
“Todas tuvimos una abuela que, en algún momento, apareció con unos aros de oro y nos dijo que los guardáramos. Que no eran para usar. Que ante cualquier emergencia podíamos venderlos. Las mujeres venimos de eso. ¿Qué tipo de manejo del dinero podemos tener si todo el conocimiento que se nos dio fue en el plano doméstico y vincular?”, se pregunta Laura Visco.
Visco tiene 45 años y no se presenta como experta en finanzas ni como economista. Viene de la publicidad y de una relación con el dinero construida más por experiencia que por manuales. Desde los 19 —dice— aprendió a gestionar su dinero para alcanzar una independencia económica que hoy intenta transmitirle a otras mujeres de manera directa, como una amiga más.
“El lenguaje que se usa cuando se le habla a la mujer sobre números es completamente distinto al que se usa con los hombres”, plantea en charla con Infobae. “Mientras ellos reciben consejos para crecer, a nosotras nos enseñan a achicarnos y ordenar gastos: ‘No te tomes el cafecito’ o ‘Aprovechá tal descuento’. Cero pensar en grande, cero pensar a largo plazo. La mujer aparece como una figura infantil, errante, incapaz de manejar una tarjeta de crédito sin desbordarse”, agrega.
Instalada fuera del país desde 2008 y actualmente en Barcelona, después de más de veinticinco años de carrera, Visco decidió correrse del mundo de la publicidad y apostar por otra vida: la autoral. Así nació Amiga, hablemos de plata, un proyecto que afloró en mayo de 2024 como libro y hoy es una gran comunidad. La propuesta es que las mujeres naturalicen hablar de dinero. “Si le dedicáramos apenas el uno por ciento de lo que hablamos de amor a hablar de plata, seríamos millonarias”, resume Laura.

Cómo empezó todo
Laura creció en una familia argentina de clase media y, según cuenta, comenzó a pensar seriamente en el dinero a partir de una experiencia temprana. “A nosotros, la crisis del 2001 nos revolcó un año antes porque mi padre se había endeudado de múltiples maneras y tuvimos que vender la casa”, dice. Aunque en ese momento ella tenía 19 años, tuvo que sentarse a entender qué había pasado y a tomar decisiones. “Fue un cachetazo de realidad”, resume.
A partir de ahí se volvió “súper metódica” con las finanzas. Se independizó y empezó a sostenerse sola. “Mi gran enseñanza fue: ‘Si a mi viejo en algún momento le fue bien, ¿por qué no pudo capitalizarlo?’”, recuerda. Esa pregunta la acompañó durante años y la llevó a construir una estructura financiera propia en busca de seguridad. “Casi que me fui para el otro lado”, dice entre risas. Su trabajo también influyó. Visco ocupó roles de jefatura desde joven y se familiarizó con el manejo del dinero propio y ajeno. “Los empleados venían a negociar aumentos de sueldo conmigo. Eso me dio otra relación con el dinero y con cómo la gente percibe su valor”, explica.
Con el tiempo, comenzó a notar que su vínculo con la plata era distinto al de muchas de sus amigas. “A ellas les costaba muchísimo hablar del tema. Había cierta vergüenza”, dice. Sin proponérselo, Laura se convirtió en la referente de su grupo: le pedían consejos para pedir un aumento de sueldo, encarar una asociación laboral o comprar una casa. “Naturalmente tenía ese lugar”, cuenta. El punto de inflexión fue un día en el que recibió tres preguntas seguidas de tres amigas distintas. “Ahí dije: ‘Acá hay algo’. Si puedo ser este referente para ellas, puedo serlo para otras personas”.
El nombre del proyecto surgió de ese mismo registro cotidiano. Todas las consultas empezaban igual: “Amiga…”. Y después le hacían una pregunta. Amiga, hablemos de plata nació de ahí: de la necesidad de ponerle cercanía a un tema que suele expulsar a las mujeres. “Nuestro objetivo es fomentar una relación más consciente y empoderada de las mujeres con el dinero. Contenido real, útil y memorable: nada de clichés ni ‘tips rápidos’”, explica en su página web www.amigahablemosdeplata.com
—Decís que a las mujeres todavía se les habla de dinero desde un lugar infantil. ¿Cómo se traduce eso en la práctica cotidiana?
—A la mujer se la sigue tratando como una nena gastadora o ahorradora de centavos. En contraste, al hombre se lo piensa como una persona partícipe de la economía, capaz de entender conceptos más complejos. Es un abordaje diametralmente opuesto. Lo que termina pasando es que muchas mujeres creen que están en control porque llenan una planilla de gastos diarios en Excel, pero están concentradas solo en el día a día. Ese fue históricamente el espacio que se nos dejó: el de lo doméstico. En mi libro hablo de la billetera y el monedero. Todavía se maneja esa lógica de lo que hacés con el dinero que tenés hoy, versus reconocerte a vos misma como un engranaje de la economía y preguntarte dónde te interesa participar.
—Si llevar una planilla de gastos diarios no es tener control sobre el dinero, ¿qué sería tener control?
—Pensar qué querés construir para vos en los próximos diez años. Entender cuál es tu meta y qué nivel de autonomía querés tener. Las mujeres estamos muy concentradas en lo que gastamos, pero poco en lo que capitalizamos y en lo que podemos tener: un negocio, un auto, una casa propia o un colchón de dinero de emergencia que te haga sentir más segura. Estamos obsesionadas con el día a día porque fue el único territorio que se nos dejó manejar. Le pusimos un Excel para modernizarlo un poco, pero el fondo es lo mismo. Vivimos con la lengua afuera absorbiendo el trabajo doméstico y eso también es economía. Entonces, la pregunta no es cuánto gasto, sino “¿qué quiero para mi vida?”. Y muchas veces ni siquiera nos animamos a plantearla. Cuando lo pregunto en mis cursos, la respuesta más frecuente es: “No sé”.

