
Blanca nunca imaginó que por un hecho fortuito de hace unos años, descubrió que su corazón, en el que hace tres meses le reemplazaron la válvula aórtica, estaba ocupado por el sentimiento de Malvinas, y que un viejo cuaderno lleno de prolijas anotaciones, estaba la razón de ser de toda una vida.
Cuando en el 2020 una radio local la entrevistó, ella comentó, como al pasar, que tenía un cuaderno guardado. Y su vida cambió.
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Blanca Volpi nació el día de Navidad en la ciudad de Coronel Pringles, en el sudoeste bonaerense, hace 85 años. Cuando ella era una nena de 9, la familia se mudó a Olavarría. Allí su papá había puesto un aserradero.

Tenía 20 cuando volvió a su ciudad natal, y en un baile se reencontró con Juan Pedro Padelli, un amigo de la infancia, con el que se casó luego de estar tres años de novios.
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Vivió siempre en la misma casa, en Mitre al 400, a unas cinco cuadras de la plaza, aunque advierte que el pueblo está mal diseñado, porque está emplazada en un costado y no en el centro de la ciudad. Tuvieron tres hijos: Alfredo, Roxana y Alberto, quien falleció de muerte súbita.
Su marido también tenía un aserradero y ella era ama de casa, con una vida social muy intensa, enfocada en la ayuda al otro.
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1982
El estallido de la guerra de Malvinas revolucionó a Pringles, porque diariamente hacían una parada los trenes que llevaban a los soldados al sur. Eso hizo que la comunidad, la municipalidad junto a organizaciones intermedias como el Club de Leones y los vecinos en general pusieron manos a la obra.

Se tejieron bufandas, se cocinaron tortas y cerca de la estación del ferrocarril Roca se instaló una cocina gigante, en el que el vasquito Iriarte calentaba la leche y el chocolate.
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El trabajo era mucho, porque pasaban entre seis y siete trenes por día, muchos de ellos de madrugada.
Al principio, ella se mantuvo al margen hasta que un amigo ferroviario le preguntó si no quería ayudar. Y Blanca, con cuatro amigas inseparables – Monona de Aduris, la entonces esposa del intendente, Lala Montesano, María Elena Suárez y Pocha Penini- iban todos los días apretujadas en el coche de la primera y recorrían los cinco kilómetros que separaban la ciudad de la estación.
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El pueblo se preparaba cuando desde la estación anterior, Reserva, distante unos 25 kilómetros, avisaban que el tren había partido.
La formación permanecía detenida un par de horas, y los vecinos subían para ofrecer una bebida caliente y un pedazo de torta, además de bufandas y otros regalos que ya tenían preparados.
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Como se dificultaba circular por el interior de los vagones, se le pedía permiso al oficial a cargo y los soldados bajaban, jarro en mano, hacían fila en la cocina y luego volvían a subir.

De pronto Blanca pensó en las madres de esos soldados, que seguramente estarían preocupadas por sus hijos. Entonces, dejó que otras se encargasen de repartir la comida y ella comenzó a ir con un cuaderno y un bolígrafo. “¿Les gustaría que le escribiese a sus familias para que supiesen que están bien?” Los soldados se le amontonaban y ella tomaba el nombre de cada uno, la dirección y alguno que otro también daba un teléfono.
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Cuando el tren partía, Blanca volvía a su casa y se ponía a escribir. Eran cartas de una carilla, tal vez una carilla y media en el que contaba a la madre que había estado con su hijo, que estaba bien, contento, y que les habían dado de comer y abrigo.
Escribía un promedio de siete a ocho cartas por noche, y a la mañana iba al correo a despacharlas. La mujer calcula que envió cerca de sesenta.
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Recibió una docena de contestaciones, agradeciendo las cartas. En una de ellas, alguien la trataba de “querida amiga”, que le agradecía por su gentileza de mandarle noticias de su hijo Luisito, que sabían que lo llevaban al sur, y que todos los días los vecinos se reunían a rezar el Rosario por todos los hijos que estaban defendiendo a la Patria.
Cuando los soldados volvieron a pasar, una vez terminado el conflicto, otros fueron los ánimos y más estrictas las medidas de seguridad, que les impedían a los vecinos tomar contacto. Igual se acercaban y otros iban a la ruta 51 cuando veían acercarse camiones del Ejército.

Cierto día la sorprendió recibir una carta de un soldado. Le contaba que era de Rafaela, que hacía unos días le habían dado de baja y le agradecía a ella y a los vecinos de Pringles por las atenciones recibidas. Que no encontraba las palabras por lo que había hecho y que con gente como ella era posible construir un país y que era una muestra de que, cuando se quería, podíamos tirar todos para adelante.
La vida después
Dos años después de la guerra, su marido tuvo un ataque cerebrovascular y Blanca dedicó los siguientes 21 años a cuidarlo. El tocaba brillantemente el bandoneón, y aún hemipléjico le adaptaron el instrumento para que pudiera seguir ejecutándolo, y lo acompañaba a las funciones que brindaba en Pringles o en Bahía Blanca.
En el 2020 en la ciudad de Blanca hubo un encuentro de veteranos de guerra y ella, como al pasar, deslizó que tenía guardado un cuaderno y así todos conocieron el tesoro que guardaba.

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Le encantaría viajar a las islas pero para ella, con su salud, sabe que es imposible, que después de su operación del corazón debe ayudarse con un bastón, y que camina todo lo que puede, tal como el médico le indicó. Lo hace acompañada por una chica y un chico que van a su casa para asistirla en sus clases de gimnasia. Tiene seis nietos, tres bisnietos y vive de una jubilación, aunque admite que sus hijos la ayudan.
Luego de confesar que nunca había soñado una vejez relacionada a Malvinas, sostiene que lleva las islas en el alma, que son parte de su vida, y se enorgullece cuando es invitada a una escuela a dar una charla. Asegura que Malvinas debería ser una asignatura obligatoria porque les tocará a los chicos de hoy defender en el futuro nuestros derechos sobre las islas.

En el 2022 el municipio la distinguió con el título de vecina distinguida y dice una y otra vez que a los veteranos los quiere muchísimo.
Ya tiene decidido donar el cuaderno y las cartas que recibió al archivo histórico de la municipalidad de Pringles, pero que aún no quiere desprenderse de él, porque es un ayuda memoria cuando le hacen una entrevista o va a dar una charla, una linda excusa para seguir aferrándose a un sentimiento puro y profundo.
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