses que estaban a bordo. Venía de realizar maniobras en el Mediterráneo y su capitán era James Salt, cuyo papá, capitán del submarino Triad, fue declarado desaparecido en la segunda guerra. El propio Woodward había sido su primer comandante.

A las seis y cinco de la mañana, el Neptune, que participaba de vuelos en búsqueda de náufragos del Crucero General Belgrano, detectó por radar a un buque enemigo a unas 90 millas y dos horas después comprobó que navegaba hacia el norte. A las 8:45 la pantalla del radar indicó tres buques, dos medianos y uno grande. Reportó el hallazgo y se decidió atacar.

Esa mañana, en la base de la aviación naval de Río Grande, la escuadrilla se preparó para el vuelo, se determinó el lugar de reabastecimiento en aire y determinaron el perfil de ataque.

Sheffield.
El mismo día del ataque, por la noche, el gobierno inglés comunicó el ataque al destructor. La noticia dio la vuelta al mundo

A las nueve de la mañana comenzaron a alistar dos Super Etendard, armados con misiles Exocet AM 39. En 1979 nuestro país había cerrado una operación con Francia para la adquisición de 14 de esos aviones a la Dassault-Breguet para renovar a los Skyhawk A4Q. Asimismo se habían comprado misiles Exocet.

A fines de 1981 llegaron cinco aviones y cuando estalló la guerra el resto permaneció en un depósito naval en Francia.

Francia tranquilizó a Gran Bretaña sobre los misiles, informándole que para ser disparados restaba hacerles una puesta a punto, que había quedado pendiente. No contaban que los técnicos de la Armada habían podido subsanar los inconvenientes planteados en ese sentido.

Los cuatro Super Etendard esperaban su momento de entrar en acción en la base aeronaval de Río Grande, en la II Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, cuyo jefe era el capitán de navío Jorge Colombo. Un quinto avión se usó para repuestos.

El logo de la unidad pintado en el fuselaje del Super Etendard Guerra de Malvinas. Hundimiento del Sheffield
El logo de la unidad pintado en el fuselaje del Super Etendard Guerra de Malvinas. Hundimiento del Sheffield

El avión 3-A-202 estaba piloteado por el capitán de corbeta Augusto Bedacarratz, guía de la formación y segundo comandante de la escuadrilla y el otro, el 3-A-203 por el teniente de navío Armando Mayora, numeral, quienes ya habían volado junto y se entendían muy bien. Despegaron a las nueve y media de la mañana en medio de muchos “viva la Patria” y de aliento a los pilotos.

Primero lo hizo Bedacarratz; diez segundos después, Mayora. Los acompañó un Hércules, que debía reabastecerlos en aire.

Dos caza bombarderos Mirage M-5 Dagger de la Fuerza Aérea les brindarían protección durante un tramo, mientras dos Lear jet del Escuadrón Fénix -aviones civiles sin artillar- volaron para mostrarse en los radares ingleses con el propósito de distraer a los Harriers.

Volaban bajo, casi al ras del agua para no ser detectados por los radares enemigos. La orden fue apagar la radio y la comunicación entre los pilotos eran por señas. Concentrados, minuto a minuto repasaban mentalmente todos los detalles de la misión que habían planificado minuciosamente en tierra.

A 240 kilómetros al oeste de Malvinas completaron sus tanques de combustible con el Hércules KC-130 al mando del vicecomodoro Eduardo Pessana que los esperaba en el lugar convenido. Las dos máquinas continuaron su vuelo rasante. El avión Neptune, luego de transmitirles la posición de dos buques medianos y uno grande, había virado hacia el sur, simulando que se dirigía al lugar donde había sido hundido el crucero General Belgrano y volvió al continente.

El momento culminante fue cuando, a unos 180 kilómetros del blanco, los aviones descendieron casi al ras del agua. En esa instancia volaban sin escolta, porque lo que primaba era el factor sorpresa.

