—Los terroristas están acá en mi casa.
Fernando leyó el mensaje de WhatsApp de su vecino alrededor de las 10 de la mañana del sábado 7 de octubre. En ese instante la noticia del ataque de Hamas en el sur de Israel ya circulaba a nivel nacional e internacional, pero a él la historia lo atravesaba de cerca en el búnker de su hogar. Afuera, los terroristas estaban entrando a las casas del kibutz Nir Yitzhak y Fernando Sánchez (32) —en la pequeña habitación blindada— aguardaba lo peor junto a su esposa Carmel (32) y su pequeño bebé de 11 meses, Siván.
“Tratábamos de mantener silencio y entretener al bebé para que no hiciera ruido. Estuvimos casi 12 horas encerrados —recordó el joven salteño en diálogo con Infobae—. Habré salido dos veces del refugio para buscar agua o darle la leche a Siván. Salí con precaución, agachado y sin hacer ruido para que no me escucharan o me vieran por las ventanas. Yo no sabía si había gente afuera y lo único que tenía a mano eran dos cuchillos, por si llegaban a entrar. Era una película de terror”.

Fernando había iniciado su rutina con normalidad a primera hora de aquel sábado. Si bien en Argentina se recibió de licenciado en educación física, en Israel trabajaba en un tambo del kibutz —ubicado a 30 cuadras de la Franja de Gaza— y eran las 6.20 cuando vio por la ventana de su oficina a la Cúpula de Hierro entrar en acción. “Estoy a 800 metros de la cúpula y vi cómo empezaron a salir los cohetes. Sonaron las alarmas y corrimos al refugio del trabajo. Estuvimos ahí durante 10 minutos en los que hubo un bombardeo intenso”, recordó.
—¿Cómo siguió todo en ese momento?
—Una vez que cesó un poco, pude salir para intentar terminar el trabajo que estaba haciendo pero cuando estábamos acomodando a los animales, empezó otra vez el bombardeo. Sonaron dos veces las alarmas y tuvimos que devolver a las vacas a su corral a las corridas. No tuvimos tiempo de llegar al refugio, así que pusimos las manos en la cabeza y nos tiramos al piso. Hasta ese momento recibimos unos mensajes desde el área de seguridad y teníamos que encerrarnos en los cuartos, porque algo no estaba bien.
—Claro, en ese momento no tenían precisiones sobre lo que estaba pasando.
—Hasta las 7 de la mañana no se sabía nada. Únicamente había que refugiarse por el tema de los cohetes. Yo tengo mi casa a 400 metros del trabajo. Entonces le digo a mi mujer que me iba a quedar en el trabajo: ‘¿Para qué voy a ir a la casa, si tengo el búnker acá en el trabajo?’. En todas las casas hay búnker. Entonces, me dice: ‘No, no venite; venite porque se está poniendo feo’. ‘Bueno, ya voy’, le digo. Pero mi intención no era irme a mi casa. En ese momento también me llama mi jefe y me dice: ‘Andate a la casa porque algo no está bien, algo está pasando y está feo’. Entonces, cuando estaba saliendo hacia mi casa, se empezaron a sentir los tiros de las metralletas. Se escuchaban todo tipo de disparos. Y cuando estaba saliendo, me acuerdo que en el refugio del trabajo quedaba un compañero: tuve que volver corriendo. En ese momento seguían los disparos, así que atiné a ponerle el único chaleco antibalas que había y lo llevé hasta su casa. Lo hice en un auto parecido a un carrito de golf. Lo dejé a su casa y me fui a la mía: cuando llegué, ya había información sobre lo que estaba pasando y ya se sabía que habían terroristas que se estaban infiltrando en Israel.
—¿Cuánto tiempo pasó entre el momento en el que recibiste la primera alerta y el momento en el que viste las noticias?
—Todo pasó en 30 minutos. La verdad es que acá volaron las noticias. Se corrió muy rápido la bola que había terroristas infiltrados.
—¿Llegaste a ver a los terroristas hasta ese momento?
—No, en ese momento no veía a los terroristas. Pero como yo vivo a tres kilómetros de la Franja de Gaza, imaginate: los terroristas tienen tres kilómetros para llegar al Kibutz. Ya eran las 7 o 7.15 de la mañana. Puede que en ese momento haya escuchado la balacera del kibutz que está al lado, pero pasa que no tenía información alguna. Yo pensé que era el ejército que estaba actuando, porque al lado hay una base militar que justamente fue una de las primeras en ser atacadas
—¿Qué ocurrió después de que dejaste a tu compañero en su casa y te fuiste a la tuya?
