
En Villa Lago Meliquina, a 40 kilómetros de San Martín de los Andes, viven unas 700 personas. Lo hacen en condiciones de primer nivel. Todas las casas cuentan con Internet, antena satelital para Direct TV y un sistema de energía basado en paneles solares y pequeños generadores eólicos. Confort para los locales y para los, aproximadamente, tres mil turistas que visitan el lugar cada verano.
Es un paraíso. Se vive de modo sostenible. La población supo crecer de manera ordenada, atrayendo principalmente a personas de grandes ciudades que buscan un cambio radical. Pocos de sus habitantes son oriundos de Neuquén.
Los residuos orgánicos se compactan, mientras que los de otro tipo son trasladados a San Martín de los Andes para su disposición según el código de tratamiento municipal. El agua proviene de los ríos y la inseguridad no es un problema: no hay registros de delitos. Tampoco los incendios forestales de gran magnitud, en parte gracias a un dron adquirido con donaciones de la comunidad, que permitió a los bomberos controlar las llamas.

Meliquina —palabra mapuche cuyo significado es “cuatro rincones”— intentó ser loteada por primera vez en 1974, pero el proyecto prosperó. A fines de los 90, la misma cuadrícula de ripio comenzó a ser receptora de un flujo de crecimiento sostenido y silencioso. El fenómeno, sin embargo, se mantuvo al margen de las masas de viajeros que convirtieron a toda la Patagonia en un destino codiciado y global.
Meliquina no es un enclave hippie, como se decía de El Bolsón. Mucho menos, un territorio de activismos o de resistencia al capitalismo. Todo lo contrario: es uno de los lugares más curiosos de la Argentina, donde parece haberse vuelto posible la experiencia de una vida con buenos niveles de desarrollo sostenible.
Pero hay una revolución muy fuerte en la aldea, como la llaman sus vecinos, muchos de ellos profesionales, exdirectivos de grandes empresas, que renunciaron a la vida citadina. Los ánimos están caldeados: ¿llegó el estrés a Meliquina?

¿La prosperidad?
El crecimiento parece inevitable, pero trae consigo un dilema: ¿cómo preservar la esencia del pueblo sin frenar su evolución? La polémica estalló cuando el gobernador Rolando Figueroa anunció la pavimentación de Meliquina. Por lo menos, los 19 kilómetros de la ruta 63 que atraviesa el pueblo y lo conectan con la ruta 40. En la mayoría de los lugares, la promesa de asfalto es una buena noticia. Aquí, no.
El año pasado comenzaron a circular videos en las redes sociales en los que funcionarios anunciaban la llegada del asfalto y la energía eléctrica. Luego, el gobernador Figueroa reveló que buscaba pavimentar y desarrollar la villa para favorecer el turismo y adelantó que el asfalto se financiaría con fondos de la provincia. Anunció una inversión de $32.337.789.546. Ahora, se sabe, hay varias empresas constructoras compitiendo por la licitación.
“Después de la pandemia, el crecimiento de Meliquina se aceleró. Sin controles municipales ni unidad de gobierno, el desarrollo avanza sin planificación. Todo empieza a moverse para un lado que no nos está gustando”, dice Mercedes Rosemberg, integrante de la Asociación de Vecinos, a Infobae.
“Nos vinimos hace dos años y nos sumamos a la comisión directiva de la asociación vecinal. Nos involucramos mucho con la dinámica de la villa. El año pasado hicimos un par de reuniones con funcionarios del gobierno y entidades de planificación. Les contamos que la población de Meliquina estaba creciendo y que necesitábamos un poco de soporte para acceso al agua potable y atención sanitaria, entre otras cosas. No podemos evitar crecer, pero queríamos hacerlo de modo ordenado”, asegura.

No querían el asfalto. Ni las torres de alta tensión. “En noviembre pasado salieron con el tema del pavimento. Figueroa hizo de la conectividad una bandera y parece que va a avanzar. Cuando promocionaron esa licitación, nosotros les planteamos que no lo creíamos conveniente. Antes de abrir un acceso desde la ruta, era mejor ver el tema del agua y los residuos. Nos miraban y nos decían todo que ‘Sí’. Pero no entendieron. Avanzaron con la licitación y en los últimos días, aparecieron los del Ministerio de Tierras e Infraestructura diciendo que venían a evaluar el proyecto de tendido eléctrico”, resume Rosemberg.
La grieta
No todos los vecinos rechazaron la noticia. Se abrió una grieta. Muchos de ellos, los que se dedican al turismo, creen que podría ser muy bueno para el lugar contar con un acceso rápido, sin camino de tierra ni piedrillas ni riesgo de romper el auto, pinchar una rueda o volcar. Es por ejemplo el caso de Mariela Colla, emprendedora y defensora de las obras por venir: “Los vecinos que vivimos acá todo el año, que emprendimos, invertimos en el pueblo, abrazamos esta obra de asfalto que hace a la conectividad de Villa Lago Meliquina a la ruta”.
Paradojas del crecimiento de los pueblos. En El Chaltén, provincia de Santa Cruz, por ejemplo, este verano se lamentaban por la desmesura de visitantes. Aquel paraíso idílico de los pies del Fitz Roy perdió su cariz de rincón sagrado. Ahora sus senderos son autopistas por donde van y vienen turistas voraces filmando reels con sus celulares. La planta de tratamiento cloacal colapsó el verano pasado. Las heces flotaban en ríos y arroyos. Nadie quiere un Chaltén en Meliquina. Pero, ¿se puede detener el progreso que propone la política?

“Neuquén crece a fuerza de los recursos que comienza a derramar Vaca Muerta. A Meliquina también le tocaría su parte, ¿por qué no?”, se pregunta un hombre cercano al gobernador Figueroa.
“No estamos objetando el qué, estamos objetando el cómo”, aclara Rosemberg. “El mundo gira a las energías alternativas, ¿por qué no buscamos eso? No necesitamos energía eléctrica porque tenemos la capacidad instalada para generar energía solar y eólica. Nos quieren venir a conectar a una red a la que no necesitamos conectarnos”, agrega.
Paulo Poggi, otro vecino del lugar, explicó: “Nosotros vemos un show mediático y político, en un lugar donde la gente no lo está pidiendo. Se politiza el tema del asfalto, pero queremos saber qué viene primero, porque por ejemplo Meliquina no tiene recolección de residuos. Cada vecino junta la basura propia, la que encuentra tirada. Como eso, hay un montón de detalles. Si multiplicás todos los hechos, cuando llevás más gente a un lugar sin control aumentan los incendios, la mugre, los robos”.
Es inexorable y todos lo saben. Los avances van a ocurrir. Algo pasará con Meliquina. ¿Perderá acaso su inocencia bendecida de naturaleza o podrá preservarla aún con las obras que la política anuncia? Tarde o temprano, los paraísos argentinos repiten su historia: aplanan su encanto, se resignan al desorden y se corrompen, al menos un poco. Pero muchos vecinos están dispuestos a resistir. Entonces, la pregunta vuelve otra vez: ¿Resistirse a la prosperidad? O acaso convenga plantearlo de otro modo: ¿Qué es, a esta altura de los tiempos, la prosperidad?
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