A una distancia de unas 50 millas, ascendieron a dos mil pies, y no vieron nada y volvieron a bajar. Unas veinte millas después, volvieron a elevarse y dieron con un blanco grande y otro más pequeño. Bedacarratz ordenó ir los dos por el grande.

La única duda era si el misil funcionaría. Los pilotos armaron los proyectiles para que impactasen en el blanco que aparecía más grande. Treparon para emitir con el radar y confirmar la dirección, con el enorme riesgo de ser detectados por los británicos.

A 25 kilómetros de donde estaban las naves, Bedacarratz dio la orden de disparar. Eran las 11:04. Por el ruido, Mayora no alcanzó a escucharlo y disparó su misil cuando vio que lo hacía su compañero.

Ese segundo y medio que demora el Exocet en desprenderse y encenderse les pareció eternos, ansiosos y expectantes.

Los pilotos sintieron el sacudón del avión cuando el misil -que se transporta debajo del ala derecha- se desprendió. Se lanzó a 550 nudos -cerca de los mil kilómetros por hora- y a una altura de 150 metros para evitar que fuera por debajo del agua.

Las dos máquinas viraron violentamente a la derecha y emprendieron el regreso. El Hércules los esperó para un nuevo reabastecimiento, pero los hombres respondieron que tenían combustible suficiente.

En el buque, un oficial de guardia oteaba el horizonte con sus binoculares y de pronto vio algo que brillaba, que se acercaba. Atinó a gritar “¡Torpedo!“, pero otro oficial se acercó y corrigió: ”No, Exocet".

La velocidad del proyectil hizo que en el Sheffield lo detectaran unos segundos antes del impacto. Solo alcanzó para dar una sola orden. “¡Cúbranse!”. El misil ingresó en el medio, por estribor, justo en el compartimento dos. Entró a unos cuatro metros por debajo de la cubierta y explotó para afuera y para arriba. Fue a nivel de la cubierta 2 sobre estribor, entre la cocina, la sala de máquinas auxiliar y la de turbinas delantera. Woodward describió que el daño de la explosión había llegado a la estructura inferior del puente y el centro de la nave se llenaba de un espeso humo negro.

El otro misil se habría perdido en el mar cuando se le terminó el combustible aunque se asegura que también había hecho impacto.

De todas formas, el misil paralizó a todo el buque.

Se declaró un importante incendio que afectó a las bombas de agua, y no había forma de combatirlo. La cubierta comenzó a tomar temperatura que los hombres percibían en los pies, aun con los calzados y la pintura se ampollaba. El metal alrededor del boquete que había abierto, estaba rojo candente. Se temió que el incendio llegase a la santabárbara donde estaban almacenados los misiles Sea Dart.

El humo negro, con penetrante olor acre, inundó el buque y varios hombres murieron por su inhalación.

Los británicos temían un ataque submarino y desde el Glasgow se arrojaron cargas de profundidad.

Jorge Luis Colombo
Poco después de la guerra, varios miembros de la Escuadrilla posan en Espora delante del Super Étendard 3-A-202. De izq. a der. Rodriguez Mariani, Collavino, Curilovic, Colombo, Agotegaray, Francisco y Bedacarratz

Después de cinco horas, se resolvió que el buque era irrecuperable y fue alejado de las otras naves. A las 17:50 su capitán ordenó abandonarlo. Seis días después se lo intentó remolcar a las Georgias, pero dio una vuelta de campana y se hundió. Era el primer buque británico hundido en combate desde el fin de la segunda guerra mundial.

Tuvo 20 muertos -un herido moriría días después- y 63 heridos. La fragata Arrow rescató a los sobrevivientes.

Los pilotos aterrizaron en Río Grande minutos después del mediodía, sin saber si habían dado en el blanco. Les dieron las gracias a la tripulación del Neptune. La confirmación llegaría a través del noticiero de la BBC de las nueve de la noche cuando el portavoz del ministerio de defensa Michael Nicholson se encargó de confirmar el ataque, que le dio la pauta a los británicos que no todo sería tan sencillo como habían imaginado.

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