—A las 9 o 9:30 de la mañana ya estábamos todos encerrados en los refugios de las casas y se empezó a informar que los terroristas seguían infiltrándose en los kibutz de la zona. La gente estaba con pánico. A las 10 de la mañana ya se decía: “Hay terroristas en el kibutz”. Tengo un compañero que es de Chile y que vive justo en la entrada del kibutz. Me mandó un WhatsApp y me dice: “Están acá, vi a los terroristas que están entrando”. Hay videos en los que se los ve claramente.
—¿Qué pasó en ese momento?
—Tenemos un equipo de emergencia que es gente que hizo el Ejército y están preparados para actuar ante cualquier altercado, pero nadie se esperó que entraran terrorista. El personal de seguridad salió a ver qué estaba pasando y se encontraron con todos estos terroristas. Con 20 o 30 terroristas. Del grupo de seguridad, murieron tres personas en el combate. Los restantes cinco fueron secuestrados y no se sabe nada desde ese día. En ese momento estuvimos encerrados en el refugio, desde las 8:30 de la mañana hasta las ocho de la noche. Estuvimos rogando que no vinieran a ninguna de nuestras casas, pero sí lo hicieron y se metieron en algunas. Robaron autos, bicicletas, lo que encontraron.
—¿Cómo es el refugio de tu casa?
—Es una habitación común y corriente, como la que puede tener cualquiera en su casa, pero con la puerta y vidrios blindados. La ventana también tiene una chapa de acero que vos, en el momento que suena una alarma, cerrás y te queda la chapa por fuera del vidrio. Es la habitación donde yo duermo.
—¿Llegaste a escuchar a los terroristas cerca de tu casa?
—En ese momento, imaginate. Nos encerramos en la casa y permanecimos en silencio. El bebé tiene once meses y tratábamos de que no llore. En el grupo de WhatsApp que tenemos en el kibutz empezaban a llegar los mensajes: “Están acá en mi casa”, “Están en la casa de la vecina”, “Están acá al lado”. Imaginate nuestra desesperación. Lo máximo que se acercaron fue a 50 metros, pero gracias a Dios no llegaron a nuestra casa. En otras sí hicieron desastres. Fue una película de terror. En la casa de mi suegra entraron y le robaron electrodomésticos, le rompieron las ventanas. Fue una película de terror y la verdad que nosotros la sacamos barata. En un kibutz cercano hubo mucha gente que perdió la vida: 100, 120 personas… Se encontraron bebés. Fue una masacre lo que se vivió.
—¿Cómo sobrellevaron esos momentos con tu pareja?
—Estuvimos casi 12 horas encerrados, tratando de hacer silencio junto al bebé. Habré salido dos veces del búnker para darle la leche al Siván o buscar agua. Salí con precaución en ese momento. Lo único que tenía a mano eran dos cuchillos por las dudas si llegaban a entrar. El tema era salir agachado y en silencio para que los terroristas no te escucharan o te vieran por las ventanas. Yo no sabía si había gente afuera o no. Era una película de terror.
—¿Qué tipo de cuchillos eran? ¿Tenías decidido usarlos en caso de ser necesario?
—Uno era un puñal que me regaló un vecino que trabaja en seguridad y que estaba de viaje ese día. Después tenía otro cuchillo de cocina. Los tenía conmigo y estaba con la cabeza puesta en la situación, atento por si entraban de golpe. Tenía el cuchillo conmigo y estaba dispuesto a usarlo. Es muy común que la gente tenga licencia para portar armas.
—¿Después de doce horas en el refugio, cómo terminó todo?
—A las ocho de la noche el Ejército nos golpeó la puerta. Los soldados nos dijeron que podíamos salir. Después nos hicieron dormir a todos juntos en un jardín blindado con la custodia de ellos y el domingo a eso de las una de la mañana nos volvieron a evacuar. Nos llevaron a una ciudad al sur, Eilat, cerca de Egipto y a tres horas de la Franja de Gaza. Desde hace semanas que estamos en un hotel, pero acá tenemos todo: hotel, comida y donaciones que mandó la gente de todo el país. No nos podemos quejar de lo que nos brindó el Estado de Israel.
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