
La silueta de las casas más alejadas del mar apenas sobresale entre la arena. Detrás, un médano gigante se extiende sobre lo que alguna vez fue la frontera del pueblo. Bahía Creek, una pequeña joya patagónica a unos 150 kilómetros de Viedma, ya no es solo mar azul y playas amplias. El viento ha cambiado, y con él, la vida de los pocos que resisten todo el año.
En el corazón de este escenario, Raúl Torno observa desde la ventana de su chalet cada vez que sopla el viento. El médano avanza, empujado por ráfagas de setenta kilómetros por hora, y el futuro del pueblo parece pender de ese capricho.
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La amenaza del médano
Hace seis años, Raúl llegó a Bahía Creek buscando otra vida. Administra casas y habitaciones para alquilar en verano. Su emprendimiento se llama El principito. La rutina del balneario era tranquila, pero el cambio llegó sin aviso. El viento siempre empujaba la arena de oeste a este, desde el continente hacia la costa, alteró su rumbo. Ahora, la mayoría de las veces, sopla desde el norte y el oeste. Por primera vez, la arena amenaza las casas.

“Muchas de las casas tapadas quedaron con todos los muebles y objetos dentro”, suelta Raúl por teléfono. “Dejaron hasta las sábanas porque les daba mucha impotencia lo que estaba pasando.” La imagen es brutal: viviendas enteras, devoradas por la arena, con la vida cotidiana adentro, congelada. Dentro habrán quedado los juegos de playa de algún nene, una sombrilla o las paletas para los desafíos de enero.
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En el límite del pueblo, las ruinas hablan por sí mismas. Aún se distinguen restos de chapas, alguna teja solitaria resistiendo el avance del médano. Lo que fue un hogar ahora es apenas una sombra bajo la arena.
Vecinos en acción
La primavera de 2025 marcó un punto de inflexión. Los vecinos decidieron no esperar más. “El Estado nunca hizo nada para ayudarnos. No recibimos ni siquiera asesoramiento para ver cómo se puede detener el avance del médano sobre las casas”, acusa Torno. “Nos pusimos en campaña los propios vecinos para que no se pierdan más viviendas.”

Las primeras reuniones giraron en torno a una idea simple: mojar la arena para que el viento no la arrastrara hacia el pueblo. En la práctica, la solución requería ingeniería casera. “Instalamos un sistema de riego con aspersores y bomba solar que se activa de forma automática al amanecer. El objetivo era humedecer la arena en la cima del médano para evitar que vuele con el viento”, describe Raúl.
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El experimento no funcionó como esperaban. El viento seguía, implacable, moviendo la arena sin que nada la detuviera. “Todo lo aprendimos a partir de prueba y error. No tenemos a nadie del Estado que pueda asesorarnos”, admite.
Pero la obstinación encontró su cauce. Lo que no sirvió para frenar la arena, sirvió para otra cosa. Tomaron el sistema de riego y lo usaron para plantar especies nativas sobre el médano. Empezaron a crecer olivillos, tamariscos y siempreverdes en las laderas, una defensa viva.
El sistema es sencillo y a la vez ingenioso. “Una línea de 200 metros de riego con aspersores y una bomba que se enciende sola al salir el sol”, detalla Torno. El objetivo es claro: “Empezar a implantar la forestación local y ver si se puede ir cubriendo el médano.”
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Nada de esto sería posible sin el empuje colectivo. “Decidimos arrancar con esto, empezamos a pedir presupuestos, consultamos a algunos vecinos más que siempre colaboran, y llegamos a un número. Compramos la bomba y, con la ayuda de una empresa de Viedma que nos dio una mano para instalarla sin costo, quedó armado”, cuenta Raúl.
El siguiente paso fue ir por más. Plantaron cañas, formando una especie de muralla natural. “Fuimos a buscarlas con cuatro camionetas y un carro para tener en cantidad. Crecen y forman como un dique de contención ante el avance de la arena sobre el pueblo”, explica. “Hicimos una línea cerca de las casas y ahora queremos hacer otra a unos 50 metros para ir conteniendo la arena más atrás.”
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Sin embargo, cada atardecer con viento norte u oeste, la amenaza se renueva. Raúl vuelve a mirar por la ventana, evaluando si los sistemas consiguen frenar el avance. “Con estos proyectos, la idea es ver si se frena en varios meses el avance de la arena”, dice, aferrado a la esperanza.
Bahía Creek es un pueblo de contrastes: unas cien casas se ocupan en verano, cuando la población llega a 800 personas. El resto del año, apenas siete habitantes resisten el aislamiento, el viento y la incertidumbre. “Acá nunca hay tiempo para aburrirse. Siempre hay cosas para arreglar. Y, además, ayudar a otros vecinos”, explica Raúl.
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Las iniciativas vecinales no son nuevas en esta joya turística patagónica. “Instalamos un depósito de basura, arreglamos la plaza e instalamos cámara de seguridad en las calles para evitar los robos en las casas que antes eran muy frecuentes”, enumera Torno. La autogestión es ley.
El avance del médano, sin embargo, exige soluciones más ambiciosas. Raúl imagina un acuerdo con empresas constructoras. “Pueden venir y sacar la arena para las obras. Puede hasta ser sin costo para equiparar lo que tengan que pagar de transporte de Viedma hasta Creek”, propone. La arena, que asfixia al pueblo, podría ser recurso para otros.
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Mientras tanto, los vecinos piensan en el día a día. “Hoy todo hay que ir a hacerlo a Viedma. Por eso nuestra idea es generar un espacio en Bahía Creek para las emergencias básicas”, cuenta Raúl. Juntar dinero para abrir una salita de primeros auxilios es el próximo objetivo. La distancia es una amenaza silenciosa: ante cualquier urgencia, el mar y la arena quedan lejos de la ayuda.
Hay algo de épica en la forma en que Bahía Creek enfrenta su propia desaparición. No hay discursos grandilocuentes ni promesas de salvación. Solo la obstinación de un puñado de vecinos y la certeza de que el tiempo apremia.
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En la frontera, bajo el sol y el viento, las cañas recién plantadas marcan la línea de resistencia. Se ve la arena acumulada que intenta doblegar el muro vegetal. Las huellas de las camionetas aún se ven en la arena. Cada metro ganado es una victoria frágil.
Raúl lo resume con resignación y desafío: “Todo lo aprendimos a partir de prueba y error”. La frase suena a consigna. Los vecinos, que alguna vez solo pensaron en el verano y el mar, ahora se despiertan cada día preguntándose si el médano habrá avanzado.
No hay certezas en Bahía Creek. Solo la arena, el viento y el esfuerzo de quienes se niegan a desaparecer bajo el inmenso médano que los acecha cada día.
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