
El primero que reaccionó fue el kelper James Shirtchiss que, picado por la curiosidad, se subió a su motocicleta y se dirigió raudo donde había aterrizado una avioneta a la que suponía que se había quedado sin combustible.
Era el martes 8 de septiembre de 1964 y la realidad era otra: un piloto argentino, en un vuelo en solitario, había ido con el propósito de reafirmar la soberanía argentina en las islas. Si bien hacía tiempo que maquinaba este viaje, los hechos que llevaron a concretarlo se sucedieron con rapidez.
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Juan Carlos Navas era un periodista del diario La Razón que cierto día de fines de agosto de ese año pidió ver a Héctor Ricardo García, un periodista de 31 años, director del diario Crónica, al que había fundado el 29 de julio de 1963.

Según García relata en sus memorias, Navas vivía en el edificio de El Hogar Obrero, en Rivadavia al 5100, y que era vecino de Miguel Fitzgerald, un hijo de irlandeses, técnico mecánico, fanático de Malvinas, que se ganaba la vida como piloto, y estaba dispuesto a volar al archipiélago, enarbolar una bandera y entregar una proclama. Buscaba tener repercusión periodística. Experiencia, tenía de sobra: ostentaba el récord de unir Nueva York y Buenos Aires en un Cessna, sin escalas.
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El periodista Navas le había planteado la cuestión a su jefe, Félix Laíño, director de La Razón, quien no le interesó el tema y dejó a Navas en libertad de acción para que lo ofreciese a otros colegas.
García aceptó y propuso hacerse cargo de los gastos. La condición que puso Fitzgerald era la de volar solo, y que él debía esperarlo a su regreso a Río Gallegos.
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Consiguió que un amigo, Siro Alberto Comi, le prestase el Cessna 185 LV-HUA, de 260 caballos. Comi era un cordobés de 53 años que había armado en 1942 un aeródromo de dos pistas en la localidad de Luis Guillón, y que era representante en el país de Cessna.
Ese avión plateado, de rayas rojas, “The Spirit of Mariano Moreno” lo bautizó con el nombre de “Don Luis Vernet”. Para tener mayor autonomía, quitó los asientos y los reemplazó por tanques de combustible.
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Partió del aeródromo de Monte Grande en la mañana del domingo 6. Voló primero a Olavarría, luego Trelew, donde hizo escala para reabastecerse, y esa noche llegó a Puerto Madryn, donde descansó.
Al otro día, temprano, despegó a Comodoro Rivadavia, Caleta Olivia y en Pico Truncado debió revisar desperfectos técnicos que detectó en el motor. Por fin, llegó a Río Gallegos. Su plan era poner rumbo a las islas a las 9:45 del lunes pero antes debía cerciorarse de que arreglasen el motor.
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García le había advertido que lo ideal era que cruzara el 8, porque el 9 se disputaría en el estadio de Avellaneda, el partido de ida entre Independiente y el Inter por la Copa Intercontinental, y no quería que esa noticia compitiese con el viaje. El local ganaría por uno a cero.
Al día siguiente, a las 9:38 partió hacia las islas desde la pista de Aeronáutica Provincial, indicando a las autoridades que volaría a Ushuaia, caso contrario le hubiesen prohibido volar. Contó con la complicidad de funcionarios aeronáuticos, quienes lo pusieron al tanto de la meteorología alrededor de las islas.
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Llevaba atado a su cuerpo un bote inflable y cargó una provisión de chocolate y café. Y así se largó a cubrir los 787 kilómetros que lo separaban del archipiélago.
Fitzgerald describió que el vuelo, a unos 2500 metros de altura, había sido normal, y que a las 11:58, con las islas a la vista, había iniciado el descenso.
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Pero la intensa nubosidad le impedía aterrizar. A las 12:28, volando a unos 200 metros de altura, cruzó el Estrecho de San Carlos, y trece minutos después emitió el siguiente mensaje por radio: “Atención a la red 320. Yo, Miguel Fitzgerald, ocupo simbólicamente hoy nuestras islas Malvinas, en nombre de nuestro país, la República Argentina”.
Hizo algunas pasadas rasantes sobre la capital de las islas y, guiándose por la bandera que ondeaba en la casa del gobernador que le indicaba la dirección del viento, a las 13 horas aterrizó sobre la cancha donde se organizaban las carreras cuadreras.
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Apenas bajó, sin apagar el motor, ató el asta con la bandera argentina entre el alambrado que rodeaba la cancha. Fue cuando se acercó raudo Shirtchiss, quien le ofreció combustible, creyendo que ese había sido el motivo de su inesperada presencia.
Hablaron animadamente en inglés, y Fitzgerald le pidió que entregase la proclama que él había redactado al gobernador colonial.

