
Ladislao Biró siempre mostró un espíritu inquieto desde su infancia en Budapest, donde nació en 1899. Su llegada al mundo fue complicada: pesó apenas dos kilos y los médicos no tenían muchas esperanzas. Su abuela improvisó una cuna con una caja de zapatos y algodón, bajo el calor de una lámpara, para darle una oportunidad de sobrevivir. Una especie de incubadora casera. Esa temprana fragilidad no lo detuvo; al contrario, forjó su carácter. “Era ama de casa pero siempre había querido ser médica, que en ese entonces era como ser prostituta”, había contado Mariana, la única hija del inventor, a Infobae en una nota del 2019.
Criado en una familia de médicos, el camino parecía claro, pero él eligió otro rumbo. Durante la Primera Guerra Mundial, sirvió como soldado y quedó marcado por el estrés postraumático que sufrían sus compañeros. Fue entonces cuando se interesó en el hipnotismo, pero la medicina no logró capturar su pasión. Encontró su vocación en el periodismo, un campo que le permitía saciar su insaciable curiosidad. Sin embargo, su mente no dejaba de buscar soluciones prácticas para los problemas cotidianos.
Cómo se le ocurrió la idea de la birome
Fue precisamente su frustración con las lapiceras fuente, que manchaban y se trababan, lo que lo llevó a concebir la idea de un instrumento de escritura más eficiente. Biró observó las rotativas de los diarios (era periodista) y así se le ocurrió usar una pequeña bolita en un tubo, que junto a una tinta especial, permitiera escribir sin mancharse. Así, en 1938, patentó su invento en Hungría. Nacía la birome.
Al mirar por la ventana, Biró vio a un grupo de niños que jugaban a las bolitas en la calle. Había llovido lloviendo y uno de los chicos hizo rodar una de las bolitas por un charco. Mientras lo hacía, dejó una estela de agua a su paso. Con esa inspiración nació el bolígrafo.

Biro era judío y Hungría, que en ese momento era aliada de la Alemania nazi. En abril de 1938, Hungría aprobó leyes que limitaban la capacidad de los judíos para trabajar y otra norma que prohibía la exportación de propiedad intelectual.
Fue así que Ladislao abandonó su país y se llevó sus planes antes de que la ley entrara en vigor. Él y su hermano viajaron de Budapest a París, Madrid y, finalmente, Argentina, donde Biro comenzó a fabricar las lapiceras con fines comerciales.
La Real Fuerza Aérea del Reino Unido fue el cliente más importante. Las estilográficas, que goteaban a gran altura y no podían escribir en un bloc de notas apoyado contra la pared, no eran ideales para llevar registros de vuelo, por lo que, a pesar de que las primeras versiones eran caras, la RAF encargó 30.000.
En más de una ocasión, antes de demostrar su bolígrafo, Biró se tomaba el tiempo de limpiarlo discretamente para asegurar su funcionamiento. Un año después de obtener la patente, un encuentro fortuito en Yugoslavia aceleró su destino. Un hombre se acercó, fascinado al verlo escribir con el bolígrafo, y le entregó una tarjeta que decía “Agustín P. Justo, presidente”. Ladislao guardó el contacto sin saber que se trataba del presidente de Argentina, país que se convertiría en su nuevo hogar.
Ladislao describía a la Argentina como “la tierra de la yapa”, un lugar donde, al pedir medio kilo de azúcar en el almacén, te daban una cucharada extra. Un año después de establecerse en Sudamérica, trajo a su esposa y a su hija Mariana. La situación en Europa se tornaba cada vez más sombría y Biró, consciente de lo que se avecinaba con la Segunda Guerra Mundial, insistió en que la familia se reuniera con él en el nuevo continente.
El invento que logró su éxito en Argentina
Para 1944, la birome se había lanzado al mercado en sociedad con Juan Jorge Meyne, y pronto se convirtió en un símbolo de practicidad y modernidad. Ese mismo año, vendió la patente a la firma estadounidense Eversharp Faber en 2 millones de dólares.

El nuevo invento fue tan exitoso que cuando los bolígrafos se vendieron por primera vez en Estados Unidos, en 1945, cientos de personas hicieron fila para comprarlos a pesar de que costaba 150 dólares cada uno.
Aunque el bolígrafo se convirtió en su invento más famoso, Biró había demostrado su genio mucho antes. Innovador desde siempre, había desarrollado previamente el primer lavarropas automático y una caja de cambios también automática que fue adquirida por General Motors para evitar que sus competidores la utilizaran. A lo largo de su vida, patentó más de 300 inventos, entre los cuales se cuentan el sistema retráctil para bolígrafos, una cerradura inviolable y el principio de sustentación magnética para trenes.
fue uno de los inventores más reconocidos del mundo: creó también el perfumero, que tiene el mismo principio que el bolígrafo que luego se aplicó a los desodorantes a bolilla; el modelo de pluma estilográfica (1928), lavarropas (1930); caja de cambios automática mecánica (que vendió a General Motors en 1932); el termógrafo clínico (1943), el proceso continuo para resinas fenólicas (1944); proceso para mejorar la resistencia de varillas de acero (1944); dispositivo para obtener energía de las olas del mar (1958); boquilla antitóxica; cerradura inviolable; sistema molecular e isotópico para fraccionamiento de gases en 1978.
El 24 de octubre de 1985, a los 86 años, Ladislao Biró murió en el Hospital Alemán de Buenos Aires. Biró podía pasar noches enteras trabajando solo, en un taller en silencio, buscando perfeccionar un mecanismo o resolver un desafío técnico. Para él, lo más importante de un inventor no era un invento en sí, sino la actitud mental frente a un problema. Detectarlo, hacerse amigo de él y convertirlo en una oportunidad era el desafío.
El legado de Ladislao Biró no se limita al bolígrafo. Incluso en los últimos años de su vida, cuando ya no mostraba interés por los homenajes y prefería mirar hacia el futuro, desarrolló proyectos de gran complejidad, como un dispositivo para enriquecer uranio. Para él, la invención no era solo un medio para el reconocimiento, sino una forma de entender y mejorar el mundo. Ladislao era un hombre con los pies en la tierra, que aceptaba los premios con gracia, pero delegaba en su hija la mayoría de las ceremonias. La fama nunca fue su prioridad; lo que realmente lo movía era el deseo constante de explorar lo desconocido y seguir avanzando.
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