
Los tres hombres regresaban del hipódromo de La Plata transitando por el viejo “Camino de la Plata”, rebautizado en 1910 como “Centenario”, apretujados en un Ford T cuando, a la altura del parque Pereyra Iraola, el auto se descompuso. En un día particularmente frío, sin un taller mecánico a la vista, Agustín Bardi, Francisco Castello y Pedro Fiorito discutían qué hacer hasta que los sorprendió lo impensado: comenzó a nevar.
Era el sábado 22 de junio de 1918 y la ciudad de Buenos Aires, norte de la provincia y Córdoba se sorprendían con esa novedad inédita de esa magnitud.

Gobernaba el radical Hipólito Yrigoyen, las huelgas de trabajadores se sucedían en reclamo de mejoras salariales, y muchas entidades gremiales se inspiraban en las noticias que venían de muy lejos que hablaban de una revolución rusa. En marzo de ese año José Camilo Crotto había resultado electo gobernador de la provincia de Buenos Aires -que había sido intervenida por el Poder Ejecutivo en 1917- asumiendo el 1 de mayo.
En la ciudad, gobernada por el médico y profesor Joaquín Llambías, vivían cerca de 1.644.000 personas y ese año llegaron 13.700 inmigrantes.
Esa semana de ese frío invierno que recién comenzaba, las noticias más importantes vinieron de Córdoba, donde estudiantes encuadrados en el reformismo se declararon en huelga, en protesta por las arbitrariedades que hacía años ejercía una universidad que se resistía a democratizarse. Justo el 21 se daba a conocer el famoso Manifiesto Liminar, que establecía los principios que regirían a la educación superior.
Viento del sur
La primera nevada ocurrió a las tres y media de la tarde de ese sábado 22. El día anterior también había hecho mucho frío y había llovido. Ya todos se habían olvidado que en el verano se habían ido a refrescar al río cuando se inauguró el Balneario Municipal, en Costanera Sur.
En ese momento, había viento sur y la temperatura era de 3,5 grados y con alta presión. Duró casi una hora y dejó una capa blanca de unos diez centímetros en todos lados. Este fenómeno se registró en la ciudad de Buenos Aires, norte de la provincia y en Córdoba.

Cuando todos creían que eso había sido todo, una nevada más intensa se registró a las ocho de la noche. Instantes antes, la temperatura había bajado y el viento se había calmado.
Aquella jornada, la ciudad vivió un jolgorio. Los porteños salieron a jugar con la nieve, a hacer muñecos y a disfrutar de un fenómeno impensado para cualquiera.
En Palermo se lo fotografió al reconocido escultor Pedro Zonza Briano, quien hacía gala de su creatividad con la nieve que caía. Los empleados de las casas de comercios salían a la vereda a presenciar el espectáculo y a sumarse a la alegría.
Hubo gente en la plaza de Mayo, en la del Congreso, en los bosques de Palermo.
Sin embargo, no todo fue color de rosa. Ese día se registraron seis personas muertas por el frío, que dormían en la calle y la nieve afectó a los servicios públicos. Algunas líneas de tranvías debieron modificar su recorrido, los trenes, donde se hacía gala de la puntualidad hubo retrasos, como ocurrió con el entonces Ferrocarril del Sud.

Al día siguiente, los partidos de fútbol debieron suspenderse por cómo habían quedado los campos de juego, en un campeonato que lideraba Racing y que ese domingo en Avellaneda debía jugar con Gimnasia y Esgrima de la Plata.
Durante la larga espera que debieron soportar adentro del Ford T, a Agustín Bardi, un genial compositor de míticos tangos de la guardia vieja, le vino la inspiración y compuso un tango. Cuando lo terminó, no sabía cómo llamarlo, y fue su amigo Eduardo Arolas, compositor y bandoneonista, quien le sugirió titularlo “¡Qué noche!”, que seguramente habrá sido inolvidable para ellos, como para el resto de los argentinos que, por un par de horas, habían disfrutado de la nieve.
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