
No se trata de un simple salón. El cabaret Marabú es parte de la historia argentina. Y, como no podía ser de otra manera, albergó incontables anécdotas que a lo largo de los años se terminaron convirtiendo en verdaderas leyendas. Fue inaugurado en 1935. “Un año antes que el obelisco”, cuenta Silvina Damiani, actual encargada artística del local, en diálogo con Infobae. Y destaca que, a diferencia del Chantecler y el Maipú Pigall, gracias a la fundación The Argentine Tango Society creada por Joe Fish, que lo salvó de la quiebra, sigue en pie en el mismo lugar y funcionando todas las noches con milongas, shows de bailarines y orquestas en vivo.
Instalado en el subsuelo de un edificio estilo italiano ubicado en la calle Maipú 359, a metros de la Avenida Corrientes, este salón fue testigo del debut de la orquesta de Aníbal Troilo en 1937, que contaba con la inigualable voz de Francisco Fiorentino. Por entonces, Pichuco tenía apenas 23 años de edad. Y era el típico bohemio porteño. Sin embargo, fue en entre esas paredes que un año más tarde conoció a la griega Ida Dudui Kalacci, que luego se convertiría en su esposa de toda la vida. La mujer, a quien todos conocían como Zita, había salido a pasear con su abuela, cuando pasando por la puerta del local la música la paralizó.
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“Yo estaba clavada, mirando sin ver, oyendo sin oír. Mi abuela Zafira dijo que para estar ahí, en la vereda, lo mejor era pasar. Y pasamos. Al rato de estar frente a un par de pocillos de café, ya no éramos dos, sino tres”, recordó la mujer años más tarde cuando le preguntaron cómo había comenzado la relación con su esposo. “Por ella yo volteé toda la estantería. El día que conocí a mi mujer se acabó el planeta”, reconoció Pichuco en una entrevista. A los pocos meses, ambos se casaron por civil. Y, treinta años después, lo hicieron por iglesia. Sin embargo, aunque había dejado de lado las noches en vela a puro whisky con amigos, el maestro cada tanto hacía una excepción.
De hecho, cuentan que en una oportunidad, llevaba un par de días -o tal vez un poco más- sin volver a su casa. Así que su esposa se apareció en el recinto con cara de pocos amigos justo en el momento en el que él estaba por empezar una pieza con su bandoneón en mano. “Cuando Troilo la vio entre el público, anunció: ‘Le voy a dedicar este tango a mi querida mujer, la más hermosa’. Y Zita, desde la platea, le dijo todo lo que le tenía que decir... ‘Por eso’, le respondió entonces Pichuco. Y se puso a tocar como si nada”, recuerda Damiani. Aunque, a esta altura, nadie recuerda con exactitud cual fue el exabrupto que le espetó la griega en frente de todos.
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El nombre con el que se bautizó al Marabú hacía referencia a un ave carroñera africana de poderoso pico, ya que las mujeres que trabajaban en el lugar solían lucir plumas en su vestuario. Una de ellas, a las que por entonces se conocía con el mote de “coperas”, había comenzado un apasionado romance con uno de los mozos del lugar. Corrían los últimos años de la década del ‘30. Y todo parecía idílico entre ellos hasta que, un día, un hombre se apersonó en el lugar, tomó a la muchacha del brazo y trató de llevarse a la fuerza contra su voluntad.
Los presentes, tanto los artistas como el público, se alarmaron e intentaron rescatar a la mujer de su captor. Pero el hombre mostró una libreta de casamiento, algo que por aquella época y, muy tristemente, parecía tener un valor similar a un título de propiedad... Y todos se hicieron a un lado. De manera que la muchacha, que luego se supo que había escapado de un matrimonio infeliz, tuvo que regresar a su Córdoba natal con su legítimo esposo. Y el mozo del que se había enamorado quedó sumido en un profundo dolor.
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En una de las mesas del cabaret estaba ni más ni menos que el poeta José María Contursi, que tomó nota de la situación y tiempo después decidió inmortalizarla en el tango Como dos extraños, que se estrenó en 1940 con música de Pedro Láurenz. Es que, desconsolado, un par de años más tarde el mozo decidió viajar al lugar en el que vivía su amada junto a su marido. Y, al verla venida a menos detrás del mostrador de un almacén en el que trabajaba, no lo soportó. Así que volvió al Marabú para contarle su historia al compositor, quien supo plasmarla en una letra desgarradora.
