
Nos movilizamos bien hacia el norte de Europa, hasta las atractivas tierras de Dinamarca. Dentro de este país, visitamos una ciudad singular con muchas características que la distinguen: lagos rodeados de frondosas arboledas, castillos y palacios mantenidos en perfectas condiciones como si recién ayer hubieran sido construidos, la mítica Sirenita, remontándonos a mundos de fantasía hechos realidad, color, mucho color en las casas de época que sirven de escenografía a un puerto recuperado frente al paso del tiempo, bicicletas, tradicionales, modernas, simples, serviciales, bicicletas en cada rincón como medio de transporte económico y saludable.
Estamos en Copenhague, Dinamarca. La ciudad nos exhibe algunos de los atractivos que la convierten en particular. Inserto en esta singularidad, existe un espacio único dentro de su geografía, tan original como las reglas que lo definen, tan peculiar como los habitantes que lo ocupan desde su controvertida creación.
Visitamos Christiania, una zona no muy alejada del radio céntrico, en la parte sur, creada en 1971 como un experimento social y que hoy se maneja en forma relativamente independiente.

El cartel nos marca el ingreso al sector y al hacerlo, enseguida, atendiendo un negocio nos encontramos con Susan, una danesa de unos cincuenta años que nos cuenta un poco acerca del lugar. Nos define a Christiania como un estado dentro del estado, un territorio libre, emplazado en un sitio que hace más de medio siglo era un área militar que casi no se usaba. En ese entonces, un segmento de la población necesitaba viviendas por lo que mucha gente se mudó al sitio, manteniendo cada uno de ellos en buen estado las casas, muchas de ellas históricas.
Nuestra amiga tiene la cara más bronceada que el danés promedio, con ojos vivaces y su pelo con rastas enlazadas que caen hacia atrás por un pañuelo que tiene en lo alto de la frente. Gesticula mucho cuando habla, en especial cuando nos remarca que su relación con los vecinos es muy buena, pero que la gente en general desconoce acerca de lo que acontece en Christiania.
Si bien la zona es conocida como un espacio en donde se negocian y consumen libremente ciertas drogas, nos resalta que eso es apenas una parte del todo y que lo principal es que Christiania es un ambiente en donde se pueden desarrollar las ideas libremente. Más de medio millar de adolescentes viven en las 34 hectáreas que ocupa la ciudad-barrio y un par de cientos de chicos pequeños también, los cuales disponen de un jardín al cual concurren sin necesidad de alejarse.

Dejamos atrás a Susan y nos insertamos en el trazado urbano. Una sensación de bohemia flota en el aire, así como también se percibe que el arte fluye en cada uno de sus rincones, como por ejemplo, un taller de artesanías, una variable para subsistir creando objetos originales y otros en serie. Advertimos otros negocios, como carpinterías, joyerías, bazares, e inclusive un fabricante de bicicletas, los cuales abren sus puertas especialmente distribuidos a lo largo de la Pusher Street, la principal calle del lugar.
En una calle lateral, nos encontramos con rastros del pasado, ese que nos revela que antes de 1971 el lugar era ocupado por Grey Hold, unas antiguas instalaciones militares abandonadas por el ejército danés. Fue en ese momento cuando fueron ocupadas por comunidades hippies, que encontraron en el sitio la posibilidad de expresarse libremente.
Nos alejamos del área más céntrica y allí nos cruzamos con Richard, un cincuentón un poco gastado por el paso del tiempo. Su mirada no es congruente con el resto de su fisonomía, parece la de un chico que no aún no llega a la adolescencia, y no encuentro ni un rastro de maldad en ella. Vive en el lugar hace muchos años, y nos señala que la propiedad privada no existe, por lo que los inmuebles son de quienes los ocupan sin poder ser vendidos. No se permiten los automóviles, por lo que los habitantes se desplazan a pie o en bicicleta.

Richard nos aclara que está permitida la venta y consumo de marihuana, pero no de drogas duras. Nos invita a tomar algo en una especie de balcón en medio de un ordenado desorden, con incontables objetos desperdigados a nuestro alrededor.
Dejamos atrás a Richard y su vida sin prisa y caminamos un rato al borde de un extenso lago. La superficie del agua parece inmutable, no veo indicios de personas navegando ni nada por el estilo. Parece un decorado para complementar la escenografía verde que nos rodea.
Controvertida, polémica, perseguida, Christiania ha sobrevivido por muchas décadas, subsistiendo a intentos que han buscado cerrarla, expropiar sus valiosas tierras, o bien normalizar sus reglas con las del resto de Copenhague. Experimento social, barrio curioso y rebelde, original por donde se la mire.
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