
El 16 de diciembre de 2023 la vida de Celeste Castillón dio un terrible e inesperado vuelco. La que había sido planeada como una tarde familiar en el club del barrio, viendo una exhibición de patinaje, se convirtió en la más terrible tragedia que azotó a Bahía Blanca cuando el 16 de diciembre un terrible temporal cobró la vida de trece personas tras el derrumbe de una pared del club Bahiense del Norte. Entre ellos, su esposo Ariel Baldi, de 45 años, y su hijo Benicio, de cinco.
La pareja, que hacía 13 años estaba junta y había formado una familia, había abierto en 2017 un lavadero de autos que era el sustento económico. Las persianas estuvieron bajas hasta el lunes pasado cuando, a fuerza de ganas y resiliencia, la mujer de 36 años decidió reabrirlo a pesar de estar aún transitando el inexplicable dolor por las pérdidas que cada día lamenta.
“Tengo un montón de sentimientos desencontrados. Pero no queda otra que ponerle el pecho a la situación”, expresó la mujer en diálogo con Télam.

La tragedia
La tarde del sábado 16 de diciembre quedará perpetuada en la memoria de todos los bahienses tras sufrir unos de los temporales más violentos que azotó a la ciudad en años y se cobró la vida de trece personas, mientras que otras catorce debieron ser trasladadas a hospitales para ser atendidos por diferentes heridas.
Una de ellas fue Castillón, quien tuvo un traumatismo en la cabeza y fisuras de las vértebras 4 a la 8 de la columna. “Tengo que usar un corsé a medida”, cuenta la consecuencia, pese a todo leve.
Aquel día, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), anticipó una jornada “cargada de lluvias intensas”, pero nadie imaginó la magnitud del desastre provocado: árboles caídos, vidrios estallados, vehículos desplazados, cortes de luz, inundaciones y gente evacuada.
El temporal se desató a las 19:00 del sábado y tuvo su pico máximo entre las 20:00 y las 21:00. Fue cerca de las 22 que Federico Susbielles, intendente local, comunicó a la población el fallecimiento de las víctimas, todos vecinos que estaban en un club de la ciudad donde se estaba realizando un evento para despedir el año con una exhibición de patinaje artístico.
Celeste y su familia quisieron ser parte de esa jornada que se anticipaba como festiva y de reencuentro de vecinos. Contó que había llegado con su familia hasta el club cuando aún “estaba lloviznando”. Estacionó su auto y luego lo movió de lugar porque a una vecina le molestaba donde ella lo había dejado antes. “Parecía que todo indicaba que no debíamos entrar”. Lo hicieron.
“Crucé la calle con Lola y Benicio; entramos al club, compramos las entradas, me quedé charlando con una mamá y nos sentamos en las gradas”, recuerda. “Mi marido se sentó en una grada más arriba que yo; mi hijo, a su lado. Miré para arriba porque empezó a entrar tierra de los ventiluces y ahí todo se me queda en blanco. No recuerdo más nada”.
No sabe cuánto tiempo pasó, pero sí lo que sucedió al abrir los ojos. ”Desperté adentro de la cancha, ensangrentada, con la cabeza cortada, preguntando por mi hijo y mi marido... ya habían fallecido”, lamenta a un mes de la tragedia.
El lavadero
Junto a Ariel, mientras estaba embarazada del varón abrieron el lavadero. Pese a tener el dolor de las perdidas en carne viva, admite que no le queda otra que ponerse de pie porque además tiene una hija de 9 años y necesita trabajar de lo que en los últimos años fue el sustento familiar.
Con ese templanza, reabrió el lavadero de autos ubicado en Chiclana al 1500 del barrio Villa Mitre de esa ciudad del sur bonaerense.

”Reabrimos con un montón de sentimientos encontrados: por un lado tristeza; por otro, porque no queda otra que ponerle el pecho a la situación porque es el sustento de mi hija”, manifiesta y admite que tengo que criar a mi hija, acá puedo manejar los horarios y ocuparme de ella”.
Respecto a cómo atraviesa el duelo, dice que lo hace como puede. ”Sólo en mi intimidad y en mis momentos más íntimos sé cuando los pensamientos me llevan a los lugares más oscuros; cómo vivo el infierno cada vez que voy a llevarle una flor a mi hijo y a mi marido”. En el dolor, se aferra a su hija Lola. “Yo no estaría acá sin ella”, exclama.
En el lavadero, trabaja junto al hijo que tuvo Ariel en su primer matrimonio y otros dos empleados. “Estamos con horario reducido, no como las horas que le metía Ariel, porque venía y era uno más, le gustaba laburar”, asegura.
En cambio sostiene que ese ritmo se le imposibilita: ”Yo tengo que reducir el horario porque estamos en verano, es un trabajo sacrificado y tengo que ocuparme de Lola”, dice agradecida por el apoyo de los clientes, y vecinos. ”Vino gente que no conocía, que se enteró del caso y quiso dar su aporte como puede”, finaliza.
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