“Me acobardó, la soledad, y el miedo enorme de morir lejos de ti. Qué ganas tuve de llorar, sintiendo junto a mí, la burla de la realidad. Y el corazón, me suplicó, que te buscara y que le diera su querer. Me lo pedía el corazón y entonces te busqué, creyéndote mi salvación. Y ahora que estoy frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños. Lección que por fin aprendí, cómo cambian las cosas los años. Angustia de saber, muertas ya, la ilusión y la fe. Perdón si me ves lagrimear, los recuerdos me han hecho mal”, rezaba el tema.
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Lo cierto es que este cabaret también fue el epicentro donde se gestó una de las mayores duplas de compositores. Y es que allí fue donde Enrique Santos Discépolo conoció ni más ni menos que a Mariano Mores. El por entonces joven pianista, que ya había dado muestras de su talento con El cuartito azul, le entregó una pieza a la que había llamado Cigarrillos en la oscuridad. Y el poeta tuvo esa melodía dando vueltas en su cabeza durante tres años, hasta que en el que definió como el peor momento de su vida logró ponerle letra para convertirla en el tango Uno.
“Si yo tuviera el corazón, el corazón que di. Si yo pudiera, como ayer, querer sin presentir. Es posible que a tus ojos, que me gritan su cariño, los cerrara con mil besos. Sin pensar que eran como esos, otros ojos, los perversos, los que hundieron mi vivir. Si yo tuviera el corazón, el mismo que perdí. Si olvidara a la que ayer lo destrozó y pudiera amarte. Me abrazaría a tu ilusión, para llorar tu amor...”, decía la letra de esa canción que Tania, la pareja de Discepolín que tantas lágrimas le hizo derramar con sus desplantes, cantó por primera vez en abril de 1943.
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Pero hay más. El Marabú también era el lugar elegido por la Máquina de River, tal como se conocía al equipo de fútbol ganador de diez títulos oficiales en la década del ‘40. Los jugadores, entre los que se destacaban Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau, solían frecuentar el cabaret en sus noches libres. Y Pichuco, fanático del club millonario, les dedicaba unos temas. Aunque, por tratarse de un recinto reservado, hay poco registro de esto.
Sin ir más lejos, cuentan que el propio general Juan Domingo Perón tenía por costumbre asistir al lugar para distenderse. Y no era para menos: Alfredo de Angelis, Juan D’Arienzo, Rodolfo Biagi, Astor Piazzolla, Carlos Di Sarli, Ángel Vargas, Antonio Maida, Ángel D’Agostino, Hugo del Carril, Julio Sosa, Alberto Podestá, Roberto Goyeneche y Osvaldo Pugliese fueron algunas de las figuras que pisaron su escenario para impregnarlo de tango. Y, a veces, competir con las orquestas de jazz que llegaban más tarde.
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La leyenda asegura que en una oportunidad, una de las bailarinas del local quiso hacerle una broma a Alberto Castillo y le dijo que si no les llevaba un buen perfume francés a cada una de ellas no iban a salir a trabajar. Y el cantante no dudó en cumplir con su deseo, llevando fragancias para todas. Pero él no era el único que intentaba complacerlas, ya que todos los parroquianos les pagaban un trago tras otro. De hecho, algunas llegaban a levantar sus copas para brindar unas doscientas veces por noche. Aunque la realidad es que, para no embriagarse, en lugar de beber alcohol se servían agua con colorante y así engañaban a los clientes.
No obstante, en los primeros años de democracia el local sirvió también como un templo del rock, por el que pasaron bandas como Los abuelos de la nada, Virus o Los Twist y en el que hizo su gran debut Soda Stereo. “El Marabú siempre se dedicó al tango, pero como hubo tantos cierres, que en un momento en el que este género no estaba tan en auge, pasaba en un momento opaco, funcionó como una discoteca. Y también fue un hito, porque allí arrancó Gustavo Cerati con su banda. Pero fue durante un breve tiempo”, cuenta Damiani.
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Tras haber funcionado como una discoteca bajo el nombre de Halley, a fines del los ‘80 el local cerró sus puertas. Se creía que de manera definitiva. Y, por eso, todos los habitués se lamentaron. Sin embargo, en 2021 se logró la reapertura a puro tango. Y, finalmente, el Marabú pudo volver manteniendo su mística original.
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