—Los acuerdos prenupciales siguen siendo un tabú. La idea de que “si firmás es porque no confiás” todavía pesa y mucho. Vos hiciste uno, ¿te costó? ¿Por qué tomaste esa decisión?
—No fue complicado. Con mi marido tenemos una relación muy sana en ese sentido. Lo hablamos una vez y no se habló nunca más. Nos casamos a los 42, con una vida ya hecha de los dos lados, y apareció la pregunta de si queríamos juntar todo o no. Surgió de mi parte. A mí me costó mucho construir seguridad económica y estaba muy cerca de no tener que trabajar más. No me hacía gracia juntar todo y a él tampoco. En ese momento, además, los dos estábamos por empezar nuevos proyectos. Y ahí apareció una conversación que casi nunca se da cuando se habla de acuerdos prenupciales: no se trata solamente de qué pasa con los activos, sino también con los pasivos. Las deudas se acumulan en pareja. Por eso, si alguno de los dos iba a emprender algo con nuevos socios y potenciales conflictos, era mejor blindar eso. Que cada uno pudiera desarrollar su actividad económica sin que los problemas del otro se mezclaran. Hay mucho drama alrededor de la idea de que el acuerdo prenupcial “mata el amor”, pero las leyes del amor y las leyes del capital son distintas. Más vale plantear algo justo en el mejor momento y cuanto más te querés y no cuando pasó algo y te odiás. Creo que justamente eso es cuidar al otro. Por supuesto, requiere bastante madurez y quizás por eso lo hicimos teniendo una edad más avanzada. Creo que fue lo mejor que pudimos hacer.
—El 58 por ciento de las mujeres casadas delega las decisiones financieras a sus parejas, incluso cuando son ellas las que aportan más dinero en la casa. ¿Es comodidad, miedo a equivocarse o sigue pesando la idea de que ellos “saben más”?
—Pienso que es cultural. Hay una idea muy instalada de que nosotras sabemos menos de dinero. Entonces, cuando la mujer gana más, además, aparece la culpa y la necesidad de compensar. Y una forma de hacerlo es delegar control. Hay mujeres que, incluso ganando más, les dejan pagar a sus maridos con la tarjeta, aunque esa tarjeta sea una extensión de la de ellas. La sociedad todavía no ve como una oportunidad que una mujer gane más. Lo ve como una amenaza y aflora esta lógica de: “Bueno, si yo gano más, que lo maneje otro”. Por eso, lo que tenemos que hacer es empezar a revisar y corregir. Si ganamos el dinero, también tenemos que decidir hacia dónde va. Las mujeres no solo facturan, como dice Shakira, también eligen qué hacer con esa plata.
—Al comienzo de la nota dijiste que si las mujeres habláramos menos de amor y más de plata, seríamos millonarias. ¿Por qué esa conversación no aparece?
—Históricamente, la salvación social y económica de la mujer fue lo vincular y ahí pusimos toda la energía. A veces hasta de una manera un poco idiotizante. Si destináramos la misma ingeniería que le ponemos a entender qué quiso decir fulanito con un mensaje, para hablar de plata, la realidad sería otra. Preguntas básicas como “¿Cuánto estás ganando?” o animarnos a compartir información concreta sobre cómo negociamos aumentos de sueldo. Hoy la conversación sobre dinero está en todas partes, pero al mismo tiempo no está en ningún lado. Lo veo mucho en Argentina. Está todo el mundo bombardeado por el carry trade, pero rascás un poco y es una charla vacía. Además, se sobresimplifica todo muchísimo. Durante mucho tiempo hubo proyectos que hablaban de mujeres y dinero, pero iban directo a las inversiones. La conversación de dinero es otra. Tiene que ver con tu vínculo con la plata, con entender qué querés construir y con cómo tomás decisiones. Después, si invertís o no invertís, es otra etapa. En ese contexto, Amiga, hablemos de plata hizo algo distinto: volver un poco para atrás, hacer historia. Creo que muchas minas respiraron con eso, porque no se trataba de decirles que todo estaba mal, sino de habilitar una conversación más honesta.

—Para cerrar, ¿qué cosas creés que las mujeres tendrían que empezar a revisar para pensar el dinero a largo plazo?
—Entender qué queremos construir para alcanzar autonomía. En ese camino hay conversaciones que casi nunca aparecen. Una es pensar en nosotras de grandes: tener, al menos una vez al año, una cita con una misma para pensar la jubilación y entender dónde estás parada. No para entrar en pánico, sino para entenderlo. Otra es la laboral: preguntarte si querés hacer un cambio de trabajo o pedir un aumento de sueldo. Y la tercera es la de pareja: una charla anual o cada seis meses para ver cómo están, hacia dónde quieren ir y qué quieren hacer con el dinero, sin que entre como reproche en alguna pelea. Bajarlo a papel y preguntarse dónde estoy, dónde quiero estar y qué puedo hacer este año para acercarme un poco más.
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