El documento decía que cumplía una misión que estaba en el ánimo de 22 millones de argentinos, que la ocupación de las islas de 1833 había sido un despojo y un acto de piratería; que la usurpación nunca había sido admitida por los argentinos ni por los latinoamericanos, y que él se consideraba “la avanzada de este ideal patriótico”.
Aseguró que las islas tenían el valor “de la dignidad humana porque son parte incuestionable del país”. Que había descendido “en territorio nacional para ratificar la soberanía argentina en el archipiélago y reiterarle al representante del gobierno usurpador inglés que no hemos sido ni seremos un país de conquistadores, pero tampoco aceptamos que se nos pretenda conquistar”. Finalizó asegurando que “esta actitud personal, que interpreta los sentimientos y la vocación del pueblo argentino, coincide con la decisión de la Organización de las Naciones Unidas, de considerar en el más alto tribunal internacional las legítimas reivindicaciones de mi patria sobre el territorio malvínico”.
La recibió el secretario colonial, Willoughby Harry Thompson, quien cumplía la función de gobernador interino por la partida de Edwin Arrowsmith. En octubre asumiría el nuevo, Cosmo Haskard.
Cinco minutos después de haber llegado, despegó hacia Río Gallegos. No necesitaba combustible porque había dispuesto llevar un tanque adicional. El regreso se le complicó por los vientos en contra, la falta de referencias y la ausencia de una guía radioeléctrica. Finalmente, a las 17:15 tocó tierra en Río Gallegos.
Lo recibió una nube de periodistas, a los que confesó que había cumplido un viejo anhelo; que las islas le habían parecido todo muy gris y con poca gente, que no vio más que a una docena de pobladores. Se fue a descansar al Hotel El Comercio, donde ocupó la habitación 119, y el avión quedó en el hangar del aeródromo.
Luego de una ducha, vestido con pullover rojo y campera de aviador, fue a saludar a Rodolfo Martinovic, un médico radical que desde el año anterior era gobernador de la provincia de Santa Cruz.
Cuando García se enteró, esa tarde tituló “Malvinas, hoy fueron ocupadas”. Nadie hablaba de otra cosa.
“Hace catorce años esto habría sido un intento deportivo. Ahora tiene una motivación nacional”, dijo el piloto. Es que en Naciones Unidas se estaba discutiendo diversos casos de ocupaciones coloniales en el mundo, y el Subcomité III de ese organismo justo ese día 8 estaba en plena tarea para resolver la disputa británico-argentina por Malvinas. Ante la protesta inglesa, la delegación argentina dijo que su gobierno no había tenido nada que ver con el hecho.
Fitzgerald era como un héroe nacional, y fue objeto de agasajos de los pobladores hasta la medianoche de ese día. Festejaba por partida doble: ese día cumplía 38 años.
Regresó a Buenos Aires en el Cessna, haciendo escalas en Bahía Blanca y Azul, y cuando aterrizó en Buenos Aires fue llevado en andas, en un vehículo recorrieron la ciudad y fueron al diario Crónica. Días después fue recibido por el presidente Arturo Illia.
La Dirección de Aeronáutica Civil lo sancionó, quitándole su brevet, porque cuando despegó de Río Gallegos había dado un destino falso. Sin embargo, el 30 de noviembre el secretario de Aeronáutica, brigadier Mario Romanelli, dejó la sanción sin efecto.
Por mucho tiempo, Fitzgerald fue contratado por Crónica para llevar a periodistas y a fotógrafos a diversas coberturas. Falleció el 25 de noviembre de 2010.

El piloto quiso repetir el viaje. Volvió el 27 de noviembre de 1968 con el director y un redactor del diario en un avión bimotor propiedad del diario. Pero la pista había sido obstruida con vehículos y tuvieron que realizar un aterrizaje en un camino, y rompieron una hélice. Fueron detenidos y puestos a bordo del buque Endurance, y se los remitió al continente. Se los acusó de violar las leyes de inmigración.
A partir de ese primer viaje, Gran Bretaña dispuso que una dotación de Royal Marines permaneciese en Malvinas. El secretario Thompson indicó que la bandera de Fitzgerald fuera exhibida en el museo local con la leyenda: “Esta bandera fue plantada en el hipódromo de Stanley por Miguel Fitzgerald, quien aterrizó con un avión ahí a las 13:10 del 8 de septiembre de 1964”. Un gesto de soberanía que quedó expuesto en una vitrina.
Fuentes: La culpa la tuve yo. Militares, ERP, López Rega y Afip, Planeta, 2012; diario Crónica; Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur
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